Entre Amores y Abismos

Territorios Reconquistados

Agregar a favoritos
Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
Espacio opcional para una imagen de capítulo.

Territorios Reconquistados

Daniel estaba paralizado, no sabía si moverse o quedarse allí mientras Natalia lo envolvía con su cuerpo como un remolino de deseo. Su mente intentaba gritarle que no cediera, que recordara el dolor, la traición, pero su cuerpo había tomado el control. Cada célula de su ser respondía al calor de ella, a la presión deliberada de su pelvis contra él, a la manera en que su blusa traslúcida insinuaba todo lo que él había intentado olvidar.

Natalia estaba encendida, y no solo por el deseo. Había algo en el aire, algo que reconoció al instante cuando sus sentidos se agudizaron. Olfateó, sus labios entreabiertos rozando la piel del cuello de Daniel, y luego de sus muñecas. Ese olor no era nuevo para ella. Era el olor a él, a su deseo, a esa fragancia que se generaba tras un momento de autocomplacencia. Era el perfume de su marido en su estado más vulnerable, más primitivo. Y la atrajo como una droga.

—Mmm... —murmuró Natalia mientras deslizaba su nariz por el antebrazo de Daniel, respirando profundamente, como si quisiera absorber cada partícula de él—. Ese olor... lo extrañaba tanto. Es tan tuyo... tan nuestro.

Sus palabras, apenas un susurro, fueron suficientes para que Daniel perdiera el último fragmento de control. Intentó apartarla, pero sus manos solo lograron posarse sobre sus caderas, como si estuvieran hechas para quedarse allí. Natalia sonrió, no una sonrisa de ternura, sino una de triunfo, como si supiera que había ganado incluso antes de empezar.

—No, no te resistas —dijo ella con voz suave pero firme, mientras levantaba ligeramente su blusa para que su calzón verde petróleo quedara completamente a la vista—. Esta noche no te voy a dejar huir, Daniel. Esta noche, tú eres mío.

Antes de que él pudiera decir algo, Natalia presionó su cuerpo aún más contra él. Su calzón, tirante y húmedo, se deslizó suavemente contra la protuberancia que había crecido en su ropa interior. Daniel dejó escapar un gemido ahogado, intentando contenerse, pero su cuerpo lo traicionaba.

Natalia, como un súcubo en plena cacería, deslizó sus manos hacia el rostro de Daniel, tomándolo con fuerza, pero con delicadeza al mismo tiempo. Su mirada ardía mientras lo olfateaba de nuevo, esta vez directamente de su cuello, dejando un rastro de su aliento cálido en la piel de él.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Daniel? —preguntó mientras sus dedos jugaban con el borde del boxer de él—. Que incluso cuando intentas resistirte, tu cuerpo me dice la verdad. No puedes mentirme... no esta noche.

Daniel, derrotado por sus propios instintos, dejó caer sus manos a los muslos de Natalia. Su voz finalmente salió, entrecortada y baja:

—Natalia, no sé si puedo...

—Shh —lo interrumpió ella, colocando un dedo sobre sus labios con la misma sensualidad con la que lo había hecho antes—. No necesitas pensar, solo siente. Déjame ser yo quien te lleve esta vez.

Y sin darle oportunidad de replicar, Natalia se inclinó, su lengua recorriendo lentamente la curva de su cuello, mientras sus manos lo liberaban de la última barrera de tela que los separaba.

Natalia parecía un huracán de deseo. Su cabello desordenado y su piel ardiente transmitían una energía animal, una fuerza imparable que arrastraba a Daniel sin posibilidad de resistencia. Mientras lo empujaba hacia el interior de la casa, cada movimiento estaba cargado de intención. Su cuerpo, alineado con el de él, lo conducía como si ella fuera la dueña absoluta de su voluntad.

El roce entre su ropa interior y la vulva, contra la protuberancia que crecía dolorosamente en el calzoncillo de Daniel, lo hizo soltar un jadeo involuntario. Su mirada, hipnotizada, se centró en los pezones de Natalia, que se marcaban con descaro a través de la tela fina de la blusa. Cada pequeño movimiento los hacía danzar, un espectáculo que encendía aún más el fuego que lo consumía.

Natalia sonrió al notar cómo su marido no podía apartar los ojos de ella. Esa sonrisa tenía una mezcla de burla y triunfo. Sabía que lo tenía en la palma de su mano, y eso la hacía sentir poderosa. Sin previo aviso, lo hizo retroceder hasta que se desplomó sobre el sofá. Ella no perdió el ritmo. Bajó con elegancia, quedando de cuclillas frente a él, sus piernas ligeramente separadas, mostrando que su calzón verde ya estaba completamente húmedo.

Con una precisión casi teatral, abrió su boxer, dejando al descubierto la serpiente que había estado retenida. La tomó con ambas manos, sosteniéndola como si fuera un objeto sagrado, y lo miró directamente a los ojos mientras sus labios se curvaban en un susurro cargado de promesa:

—Te la dejaré lo más reluciente posible.

Antes de que Daniel pudiera reaccionar, Natalia inclinó la cabeza y lo tomó por completo. El calor y la humedad de su boca lo envolvieron, y un gemido escapó de sus labios. Su técnica era impecable, pero lo que la diferenciaba era la intensidad con la que lo hacía. No solo lo devoraba físicamente; parecía que estaba reclamando algo, redescubriendo un territorio que había olvidado que le pertenecía.

