Entre Amores y Abismos

El sonido del bosque

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
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El sonido del bosque

La mañana aún cargaba el rocío en las hojas, y el aire frío golpeaba el rostro de Daniel mientras trotaba por el sendero. Su respiración, rítmica y pesada, era lo único que rompía el silencio de aquel día nublado. Había decidido tomarse un día libre, aunque Natalia no lo sabía. Últimamente, parecía que ninguna de sus decisiones o pensamientos necesitaban ser compartidos con ella. O tal vez, era que ambos habían dejado de buscarse.

A medida que avanzaba, sintió las miradas de algunas personas que cruzaban su camino: una mujer joven que paseaba a su perro y un hombre de cuerpo atlético que lo saludó con un leve gesto de cabeza. Daniel no devolvió ni el saludo ni las miradas. Su pena era un muro invisible que lo encerraba, una prisión autoimpuesta que cargaba con cada paso.

El sendero comenzó a empinarse hacia un bosque más denso, donde las ramas formaban un dosel oscuro. Aquí, el sonido del viento en las hojas era reemplazado por algo más: un murmullo, un jadeo. Al principio pensó que era un animal herido, pero pronto los sonidos se volvieron claros. Gemidos. Humanos.

Daniel desaceleró su paso, el corazón latiendo más rápido, no por el ejercicio, sino por una mezcla de incomodidad y curiosidad. Giró la cabeza hacia el origen del sonido, y allí, entre los árboles, lo vio. Dos hombres, apresurados y ajenos al mundo, en un acto que parecía carecer de cualquier sutileza o simbolismo. Uno de ellos tenía el rostro tenso, como si quisiera acabar rápido, mientras el otro, con los ojos entrecerrados, parecía buscar algo más profundo, aunque fuera en vano.

Fue apenas un instante, un cuadro que Daniel observó antes de apartar la mirada y seguir corriendo. Pero las imágenes quedaron grabadas en su mente como fuego sobre piel. No era la acción en sí lo que lo perturbaba, sino la postura de uno de ellos, un arco tenso de deseo y vacío, una entrega que parecía no completarse. Ese eco silencioso lo tocó más de lo que habría querido admitir.

Su trote perdió ritmo. Apretó los puños mientras la distancia lo alejaba de la escena, pero no de su impacto. Era como si una grieta se hubiera abierto bajo sus pies, una premonición de lo que vendría, un presagio sombrío de una muerte anunciada. Porque en su interior, Daniel sabía que el vacío que había presenciado no era ajeno a él. Lo sentía en su pecho, en sus hombros, en cada palabra no dicha con Natalia.

Cuando finalmente llegó a casa, las paredes parecían más altas, más frías. Aún podía escuchar los gemidos en su cabeza, no como un recuerdo, sino como un espejo que le mostraba lo que su vida había perdido. Lo que, sin saberlo, estaba a punto de enfrentar.