Entre Amores y Abismos

El eco de los gemidos

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
Espacio opcional para una imagen de capítulo.

El eco de los gemidos

Daniel llegó a la puerta de su casa con la mente envuelta en una neblina espesa. Su nerviosismo, alimentado por las imágenes que aún se reproducían en su cabeza, hizo que sus manos temblaran al intentar insertar la llave en la ranura. Uno, dos, tres intentos fallidos. Cada roce metálico parecía burlarse de su desconcierto. Cuando finalmente logró abrir la puerta, sintió una punzada en su bajo vientre. Una sensación cálida y secreta, de esas que nacen del pecado y la vergüenza.

Cerró la puerta con cuidado, intentando no hacer ruido. Su mente era un torbellino, su cuerpo una mezcla de ansiedad y deseo. Lo único que quería era refugiarse en la cama, en la soledad de sus sábanas, y repasar esa escena una y otra vez mientras exploraba lo que sus propios dedos podían despertar. Pero no dio más de dos pasos antes de escucharlo.

El jadeo.

Era un sonido inconfundible. Un ritmo entrecortado que se volvía más intenso con cada segundo. Su cuerpo se tensó. Era la voz de Natalia, su mujer. Su mente tardó en procesarlo, incapaz de unir el eco de los gemidos con la imagen de ella. ¿No debía estar regresando de su viaje de negocios? Había salido la semana anterior, y aún no había dado señales de haber vuelto. Pero allí estaba.

Daniel dejó sus zapatos junto a la entrada, deslizándose con cuidado por el pasillo como si cualquier ruido pudiera romper el hechizo. Cuando llegó a la puerta de su habitación, la encontró entreabierta. Solo una rendija, pero suficiente para que el sonido fluyera libremente hacia el resto de la casa, como si quisiera asegurarse de que lo escuchara.

El corazón de Daniel latía con una fuerza dolorosa, como si quisiera escapar de su pecho. Se asomó apenas, lo suficiente para confirmar lo que ya sabía. Natalia, desnuda, montaba a un hombre que no era él. Sus movimientos eran apasionados, su cuerpo parecía moverse en perfecta armonía con el de su amante. Había una entrega en su expresión, un placer que Daniel no había visto en años, si es que alguna vez lo había visto.

El golpe emocional lo paralizó. Sintió un vacío profundo que lo tragaba, como si todas sus fuerzas se hubieran desvanecido. Y, sin embargo, no pudo apartar la mirada. Retrocedió un par de pasos y se dejó caer en el sofá del pasillo, escondido de la vista, pero lo suficientemente cerca para escuchar cada gemido, cada susurro, cada choque de cuerpos.

Allí, en la penumbra del salón, sus manos se movieron casi por instinto. No era deseo, no era amor. Era algo más primitivo, más oscuro. Una mezcla de despecho, de autocompasión y de voyeurismo enfermizo que lo hacía tocarse mientras su corazón se rompía en mil pedazos. Los gemidos de Natalia, cargados de una felicidad que él ya no le podía dar, se entremezclaban con las imágenes de los dos hombres en el bosque. Su mente bailaba entre ambos escenarios, entre lo que había visto y lo que veía ahora, en una espiral de sensaciones que lo consumía por completo.

El tiempo se desdibujó. No fueron cinco ni diez minutos. Fue mucho más. Daniel perdió la noción de todo mientras sus pensamientos lo arrastraban a un abismo del que no sabía si quería salir. Y entonces, el silencio.

La habitación quedó en calma. Escuchó pasos y el suave murmullo de voces, pero ya no podía distinguir las palabras. No sabía si Natalia había terminado o si se preparaba para una nueva ronda. Solo sabía que él no era parte de ese mundo.

Se quedó allí, inmóvil, con la mirada perdida en el techo, sintiendo la culpa y la tristeza descender sobre él como un manto helado. En ese instante, Daniel comprendió que algo había cambiado para siempre. No solo en su matrimonio, sino dentro de él.