En cada deslizamiento de sus labios, Natalia confirmó lo que ya había sospechado: la salinidad en la piel de Daniel no era otra cosa que el residuo de un momento de autocomplacencia reciente. Este descubrimiento no la detuvo; al contrario, la excitó aún más. La idea de que su marido pudiera haber pensado en otra mujer mientras se tocaba, y que ahora ella estaba allí para borrar cualquier rastro, la llenaba de una energía incontrolable. Su taquicardia se sentía como un incendio que le subía desde el pecho hasta la garganta.

—¿En quién pensabas, Daniel? —preguntó entre jadeos, sin esperar una respuesta. No la necesitaba. Sus ojos estaban fijos en los de él mientras seguía moviéndose con más fuerza, más hambre.

La tensión entre ambos se acumulaba, como una olla a presión lista para estallar. Daniel estaba completamente perdido, atrapado en el torbellino de sensaciones que Natalia le provocaba. Su mente era un caos, dividida entre el placer extremo que sentía y el recuerdo de todo lo que los había llevado a este momento. Pero su cuerpo, una vez más, había tomado el control, y se entregó a ella sin reservas.

Mientras tanto, la puerta principal seguía abierta. El aire frío de la noche se colaba en la sala, pero ninguno de los dos parecía notarlo. Natalia, en el fondo de su mente, jugaba con la idea de que alguien pudiera estar observando. Tal vez un vecino curioso o un extraño que pasara por allí. La posibilidad de un espectador, de un acto de exhibicionismo, solo añadía una nueva capa de excitación al momento.

Con cada movimiento, con cada susurro y cada mirada cargada de deseo, Natalia y Daniel se sumergían más profundamente en un mundo donde solo existían ellos dos, un mundo donde el pasado y las dudas quedaban atrás, al menos por esa noche.

Natalia cumplió su juramento con una precisión casi ceremoniosa. El miembro de Daniel, ahora impecable y brillante bajo la tenue luz de la luna, parecía la parte más resplandeciente de la oscuridad que los rodeaba. La saliva que lo cubría se deslizaba lentamente hacia el suelo, creando un camino que parecía simbolizar una conexión entre lo terrenal y lo inmortal.

Sin palabras, Natalia se incorporó con la gracia de una reina en su trono. Antes de avanzar, retiró con delicadeza su calzón. Primero con las manos, permitiendo que el borde se deslizara sobre sus muslos, y luego continuó el movimiento con los pies, dejando que la prenda cayera al suelo como un velo que revelaba el altar de su feminidad. No se detuvo ahí. Pasó sus dedos suavemente por la humedad que aún se acumulaba en su piel, llevándola a la boca de Daniel en un gesto tan íntimo como dominante.

Daniel apenas tuvo tiempo de procesar la intensidad del momento antes de que Natalia se colocara sobre él. El calor y la humedad de ella envolvieron su virilidad en un solo movimiento fluido, facilitado por el rastro de saliva que aún lo cubría. El impacto fue profundo. Ambos sintieron cómo la conexión física se extendía más allá de lo carnal, golpeando un rincón invisible pero visceral dentro de ellos.

El primer movimiento fue suficiente para que Natalia sintiera el choque contra el fondo de su útero. Era una sensación potente, de dominio absoluto, pero no de dolor. Cada centímetro de su cuerpo comenzó a vibrar con una frecuencia que resonaba como una sinfonía interna, sus gemidos reverberando en el aire. Daniel, por su parte, permanecía en un trance, observando cómo su esposa se transformaba en algo más, algo que parecía trascender lo humano.

Las palabras de Natalia comenzaron como un murmullo, una confesión apenas audible que se mezclaba con su respiración acelerada y sus jadeos. Pero a medida que la intensidad crecía, su voz se alzó, entrecortada por orgasmos que llegaban como oleadas incontrolables.

—Soy la perdedora... —balbuceó entre gemidos, sus manos aferrándose al torso de Daniel como si necesitara un ancla—. Poséeme. Conquístame. ¡Toma tus tierras!

Cada embestida de Daniel era como un martillo que rompía las defensas de Natalia, no solo físicamente, sino también en su alma. Su respiración se volvió errática, su cuerpo temblaba en una entrega completa, y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras dejaba salir la verdad que había escondido durante meses.

—Vuelve conmigo, vida mía... —confesó, con un tono entre súplica y declaración—. Déjame ser tuya. Por favor, si debes acostarte conmigo y con otra cada día, estoy dispuesta. Pero quiero sentirte mío siempre. Quiero nuestra relación de vuelta.

Las palabras golpearon a Daniel con fuerza, pero no como un despertar. Su mente se quedó atrapada en ciertas partes del mensaje, repitiendo mentalmente "otras mujeres" como un eco que no podía ignorar. Sin embargo, su cuerpo reaccionó por él. La intensidad de la situación lo llevó a un clímax que parecía surgir desde lo más profundo de su ser. Con un último movimiento, entregó todo su cuerpo, catapultando su esencia hacia el útero de Natalia, como si respondiera a su súplica con su propia forma de rendición.

Ambos cuerpos se sacudieron en un movimiento sísmico final, un eco de placer compartido que los dejó sin aliento. El agotamiento los envolvió rápidamente, llevándolos a un trance que ninguno podía evitar. Natalia, aún aferrada a él, cerró los ojos con una sonrisa que mezclaba victoria y amor. Daniel, por otro lado, se dejó llevar por la somnolencia, aceptando involuntariamente el abismo emocional en el que habían caído juntos.

La noche continuó en silencio, pero el impacto de lo sucedido quedaría resonando mucho más allá del amanecer.