Entre Amores y Abismos

Pies Pesados, Corazón Ligero

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
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Pies Pesados, Corazón Ligero

La penumbra de la madrugada envolvía la habitación en un silencio casi irreal. Daniel despertó sobresaltado, su respiración acelerada marcando el ritmo de su confusión. Frente a él, Natalia dormía profundamente, su cuerpo envuelto en una tranquilidad que contrastaba con el caos emocional que reinaba en la mente de Daniel. Su postura despreocupada, su piel desnuda iluminada apenas por la tenue luz que se filtraba, la hacía parecer más etérea que humana, un ángel caído que había tomado la forma de uno de sus recuerdos más hermosos y devastadores.

A medida que su vista se ajustaba, Daniel notó lo que parecía un escenario de un crimen cuidadosamente descuidado. Las sábanas estaban enredadas en el suelo, la puerta aún abierta de par en par, y los vestigios de la noche anterior impregnaban el aire. Era como si el cuarto mismo fuera un testigo silencioso de un acto que no podía juzgar, pero tampoco olvidar.

Para Daniel, Natalia no era solo una amante en ese momento, sino una figura cargada de dualidad: la asesina que lo había destruido y, al mismo tiempo, la culpable que buscaba redención en sus brazos. En su mente, él ya no era un hombre; era el cadáver dejado por el crimen pasional de la noche. Su moral, como el desorden de la habitación, se había derrumbado, cayendo al suelo junto con las prendas abandonadas.

Con un movimiento rápido, se levantó de la cama, casi como si temiera ser descubierto en flagrancia por una cámara invisible. Su objetivo no era enfrentar a Natalia ni buscar respuestas. Quería esconder el cuerpo—el suyo—y borrar cualquier rastro del homicidio simbólico que había tenido lugar.

El baño se convirtió en su refugio. Allí, bajo el chorro helado de la ducha, buscó la redención que no podía encontrar en sus pensamientos. El agua descendía sobre su cuerpo, recorriendo cada músculo trabajado, cada rincón vacío tras la entrega de la noche anterior. Sus pectorales firmes y su abdomen definido eran un testimonio de su disciplina, pero en ese momento no eran más que un lienzo que el agua intentaba limpiar, sin éxito.

El agua, que parecía disfrutar de la sensualidad de su cuerpo, lo abrazó como un amante invisible, acariciando su espalda mientras descendía por sus cuádriceps tensos y sus testículos que ahora eran un reflejo de la ausencia, del vacío. Pero, por más que el agua intentara consolarlo, no podía alcanzar la perturbación que dominaba su mente. Era como si cada gota que tocaba su piel se evaporara al instante, incapaz de penetrar las capas de culpa, confusión y deseo que lo envolvían.

Daniel cerró los ojos, dejando que el frío mordiera su piel. Quería creer que el agua podría borrar algo más que el sudor y el aroma de la noche anterior. Quería que se llevara sus pensamientos, sus recuerdos, todo lo que lo ataba a Natalia y a esa parte de sí mismo que no podía comprender ni aceptar. Pero al abrirlos de nuevo, el reflejo en el espejo frente a la ducha seguía ahí, intacto. Su imagen lo miraba con una mezcla de juicio y resignación, como si supiera que, por mucho que intentara huir, no podría escapar de lo que había sucedido.

Daniel regresó a la habitación con pasos cautelosos, como si temiera despertar un monstruo que él mismo había dejado entrar. Al cruzar el umbral, lo primero que vio fue la silueta de Natalia, que se movía lentamente, incorporándose en la cama. Sus ojos brillaban en la penumbra, cargados de una mezcla de enamoramiento y culpa que lo atravesó como un rayo. Era como si cada mirada suya pidiera perdón, pero también suplicara por un lugar en un corazón que ella misma había destrozado.

La reacción de Daniel fue inmediata; su cuerpo se tensó, su mandíbula se apretó y sus manos se cerraron en puños involuntarios. Todo en él gritaba incomodidad, incomodidad y algo más profundo: un desmoronamiento que no podía disimular.

