Entre Amores y Abismos

Ámbar entre Sombras

Agregar a favoritos
Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
Espacio opcional para una imagen de capítulo.

Ámbar entre Sombras

Una semana había pasado desde el encuentro con Daniel, y Natalia se mantenía vigilante, pendiente del teléfono como si su vida dependiera de una llamada que no llegaba. Había prometido ser paciente y darle el espacio que necesitaba, pero cada día que pasaba sin un mensaje o una llamada se sentía como un peso que la aplastaba. Su mente era una prisión de temor y culpa, encadenándola a la incertidumbre de lo que podría estar pasando con él.

Por el contrario, el teléfono no dejaba de sonar, pero no era Daniel quien lo hacía. Recibía mensajes y llamadas diarias de sus amantes, una lista variada que incluía compañeros de trabajo, desconocidos con quienes había compartido fugaces momentos, e incluso algunos supuestos "amigos" de Daniel. Todos buscaban lo mismo: un encuentro íntimo, una cita en la que Natalia pudiera ser su escape momentáneo.

La tristeza de esos días era abrumadora. Natalia no era capaz de hacer mucho más que mantenerse a flote gracias a su amiga Consuelo, quien la había recibido en su hogar durante los últimos meses. Consuelo era su paño de lágrimas, aunque a menudo se sentía superada por la intensidad emocional de Natalia. A diferencia de ella, Consuelo era joven, despreocupada y sin interés en relaciones serias, las encontraba innecesariamente complicadas. Para ella, la vida era más simple con encuentros ocasionales y sin compromisos.

—Siete días, y aún no me llama —dijo Natalia, su voz temblando mientras giraba su taza entre las manos—. No sé qué hacer, tengo miedo de que esto se esté viniendo abajo. Y, ¿si está conociendo a alguien?

—¡Cálmate, mujer! —resopló Consuelo, sirviendo un agua de boldo en una taza decorada con flores pintadas a mano—. Mantén el respeto por su espacio. Lo que hiciste debe haber dejado una huella muy profunda en él.

El comentario logró calmarla por un momento, pero también la dejó con un ánimo aún más decaído. Natalia miró las flores de la taza como si fueran un portal a su niñez. Recordó cómo solía pintar con sus dedos en las tardes solitarias de su casa. En su mente, comenzó a imaginarse pintando aquellas flores, buscando un consuelo que parecía fuera de su alcance.

Sin embargo, su comportamiento se volvía cada vez más tóxico para sí misma. Antes de ir a trabajar, tomaba un desvío largo para pasar por el parque donde Daniel solía trotar. Cada día esperaba verlo, a veces escondiéndose detrás de un árbol, observando con ansiedad durante 20 minutos antes de regresar al auto con las manos vacías y el corazón pesado.

Volvía a casa, siempre con el mismo ritual. Revisaba su teléfono compulsivamente, quizá por decimoctava vez ese día, y eso que apenas eran las 7:45 de la mañana. Pero esta vez, no encontró lo que buscaba. En lugar de un mensaje de Daniel, vio en pantalla un nombre que encendió una chispa en su cuerpo: Víctor.

Víctor no había aparecido en su vida con ese propósito durante siete u ocho meses, pero cada vez que lo hacía, parecía tener un magnetismo imposible de resistir. Era un hombre acostumbrado a la victoria, tanto que su nombre parecía reflejar su destino. Natalia sudaba y temblaba incontrolablemente mientras miraba su mensaje. No era una conversación extensa, solo unas pocas palabras que ella conocía demasiado bien, pero fueron suficientes para que su cuerpo reaccionara con urgencia.

Sabía que él estaría en el trabajo ese día y que la posibilidad de un encuentro íntimo con él no era solo un pensamiento, sino una certeza que su cuerpo demandaba. Mientras el temblor recorría sus manos, Natalia sintió cómo esa necesidad física chocaba con el eco de sus emociones, atrapándola entre el deseo y la tristeza.

Natalia sabía que la aparición de Víctor podía significar un paso en falso para ella. Cada vez que pensaba en encontrárselo, sentía una inseguridad corrosiva que la hacía dudar de su capacidad para mantenerse fiel a sus intenciones hacia Daniel. Sus pensamientos la traicionaban, mezclando deseo y culpa en un torbellino que no podía controlar. Miró al cielo nublado que cubría su trayecto hacia el trabajo, como buscando respuestas entre las sombras grises de las nubes.

En medio de su agitación mental, improvisó una estrategia. Decidió entrar por las escaleras de emergencia, evitando los pasillos principales y cualquier mirada que pudiera desarmarla. Incluso consideró cambiar de oficina por el día, buscando permanecer lo más invisible posible.

