Entre Amores y Abismos

El clímax de la desesperación

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
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El clímax de la desesperación

El amante de Natalia cambió de posición, levantándola con fuerza hacia una de las paredes. La sostuvo allí, con una destreza que parecía ensayada, mientras sus dos afiladas montañas quedaban al descubierto, marcando cada movimiento de su respiración agitada. La pasión se encarnaba en su cuerpo como un fuego imposible de apagar, y Daniel, desde las sombras, no pudo evitar la expansión involuntaria de sus pupilas. Su mirada era un prisma de emociones: un hombre roto que contemplaba, en medio del dolor, la belleza cruda y desgarradora de su mujer.

Era la misma mujer que siempre había deseado ver así, en su estado más puro, más vulnerable, más exaltado. Y, sin embargo, no era él quien desataba esa versión de Natalia. Esa realización le perforaba el alma, pero el placer visual se mezclaba con el tormento, creando una dualidad que lo dejaba atado a ese momento.

Sus dedos comenzaron a moverse con más intensidad. La vasodilatación entre sus falanges era un reflejo físico de lo que ocurría en su interior: un choque entre deseo y desesperación. No podía detenerse. Mientras ella gemía y dejaba caer una estela de saliva desde su rostro, Daniel sentía que sus pensamientos se alejaban de la moralidad, hundiéndose más en la escena.

El amante no era un hombre excepcional en apariencia. No tenía el cuerpo esculpido que Daniel había tratado de obtener con años de ejercicio. Era, en cambio, un hombre común, pero con una técnica que parecía capaz de descifrar los secretos del cuerpo de Natalia. Eso era lo que ella buscaba: no fuerza, sino conexión, aunque momentánea, aunque fugaz.

Entonces llegó la pregunta fatídica del amante:
—¿Vamos al sofá?

Daniel sintió cómo su corazón se detenía por un instante. El sudor perlaba su frente mientras intentaba reaccionar. Sin pensarlo, se deslizó detrás del sofá, un escondite improvisado que no hacía más que aumentar su vulnerabilidad.

Allí, ambos amantes se subieron al sofá. Natalia, de espaldas al respaldo, se sentó encima del hombre, su cabello castaño rojizo cayendo en ondas que rozaban sus hombros desnudos. Sus movimientos eran hipnóticos, un vaivén que recordaba a una serpiente en plena danza ritual. Cada arqueo de su cuerpo, cada curva, era un poema de libertad y abandono que Daniel nunca había presenciado tan de cerca.

Él no podía apartar la mirada. Su respiración se volvía cada vez más irregular, su mano atacándose a un ritmo frenético mientras la escena se desarrollaba ante sus ojos. Y entonces la vio: el movimiento de contracción del túnel oscuro que él nunca se había atrevido a explorar. Ese rincón prohibido, ahora enaltecido en un ritual de placer.

En su mente, Daniel se imaginó siendo partícipe de aquel acto. No por celos, ni por deseo de poseer, sino por el simple anhelo de verla con esa expresión de felicidad absoluta. Su amor por Natalia lo hacía partícipe incluso desde las sombras.

La voz del hombre rompió el clímax visual:
—¿A quién amas más, a mí o a tu esposo?

Y Natalia, en una explosión de éxtasis que llenó la habitación, gritó:
—¡¡A los dos, Franco!! ¡¡A los dos!!

Esas palabras resonaron como un premio de consuelo para Daniel, un bálsamo amargo que no sabía si odiar o aceptar. Fueron la chispa final que liberó toda su fuerza vital, un torrente que lo hizo perderse en el momento. En su arrebato, el desenlace de su cuerpo fue tan intenso que, sin querer, parte de su liberación cayó sobre su boca abierta.

El sabor salado y cálido lo devolvió abruptamente a la realidad. Su respiración era un caos, su mente un desierto de emociones encontradas. Y allí, detrás del sofá, Daniel comprendió que lo que acababa de suceder no era solo un acto físico, sino una fractura definitiva en lo que quedaba de su alma.