—Daniel... Te a... —intentó Natalia, su voz temblorosa y rota.

—Natalia, no —la interrumpió él, su tono seco y cortante, como un filo que la hizo retroceder. —Por favor, necesito que no estés. Déjame solo.

Natalia dio un paso hacia él, con los brazos extendidos como si intentara cruzar un abismo invisible.

—Amor, por favor, quiero que me escuches...

—¡No me llames así! —la cortó nuevamente, esta vez con un grito lleno de rabia contenida—. Me dan arcadas. De hecho, tengo la impresión de que vienes de acostarte con unos cuantos. Quizás viniste aquí después de que ya no te quedara nadie en tu agenda.

El comentario fue como un puñal directo al corazón de Natalia. Sintió cómo el dolor la atravesaba, dejándola sin aire. Sus ojos se llenaron de lágrimas que cayeron sin control mientras se abrazaba a sí misma, intentando contener un sufrimiento que la sobrepasaba.

—Daniel, discúlpame... —dijo entre sollozos—. Sé que no puedo hacer nada para que confíes en mí, pero no ha sido así. No he estado con nadie en este tiempo...

Daniel dejó escapar una risa seca, carente de humor.

—¿Sabes algo? No te creo. Ni una sola palabra que sale de tu boca.

Natalia sintió que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. Su intento por reconquistar a Daniel había resultado en un desastre. Sus palabras, sus acciones, todo lo que había hecho esa noche solo había servido para revivir los traumas que ella misma le había causado. Por primera vez, Natalia tomó verdadera conciencia de lo dañino que habían sido sus actos, de cómo su falta de control había destruido algo que nunca podría reparar.

—Lo siento... No debí venir... —susurró, y el silencio de Daniel fue la respuesta más devastadora.

—No quise hacerte daño. Fui muy estúpida al ilusionarme con traerte de vuelta así...

Daniel la miró por un instante. Podía haber cedido, una vez más, al cuerpo desnudo y hermoso que tenía frente a él. Podía haber tomado el control de la situación, convertirse en el hombre triunfador que Natalia quería ver, el salvador de su malestar. Pero algo dentro de él cambió. Por primera vez en meses, decidió respetarse a sí mismo. No dejó que sus impulsos lo dominaran.

Natalia, al notar la firmeza en su mirada, suspiró con resignación.

—Me retiraré... —dijo, con una voz que era apenas un hilo de aire—. Quiero pedirte una última cosa. Por favor, dame una última oportunidad. Solo una. Al menos para explicarte todo lo que hice y lo que sigo sintiendo por ti, cara a cara. Tú dime cuándo estés preparado. Yo aguardaré pacientemente esa llamada. Lo prometo.

Sus palabras quedaron flotando en el aire mientras ella se movía lentamente por la habitación. Comenzó a poner en orden algunas cosas, como si ese gesto pudiera aliviar la tensión que pesaba sobre ellos. Cada paso que daba hacia la salida parecía más pesado que el anterior, como si algo invisible la estuviera reteniendo.

Antes de irse, tomó algunas prendas de Daniel, aquellas que estaban más impregnadas con su olor. Las sostuvo contra su pecho, como si fueran un manto que podría abrigarla en las noches frías que sabía que le esperaban.

Sin mirar atrás, Natalia cruzó la puerta. El eco de sus pasos en el pasillo fue la única señal de su partida.

Daniel se quedó solo, mirando el espacio vacío que Natalia había dejado tras de sí, sintiendo un extraño vacío mezclado con alivio.

Daniel decidió tomarse unos días de descanso en el trabajo. La recomendación del psicólogo había sido clara: al menos un mes de reposo para procesar lo que estaba enfrentando. Pero Daniel, siempre pragmático y reacio a mostrarse vulnerable, solo aceptó dos semanas. Más tiempo en casa le parecía insoportable; cada rincón estaba impregnado de recuerdos y fantasmas que no quería enfrentar.