Irónicamente, Natalia trabajaba en una empresa de crónica rosa, un lugar donde los rumores y chismes corrían como pólvora. Todo se sabía. Sus infidelidades, el quiebre con su marido... alguien debía haberlo filtrado. Cada vez que caminaba por los pasillos, podía imaginar las miradas indiscretas, los susurros que parecían perforarla. En su mente, la escena era clara: "En Exclusiva: Se filtran fotos íntimas de Natalia Del Monte con otro hombre." La presión constante era una forma de auto-boicot, una cárcel mental que ella misma ayudaba a construir.

Sentada en su escritorio, Natalia se sentía como una prisionera en su celda. Terminaba la edición de una noticia mientras intentaba silenciar los gritos de su conciencia. Rezaba en silencio, esperando que Víctor no apareciera. Pero sus oraciones no fueron escuchadas.

En un instante en que quedó sola en la oficina, un hombre apareció en el umbral de la puerta. La luz del pasillo proyectaba su silueta, oscura y reconocible, contra la pared. Natalia no necesitaba ver su rostro. Era la sombra Hollywoodense de Víctor, y nadie más podía llenar ese espacio de amenaza y atracción al mismo tiempo.

Él miró hacia atrás, asegurándose de que no hubiera testigos, antes de entrar con paso decidido. Sus ojos se clavaron en los de Natalia mientras una sonrisa teñida de sombras se dibujaba en su rostro.

—Ámbar...

Solo cinco letras, pero suficientes para encender un torrente de emociones en Natalia. Su garganta se cerró y una leve tartamudez escapó de sus labios.

—¡V... Víctor! ¿Qu-qué haces acá? Estoy muy ocupada.

Él avanzó un paso más, su figura imponente bloqueando la luz de la puerta. La oscuridad parecía seguirlo como un manto mientras sus palabras resonaban con una mezcla de intimidación y burla:

—Si intentabas captar mi atención al no contestar mis mensajes, déjame decirte que lo has logrado perfectamente.

Natalia sintió un escalofrío recorrer su espalda. El tono de Víctor era una mezcla de reproche y desafío, y en su mente no podía decidir si era algo que la aterraba o la atraía. Sus manos temblaban ligeramente mientras trataba de mantener la compostura, pero el magnetismo de Víctor la tenía atrapada, como siempre.

Ese día, Natalia llevaba una blusa de hombros descubiertos y una falda ajustada que marcaba su figura hasta justo encima de las rodillas. A esto sumaba un abrigo ligero que solía usar abierto, dejando entrever su estilo cuidado. Pero hoy era diferente: lo llevaba cerrado, como si quisiera protegerse, esconderse del mundo, y especialmente de la mirada de Víctor.

Por más que intentara reforzar esa armadura, no fue suficiente para detener lo que sucedió a continuación. Víctor, aún cubierto por la penumbra que ocultaba su rostro, avanzó con una seguridad imponente. Sus manos se movieron con una precisión casi quirúrgica, alcanzando los pezones de Natalia a través del abrigo. Apretó con fuerza medida, justo como a ella le fascinaba, como si conociera cada rincón de su cuerpo mejor que ella misma.

El impacto fue inmediato. Una parte de Natalia se retorció de placer, una descarga eléctrica que recorrió su cuerpo, provocándole un estremecimiento tan intenso que casi sintió que alcanzaba el orgasmo. Su mente traicionera susurró: «No pares, amor». Esa voz interna quería que él cruzara cualquier límite, que derribara la barrera de tela que los separaba.

Sin embargo, su lado racional gritaba en pánico. «¡Esto es un error! ¡Detenlo!». Su cuerpo estaba dividido entre el placer y el terror, entre el deseo y la culpa. Hizo un esfuerzo monumental por contener los impulsos que se apoderaban de ella, contrayendo los músculos de su pelvis como si eso pudiera detener el flujo de humedad que comenzaba a empapar su ropa interior.

Pero Víctor parecía tener un radar para leer su cuerpo. Sus ojos oscuros se iluminaron con una mezcla de burla y deseo al detectar su reacción. Con un movimiento calculado, deslizó una mano hacia abajo, palpando la tela que cubría su entrepierna, como si evaluara su estado.

—Veo que te contienes —dijo con un tono bajo y cargado de malicia, sus dedos presionando con firmeza la tela húmeda.

Natalia intentó retroceder, pero su cuerpo estaba paralizado entre el miedo y el placer. Su respiración se aceleró, y por un momento no pudo encontrar las palabras para detenerlo.

—Veo que todavía eres mía, Ámbar. Mueres por serlo —añadió, su sonrisa ensombrecida reflejando un control absoluto.

Natalia, reuniendo todo su valor, logró articular un tartamudeo:

—¡V-Víctor... basta! Estoy ocupada... No p-puedo hacer esto.

Pero su voz carecía de la fuerza necesaria. Incluso mientras decía las palabras, su cuerpo seguía traicionándola, respondiendo a cada toque de Víctor como si fuera un instrumento afinado para él.

