Entre Amores y Abismos

Trance de Fuego

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
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Trance de Fuego

Esa tarde, Daniel decidió pasar el mayor tiempo posible fuera de casa. Estaba decidido a romper con la rutina que lo mantenía atrapado en su dolor. Sabía que no podía evitar el vacío para siempre, pero ese día quería probar algo diferente: distraerse, explorar, reconectarse con el mundo de una manera que hacía tiempo no intentaba.

Primero, fue al cine. Eligió una comedia ligera, algo que normalmente habría ignorado, pero que ahora le pareció adecuado. Mientras las carcajadas del público llenaban la sala, se permitió una pequeña sonrisa. No era mucho, pero sentía que algo dentro de él se aflojaba, como si una leve grieta se abriese en su muro de tensión.

Después, decidió almorzar en un restaurante que nunca había visitado antes. Era un lugar vibrante y moderno, lleno de colores y aromas nuevos. Se sentó cerca de una ventana y pidió un plato que no reconocía del todo, disfrutando del sabor desconocido como un pequeño triunfo personal. Era un cambio, una prueba de que podía salir de su zona de confort.

Por último, compró una entrada para una obra de teatro independiente. No sabía exactamente de qué trataba, pero el entusiasmo en los rostros de los actores en el cartel le llamó la atención. La obra, aunque modesta, lo envolvió en su narrativa, logrando que por un par de horas olvidara sus preocupaciones y se sumergiera en una historia ajena a la suya.

Era su manera de cuidarse, de agotarse física y mentalmente para evitar que su mente le jugara malas pasadas al caer la noche.

Pero inevitablemente, el día llegó a su fin y tuvo que regresar a casa. Mientras caminaba de regreso, sintió un leve nudo en el estómago. Aunque había disfrutado su jornada, sabía que, al llegar, el vacío volvería a esperarlo. Su hogar se sentía como un lugar suspendido en el tiempo, una especie de ruina emocional que lo envolvía cada vez que cruzaba su umbral.

Cuando insertó la llave en el cerrojo, un escalofrío lo recorrió. El sonido metálico le resultó incómodo, como un recordatorio de que no había escapado del todo. Al abrir la puerta, lo recibió el silencio, frío e impenetrable.

Cerró la puerta detrás de él y, en esa soledad absoluta, finalmente permitió que las emociones del día lo alcanzaran. Lloró. No con desesperación, sino con una tristeza contenida que llevaba acumulada. Sus sollozos eran suaves, casi imperceptibles, mientras dejaba que las lágrimas limpiaran un poco de la carga que lo abrumaba.

Cuando el agotamiento lo venció, se dejó caer en su cama. El día había sido largo, pero en el fondo, sintió que había dado un pequeño paso hacia algo diferente. Y aunque el dolor seguía allí, al menos había probado que podía hacer algo por sí mismo.

Daniel despertó a mitad de la noche, sobresaltado por una paranoia que lo tomó por sorpresa. Se incorporó rápidamente, todavía sumido en un estado semi-sonámbulo, y caminó hacia la pequeña bodega donde guardaba una cadena, un candado y su llave. Con movimientos rápidos y automáticos, salió hacia el portón de la casa y los aseguró con cuidado, como si el acto de cerrar fuese una barrera contra sus miedos.

Los aullidos de los perros en la distancia acompañaron el eco de sus pasos y del metal contra el portón, intensificando la atmósfera inquietante de la madrugada. Terminada la tarea, regresó por el mismo camino, atravesando el salón y el pasillo hasta llegar a su habitación.

Cuando se recostó de nuevo, el sueño lo había abandonado. Miró el techo, donde la oscuridad parecía infinita, y comenzó a dar vueltas en la cama, incapaz de calmar su mente. Tomó el celular sin pensar, y al abrir su agenda de contactos, sus dedos se deslizaron involuntariamente hacia el nombre de Natalia. Fue un reflejo, casi instintivo, como si su cuerpo aún esperara preguntarle por qué no estaba en casa.

Pero entonces, vio otro nombre: Gabriel Llano.

Se detuvo. Fue como un pequeño respiro en medio de su agitación. En su mente comenzaron a regresar los recuerdos de su conversación con Gabriel: su calidez, su simpatía, las palabras de motivación que le había regalado. Por primera vez en mucho tiempo, Daniel se sintió acompañado, y ese pensamiento logró desvanecer el nudo en su pecho.

Sin darse cuenta, su mente empezó a explorar otros aspectos del encuentro. Recordó la mirada coqueta de Gabriel, sus comentarios y el hecho de que era bisexual. Ese detalle, que al principio le había pasado casi desapercibido, ahora parecía adquirir un nuevo peso. La idea no lo perturbaba; al contrario, despertaba en él una curiosidad que nunca había considerado.

Daniel volvió a ese momento, a la manera en que Gabriel lo había mirado, más allá de lo que alguien común haría. Recordó cómo había observado su torso, sus brazos, incluso su bulto, y se dio cuenta de que él mismo había hecho lo mismo con Gabriel, aunque de manera más tímida. Ahora, en la soledad de su habitación, se permitió imaginarlo sin restricciones ni etiquetas.