Los primeros días fueron un abismo de inercia. Apenas se levantaba para ir al baño o comer algo rápido. Pasaba las horas en la cama, mirando al techo o perdiéndose en pensamientos que lo asfixiaban. Era como si su cuerpo hubiera decidido apagarse, incapaz de cargar con el peso de su propia existencia.

El cuarto día amaneció distinto. No era que algo hubiera cambiado en su interior, pero el tedio de estar atrapado consigo mismo se volvió insoportable. Sentía que, si no hacía algo, aunque fuera mínimo, terminaría hundiéndose aún más. A pesar de no creer completamente en el concepto de "sentirse mejor", decidió salir. Necesitaba reencontrarse con algo más grande que su dolor, algo que le recordara que el mundo seguía girando.

Se vistió con ropa deportiva, un reflejo de lo que solía ser. Aunque no tenía fuerzas para trotar, optó por caminar. Lenta y deliberadamente, se dirigió al Parque La Carolina, un lugar que había sido su refugio durante años. Allí, rodeado de árboles, aves y el murmullo constante de las piletas, solía encontrar un respiro en medio del caos.

El camino que recorría trotando ahora lo hacía a pie, notando detalles que antes pasaban desapercibidos: las hojas que caían suavemente al suelo, el canto de los pájaros que parecía una sinfonía natural, el reflejo del sol en el agua. Se detuvo en varios puntos, sintiendo cómo la belleza del entorno suavizaba, aunque fuera un poco, el peso que cargaba en el pecho.

En uno de esos momentos, cruzó miradas con una joven que corría en sentido contrario. Llevaba un traje deportivo azul que se ajustaba perfectamente a su figura, resaltando su sutil feminidad. Ella lo miró con curiosidad, y al notar sus ojos enrojecidos y su semblante decaído, le ofreció una sonrisa sutil, casi como un gesto de consuelo. Daniel apenas reaccionó. Aunque su presencia era agradable, su mente estaba demasiado ocupada para responder.

Más adelante, otro corredor llamó su atención. Era un hombre, con un rostro que le resultaba vagamente familiar. Lo había visto en otras ocasiones, pero nunca lo había notado realmente. Esta vez, algo fue diferente. Daniel observó su cuerpo trabajado, sus movimientos fluidos, y sintió un extraño atractivo. No era un deseo claro, sino una curiosidad que le hizo mirar más tiempo del que esperaba.

El hombre, al pasar junto a él, le sonrió. Era una sonrisa respetuosa, pero con un leve matiz coqueto que no pasó desapercibido. Daniel sintió un pequeño cortocircuito en su mente, una mezcla de incomodidad y algo que no podía definir. Antes de que pudiera evitarlo, el hombre se detuvo.

—¡Hola! —saludó con naturalidad.

—Hola... —respondió Daniel, su tono apenas audible, reflejo de su ánimo apagado.

El hombre se mostró genuino, con una amabilidad que desarmó a Daniel.

—Disculpa, con todo respeto... ¿puedo caminar contigo? Hay unas bancas más adelante donde podemos sentarnos a conversar. Te seré honesto: te veo siempre por aquí y me gustaría hablar contigo. Sin compromiso, claro.

Daniel, sorprendido por la propuesta, pero sin percibir amenaza alguna, asintió con un gesto.

—Sí, por supuesto. Lamento si no tengo el mejor ánimo. No me he sentido bien últimamente —se permitió admitir, como si ese desconocido hubiera desbloqueado algo en él.

El hombre sonrió, una sonrisa amplia y simpática que irradiaba calidez.

—Entiendo. Pero ¿sabes algo? Una cara tan guapa como la tuya no debería reflejar tanto pesar.

Se tapó la boca inmediatamente, riendo con nerviosismo.

—¡Lo siento! Perdón, sí... soy “bi”. Espero que eso no te incomode. Me llamo Gabriel.

Daniel no pudo evitar devolverle una pequeña sonrisa, esta vez de alivio. Había algo en la honestidad de Gabriel que lo hacía sentir a salvo, aunque fuera por un momento.

—No te preocupes. Acompáñame —respondió, sintiendo que, por primera vez en días, alguien había roto el muro que lo mantenía aislado del mundo.