Entre Amores y Abismos

El Primer Respiro

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
Espacio opcional para una imagen de capítulo.

El Primer Respiro

Daniel y Gabriel avanzaron hasta la banca más próxima, el sonido del parque envolviéndolos en una atmósfera tranquila pero llena de pequeños detalles que Gabriel parecía notar con facilidad.

—¿Te parece que aquí está bien? —preguntó Gabriel, señalando la banca.

—Sí. Gracias. Por cierto, mi nombre es Daniel.

—Un gusto, Daniel —respondió Gabriel con una sonrisa cálida mientras se acomodaban en el asiento.

Ambos hombres se quedaron observando el paisaje por un momento, la conversación arrancando con temas ligeros, casi triviales. Gabriel llevaba la delantera, su tono relajado y animado marcando el ritmo.

—¿Cuántos años llevas haciendo ejercicio? —preguntó Daniel, tratando de mantener la charla en movimiento.

—Bastantes, aunque no sé si los suficientes como para mantenerme al nivel de este lugar. —Gabriel rio—. Este parque es como un desfile. Hay chicas y hombres que parecen esculpidos por los dioses. Es como si fueran parte del paisaje.

Daniel dejó escapar una sonrisa tenue, pero sus ojos seguían bajos.

—Y si quieres un dato curioso, he contado los árboles. —Gabriel hizo una pausa, esperando captar la atención de Daniel—. Son 134.

—¿En serio te tomaste el tiempo para eso? —preguntó Daniel, esbozando una pequeña risa por primera vez.

—Claro que sí. Aunque puedo estar equivocado. Si algún día quieres, los contamos juntos, y si me equivoco, te invito a lo que quieras en el restaurante de la esquina. —Gabriel le guiñó un ojo de manera juguetona.

El humor de Gabriel parecía aligerar un poco el ambiente, pero él notaba algo en Daniel, algo más profundo que no se reflejaba en sus respuestas. Había algo en la forma en que sus ojos evitaban el contacto y cómo sus hombros caían que le indicaba que el peso que llevaba era mayor de lo que quería admitir.

Mientras Gabriel señalaba con entusiasmo a una mujer que pasaba trotando con una postura impecable y un cuerpo trabajado, se detuvo al notar que Daniel no reaccionaba de la misma manera.

—Te noto un poco distante —dijo Gabriel, su tono volviéndose más suave—. Y eso está bien. Solo quería decirte que, si necesitas hablar de lo que te pasa, aquí estoy. No tienes que explicarlo todo, solo dilo como salga.

Daniel se quedó en silencio por un momento, la propuesta resonando en su mente. Miró a Gabriel por primera vez desde que habían llegado a la banca, sus ojos reflejando una mezcla de cansancio y agradecimiento.

—No estoy seguro de por dónde empezar... ni siquiera sé si puedo explicarlo. —Su voz era baja, como si las palabras salieran con esfuerzo—. Todo se siente... roto.

Gabriel asintió lentamente, su expresión comprensiva.

—A veces, el simple hecho de decirlo en voz alta ayuda. No necesitas tenerlo claro. Estoy aquí.

Daniel suspiró, sus hombros relajándose apenas.

—Gracias.

El silencio que siguió no fue incómodo. Gabriel simplemente dejó que las palabras flotaran en el aire, sin intentar llenar el vacío. Y en ese instante, Daniel sintió algo que no había experimentado en mucho tiempo: no estaba completamente solo.

Daniel inhaló profundamente, como si aspirara la vergüenza y la falta de orgullo necesarias para liberar las palabras que llevaba retenidas.

—Terminé con mi mujer... —Su voz se quebró ligeramente—. La pillé con otro.

Gabriel se quedó en silencio por un momento, procesando lo que había escuchado antes de responder con un tono suave pero directo:

—Uh... eso es crudo. Sé lo que se siente. También me pasó lo mismo.

Daniel, sorprendido, cerró los ojos y agitó la cabeza ligeramente, intentando procesar lo que acababa de escuchar.

—¿En serio?

—Sí. Tampoco puedo culparla del todo. Fue un problema de ambos. —Gabriel hizo una pausa, como si decidiera medir sus palabras—. Estaba tan dedicado a unos proyectos, tan atrapado en mi trabajo... cuando ella me necesitó, yo no estuve. No la escuchaba, no la entendía. Entonces, encontró el amor en otro. O quizás fue la pasión primero. No lo sé.

Daniel quedó boquiabierto. La similitud entre sus experiencias lo dejó pensando, como si por un instante, las barreras de su rabia comenzaran a resquebrajarse. En un pequeño destello, pensó que la distancia con Natalia era necesaria, pero que su odio ferviente podría estar siendo extremista. Este pensamiento lo distrajo brevemente de la conversación, perdiendo el hilo por un momento.

Gabriel notó el cambio en su expresión y lo trajo de vuelta con un comentario cargado de humor amargo.

—¿Sabes? Este proceso ha sido muy difícil. Ha pasado más de un año, pero recuerdo cómo era al principio. Me sentía una mierda. Mi mente era tan castigadora que cualquier palabra que empezara con "CO" me sonaba a "cornudo". Era como si me lo gritaran en cada momento.

Los ojos de Gabriel se oscurecieron por un instante. Daniel percibió el esfuerzo que hacía por contener las emociones, como si mantener su dignidad masculina fuera una barrera que no estaba listo para romper por completo.

—¡Qué lástima! —respondió Daniel, con un tono sincero pero inseguro—. La verdad, escucharte me da una pena enorme. No sé cómo confortarte. Ni siquiera he podido encontrar alivio para mí mismo. Sería ilógico darte un consejo.