Sus pensamientos se concentraron en la forma del cuerpo de Gabriel, en su rostro y su sonrisa. Se preguntó cómo sería su sabor, cómo se sentiría ese contacto. El calor subió por su pecho y su corazón comenzó a latir más rápido. El deseo que había permanecido oculto hasta ese momento emergió con fuerza, y Daniel decidió entregarse a él, sin juzgarlo ni cuestionarlo.

Se permitió disfrutar del placer como un acto de afirmación, como un momento en el que podía dejar atrás los prejuicios y simplemente ser. Con cada pensamiento, la memoria de Gabriel se hacía más nítida, más fresca. Daniel comenzó a desvestirse, sintiendo que la ropa apretaba su piel de manera incómoda. Al quedar desnudo, se sintió más libre, más conectado con su propio cuerpo.

En su imaginación, Gabriel estaba allí, besándolo con calidez y deseo. El beso se volvía cada vez más intenso, y Daniel se agitaba con suavidad, explorando su propia piel con dedicación. En su fantasía, Gabriel lo tocaba, lo tomaba con firmeza, mientras sus labios recorrían su cuello.

No había culpa, pero sí un impulso más profundo: limpiar esa sensación de humillación que lo había marcado desde que Natalia lo traicionó. Gabriel también había sido engañado, y en esa conexión, Daniel encontraba algo que parecía un acto de redención compartido. Era como si, a través de ese recuerdo y esa fantasía, pudiera expiar la vergüenza de sentirse vulnerable, de haberse sentido "tonto" o débil por las heridas que su relación le había dejado.

Su cuerpo se movía con una mezcla de deseo y liberación, mientras en su mente, el rostro de Gabriel se convertía en el símbolo de una nueva posibilidad.

Daniel buscó una experiencia más inmersiva, algo que amplificara la intensidad de su fantasía. En su celular puso "Light My Fire" de The Doors. Los acordes de la canción llenaron la habitación, envolviéndolo en un trance casi místico, un estado de éxtasis que no necesitaba más estímulo que el cuerpo de Gabriel, ese cuerpo que, en su mente, era recio y perfecto.

Mientras la música lo llevaba, sus pensamientos se tornaron más osados, más vívidos. Por un momento, imaginó usar la corona de sus dientes para marcar cada centímetro de Gabriel, sintiendo cómo su tejido gingival se cepillaba contra ese pene cuya forma y tamaño seguían siendo un misterio excitante. La curiosidad lo devoraba: ¿cómo sería sentirlo, poseerlo, explorar su sabor?

Su mente divagó hacia lo desconocido. Nunca había probado el suyo propio, y la sola idea le parecía extraña, casi tabú. Pero con Gabriel, esa repulsión mental se desvanecía, reemplazada por un deseo de experimentar, de saber. ¿Qué sabor tendría ese líquido que emanaría de sus profundidades? ¿Cómo sería el sexo oral de un hombre como él? ¿Sería más considerado, más paciente, o se dejaría llevar por un instinto brutal?

Daniel dejó que sus pensamientos lo arrastraran mientras sus manos recorrían su cuerpo. Comenzó a jugar con sus pezones, tirando de ellos con una presión medida, imaginando que eran los dientes de Gabriel los que los atrapaban. Humedeció sus dedos, potenciando la sensibilidad, y deslizó sus manos por su abdomen hasta volver a tomar su miembro, acariciándolo con movimientos laterales que imitaban los vaivenes que su mente recreaba.

El ritmo de la canción comenzó a acelerarse, y con él, las imágenes en su mente se volvieron más intensas, más viscerales. Se vio a sí mismo entrando en Gabriel, sintiendo su calor y su resistencia, pero también imaginó lo opuesto: dejándose llevar, permitiendo que Gabriel entrara en él. En ese instante, los roles se difuminaron. Ya no sabía quién hacía cada cosa; las barreras entre sus cuerpos se desvanecían.

Era como si fueran uno solo, un ente que gemía al unísono, sin importar quién lideraba. La sensación perdió toda diferenciación, y lo único que importaba era el clímax inminente, alcanzarlo juntos, perfectamente sincronizados, sin una centésima de diferencia. Quería que ambos cuerpos reverberaran en ese éxtasis compartido hasta que sus mentes se apagaran en el agotamiento.

Cuando el puente musical de la canción llegó a su apogeo, supo que era el momento de alistarse. Aceleró sus movimientos, imaginando a Gabriel al borde del éxtasis, esperando por él, reteniendo su liberación hasta que Daniel estuviera listo. Esa imagen fue el detonante que lo desarmó por completo.

Su cuerpo se arqueó mientras el placer lo atravesaba. Sentía que la música y sus pensamientos se fusionaban en una explosión perfecta. Al mirar su piel, todavía marcada por el deseo, una gota le llamó la atención. La tomó con curiosidad y se la llevó a la boca, dejando que el sabor lo envolviera.

—¡Mmm! No me lo esperaba —murmuró, con una sonrisa que mezclaba satisfacción y asombro.

Sin ánimo de levantarse, permaneció varado en la cama, sintiendo cómo su cuerpo vibraba con los ecos de lo que acababa de experimentar. No había preocupaciones para el día siguiente, así que cerró los ojos, decidido a prolongar esa sensación todo lo que fuera posible, dejándose llevar por la paz que lo envolvía.