El despertar del demonio
Un ruido sordo rompió el compás caótico de gemidos. Fue algo mínimo, imperceptible para cualquiera que no estuviera en medio de un acto tan carnal, pero Natalia lo sintió como un rayo que le recorrió la columna. Giró la cabeza, y sus ojos encontraron a Daniel, a medio cubrir, con el rostro enrojecido y una expresión de algo que no podía describir: ¿Vergüenza? ¿Dolor? ¿Rabia? Antes de procesarlo, lo vio tragar apresuradamente, con el gesto tenso de quien es obligado a consumir veneno.
—¡¡¡Daniel!!! —gritó Natalia, su voz una mezcla de terror y desconcierto.
Franco, al oír su nombre y darse cuenta de la magnitud de la situación, trató de salir de la casa lo más rápido posible, pero antes de que pudiera siquiera ponerse los pantalones, Daniel, en un impulso desatado, lo interceptó. Su puño se estrelló con una precisión brutal contra el rostro de Franco, un golpe tan potente que lo lanzó hacia la pared. La sangre estalló en un arco, dejando un rastro carmesí que pintó las escaleras. Franco, aterrorizado, recogió sus ropas como pudo y huyó, con las piernas temblando bajo el peso de la amenaza latente.
Daniel no dijo nada. Su mirada, antes llena de tristeza, había cambiado. Ahora era un abismo de odio, oscuro y vacío, que Natalia nunca había visto. Cuando giró hacia ella, su rostro ya no era humano: era el de un demonio, un Lucifer desatado.
Ella retrocedió, sus manos buscando algo a lo que aferrarse mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero Daniel no le dio tiempo. Sin mediar palabra, comenzó a despojarse de su ropa con movimientos rápidos, casi mecánicos, como si estuviera abandonando todo rastro de humanidad con cada prenda que caía al suelo.
Natalia, paralizada, intentó hablar.
—Daniel, yo… yo lo siento. Perdóname… Te amo… —su voz se quebraba con cada palabra, pero él no respondía.
La atrapó con una fuerza que Natalia jamás había sentido. Su tacto era rudo, excesivo, cargado de una energía que la aterrorizaba y, al mismo tiempo, la encendía de una manera que no podía explicar. La colocó sobre la mesa del comedor con un movimiento decidido, y Natalia, aunque lloraba, no ofreció resistencia. Quizás porque sentía que lo merecía, quizás porque algo en esa fuerza oscura despertaba en ella un deseo que no podía controlar.
Daniel, atrapado en un torbellino nihilista, reflexionó fugazmente sobre el riesgo. Si no se protegía, podría terminar infectado por los restos genéticos de Franco. Pero ese pensamiento no lo detuvo. No había lógica, solo el deseo brutal de reclamar lo que sentía que le habían arrebatado.
Los movimientos de Daniel eran implacables, casi mecánicos, pero Natalia sentía algo distinto. Aunque no había amor en sus ojos, aunque su rostro era el de un hombre vacío, su cuerpo hablaba otro idioma. Las sensaciones eran intensas, superiores a cualquier cosa que hubiera experimentado con Franco o con los demás hombres. Cada embestida era un grito silencioso, una explosión que resonaba en su cuerpo y la dejaba en un estado de éxtasis y tristeza absolutos.
Ella buscaba en su rostro algún vestigio de compasión, de ternura, pero no lo encontraba. Lo único que veía era un hombre consumido por su propia oscuridad. Y, sin embargo, su cuerpo reaccionaba como si fuera otro ser el que habitaba en ella. Las contracciones se sucedían con una fuerza casi dolorosa, sus piernas temblaban, y su espalda se arqueaba hasta alcanzar una forma casi imposible.
Los gemidos de Natalia resonaron con tal intensidad que parecía que quería alertar a todo el vecindario, como si necesitara que el mundo supiera que había encontrado a este hombre dormido, al hombre que siempre había estado allí, pero que ahora era un extraño.
La contradicción la consumía. Era un placer casi insoportable, un éxtasis que se mezclaba con las lágrimas que rodaban por su rostro. Sus pechos, firmes y erguidos, rozaban el torso de Daniel, mientras el vapor de su aliento caliente salía en espirales que parecían llevar consigo el dolor y la pasión de ambos.
Cuando todo terminó, el silencio cayó como una losa pesada. Daniel se apartó sin una palabra, dejando a Natalia allí, rota y satisfecha, con la mirada perdida en el techo y un nudo imposible de desatar en el pecho. Ambos sabían que algo había cambiado para siempre, que esa noche sería un punto de no retorno.