La habitación se llenó de una tensión insoportable, un choque de voluntades entre dos personas atrapadas en un juego que Natalia sabía que debía detener, pero del que no encontraba la forma de escapar.

Natalia se hundió en un estado de sumisión que parecía ir más allá de su voluntad. Mientras Víctor exploraba sus senos por encima de la ropa, su respiración se entrecortaba, y cada toque parecía borrar un poco más de su resistencia. Con movimientos decididos, sus manos se dirigieron al botón del cuello de su abrigo.

—Ámbar... Sé que ese sobrenombre te excita, Natalia. ¿Por qué no te entregas, cariño?

Las palabras resonaron en su mente como un eco que chocaba con su conciencia. Natalia cerró los ojos, tratando de ganar tiempo, sacudiéndose ligeramente.

—No quiero hacer esto —dijo en un susurro que carecía de la fuerza para detenerlo.

En su única intimidad restante, su mente, rezaba desesperadamente un mantra: «Daniel. Te amo. Daniel, no quiero hacerte esto. Daniel, perdón. No me entiendo»**.

Sin embargo, la posesión comenzó a invadir su cuerpo. Las yemas de los dedos de Víctor se deslizaron con propiedad hacia su elegante cuello y descendieron lentamente por su torso. Su control parecía desmoronarse, pero entonces algo la sacudió.

Una melodía polifónica rompió la tensión. Provenía de su bolsillo. Natalia, como si despertara de un sueño oscuro, apartó a Víctor de un empujón.

¡Era una llamada de Daniel!

«¡Gracias al cielo!» exclamó en su interior, completamente emocionada, como si su alma hubiera regresado a su cuerpo.

Se levantó rápidamente, avanzando hacia la puerta para contestar. Víctor, incrédulo, intentó detenerla, colocándose en su camino.

—¡Córrete! —le gritó Natalia, mirándolo directamente a los ojos antes de empujarlo con el hombro.

Al llegar a la puerta, se detuvo para contestar, pero la llamada ya había sido cortada. Natalia sintió cómo la esperanza se desvanecía, reemplazada por un temor asfixiante.

«¿Y si fue un error? ¿Y si se arrepintió?»

Desesperada, apretó el teléfono contra su pecho, como si pudiera retener algo de la conexión que apenas había sentido y, luego volvió a llevarlo a su oído.

—¿Daniel? ¡Amor! ¡Te echaba tanto de menos! —murmuró, con lágrimas brotando de sus ojos.

Víctor salió de la oficina detrás de ella, pero no la siguió. La observó con incredulidad desde la distancia, intuyendo que su reacción era una mera fachada. Natalia no se detuvo. Caminó rápidamente, intentando perderle el rastro, mientras devolvía la llamada unas cuatro veces sin éxito. Cada tono de marcado era como una daga que perforaba su esperanza.

—Te necesito tanto, mi vida... —dijo finalmente, en un susurro cargado de dolor.

Con lágrimas en los ojos, llegó a la oficina de su jefa. No dio explicaciones detalladas, solo pidió retirarse para trabajar desde casa. Su jefa, viendo su estado emocional, accedió sin cuestionamientos.

Natalia salió apresuradamente del edificio y corrió hacia su auto. Cada paso que daba sentía como si la sombra de Víctor la siguiera, una ilusión que no podía escapar. Con un delirio de persecución oprimiendo su pecho, arrancó el auto y se alejó.

Antes de llegar a casa de Consuelo, se detuvo en un lugar desierto y apagó el motor. La ansiedad la consumía, y en un acto desesperado, comenzó a buscar en la guantera, revolviendo papeles y tickets de estacionamiento hasta encontrar lo que buscaba: un control remoto y un vibrador ovalado.

Con manos temblorosas, se lo colocó dentro de su cuerpo sin delicadeza, sintiendo un leve dolor que apenas registró. Cerró los ojos y lo encendió al máximo. El sonido del tapiz del asiento amplificaba su desesperación.

Los pensamientos de Víctor seguían traicionándola. La frialdad sensual de su toque persistía, luchando por dominar su mente. Natalia intentaba resistir, gritando en su interior el nombre de Daniel, intentando borrar los recuerdos de un motel con Víctor para reemplazarlos con la noche que pasó con su esposo hace siete días.

—¡Daaanieeel! ¡Te amooo! —gritó mientras su cuerpo se arqueaba, alcanzando un cúlmine lleno de contradicciones.

Exhausta, con el cabello desordenado, la cabeza entre las piernas y las manos aferradas al volante, Natalia se dejó caer sobre el asiento. A pesar de la intensidad del momento, lo único que quedó fue una profunda desolación y tristeza. Su cuerpo había encontrado liberación, pero su alma seguía rota, cargando con el peso de lo que había perdido.