Gabriel dejó escapar una sonrisa agradecida y negó con la cabeza.

—No es necesario, Daniel. Agradezco que me escuches.

Se levantó, invitando a Daniel a seguirlo, como si ese movimiento simbolizara dejar atrás algo de la pesadez de la conversación. Con un gesto deliberado, se sacudió las manos sobre los muslos, como si quitara tierra imaginaria de su cuerpo, y volvió a hablar con más claridad.

—Aunque fue muy difícil, yo decidí darle una oportunidad a mi mujer. Más que nada, porque fue mi compañera durante años. La amé. Ella me amó. Lo que sucedió... no sé si llamarlo un error. Más bien, fue una apertura. Algo normal, si lo piensas. Eso es lo que he aprendido últimamente.

Se detuvo un momento, como si reconsiderara su enfoque.

—Pero disculpa, Daniel. Soy yo quien debería estar escuchándote.

Daniel sacudió la cabeza con una ligera sonrisa, sorprendido de cómo esa breve conversación había removido tantas cosas dentro de él.

—No te preocupes. Tu historia me ha conmovido.

—Gracias —respondió Gabriel con humildad—. Aunque, igual me interesa saber: ¿cómo te lo estás tomando?

Daniel suspiró, mirando al suelo antes de levantar la vista.

—Pues, es el primer día que me levanto en cuatro días. —Hizo una pausa, buscando las palabras—. Tuve un "reencuentro" con mi mujer... y eso revivió e intensificó todo este malestar. Siento que todavía la amo. Demasiado. Y no debería. A veces, incluso alucino con su perfume en la habitación.

Gabriel lo miró con empatía, dejando que sus palabras se asentaran antes de responder.

—Quizás estás siendo demasiado duro contigo mismo. Esos sentimientos son normales. Para mí, pasaron seis meses antes de que mi mujer dejara de ocupar cada centímetro de mi corazón. Y eso, incluso con toda la rabia que sentía.

El comentario de Gabriel quedó flotando en el aire, como un bálsamo inesperado que comenzó a calmar, aunque sea un poco, el torbellino interno de Daniel.

Gabriel miró fugazmente su celular y notó la hora.

—Daniel, lo lamento, pero tengo que irme.

—Lo entiendo. No tienes por qué disculparte —respondió Daniel con una leve sonrisa, agradecido por el tiempo compartido.

Gabriel asintió, pero antes de marcharse, colocó una mano en el hombro de Daniel, su mirada cargada de sinceridad.

—Escucha, sé que estás pasando por algo muy difícil. Sobre todo, con lo reciente que es para ti. Pero quiero que recuerdes algo: la vida como hombres nos enseña a mantenernos fuertes como robles. Y no me malinterpretes. No significa que tengas que ser duro como una piedra. Date el derecho a sentir, a reflexionar desde la tristeza. Pero no dejes que este sentimiento te derroque. Levántate mañana, pasado mañana, y los días que siguen, con un poco más de fuerza cada vez.

Las palabras de Gabriel resonaron profundamente en Daniel, que lo miró con ojos llenos de emoción contenida.

—Gracias. De verdad, gracias.

Gabriel le sonrió con calidez antes de añadir, con un tono más ligero:

—Voy a estar esperando que vengas a contar los árboles, me digas que estoy equivocado y vayamos por unas lagers. ¿Te parece?

Daniel dejó escapar una risa suave, más auténtica que las anteriores.

—Me parece justo.

—Genial. Te dejo mi número para cuando estés listo.

Gabriel le extendió la mano y Daniel la estrechó con firmeza, sintiendo una conexión que iba más allá de la cortesía. Sin añadir más, Gabriel se despidió, marchándose con el mismo aire de confianza tranquila que lo había acompañado desde el principio.

Daniel lo observó alejarse, y aunque el peso en su pecho seguía presente, algo dentro de él se había movido. Inspirado por el encuentro, continuó su camino por el parque.

Mientras caminaba, el aire fresco comenzó a abrir paso a algo que no sentía desde hacía meses: una respiración más pausada, menos agitada. Había pasado tanto tiempo con el pecho tenso y los pulmones luchando por cada aliento que apenas recordaba lo que era respirar sin peso. Cerró los ojos un momento, deteniéndose en un rincón tranquilo, donde el sonido del agua y el susurro de las hojas parecían envolverlo.

En su mente, se imaginó soltando todo el peso que llevaba, como si cada prenda que caía al suelo se llevara consigo una capa de dolor acumulado durante meses. Sus ropas imaginarias caían ligeras al suelo, resplandeciendo al contacto con la tierra.

En esa visión, su cuerpo desnudo irradiaba una luz tenue, una chispa de algo que no era exactamente paz, pero sí el deseo de alcanzarla. No era perfecto: sus músculos tensos y su piel cargaban con las marcas de su sufrimiento, pero en ese momento, todo parecía sincronizarse en un acto de autoaceptación.

Por un instante, sintió que la luz que emanaba de su piel se deslizaba hacia sus poros, viajando por su torrente sanguíneo. Cada inhalación llevaba consigo un fragmento de calma, como si su respiración estuviera empezando a limpiar la oscuridad que lo envolvía.

No era una curación completa, lo sabía, pero sí un paso. Un pequeño destello que comenzaba a crecer en la profundidad de su alma.

Cuando finalmente abrió los ojos, miró hacia el horizonte y dejó escapar un largo suspiro. No sabía cuál sería su próximo paso, pero por primera vez en meses, creyó que podía continuar.