El precio del vacío
Era una tibia cocina en un día de invierno. Natalia, con sus tiernos dieciséis años, estaba allí junto a su padre, quien cuidaba de ella con esmero. Preparaba un guiso de carne con zapallos y zanahorias, revolviendo el contenido con una cuchara de madera mientras el vapor llenaba la estancia con un aroma reconfortante.
—Natalia, eres tan hermosa como tu madre —dijo, rompiendo el silencio con una voz cargada de cariño—. Cada vez que te miro, deseo que seas una gran mujer. Muy amada. No me gustaría que te quedaras en casa. Ten un esposo que te cuide, que sea esforzado, que te trate bien.
—¡Ay, papá! Yo no me quiero casar —respondió Natalia con una risa ligera, apoyando los codos en la mesa.
—Si es porque no quieres un mal portado, no te preocupes. Yo lo vigilaré para que nunca te falte el respeto.
Antes de que Natalia pudiera responder, su padre tomó un vaso de gaseosa y lo vertió sobre el guiso.
—¡Hmm! —refunfuñó, frunciendo el ceño mientras probaba el resultado—. Esto quedó muy salado.
Soltó una carcajada espontánea, y Natalia, aunque no reía tan fuerte, se unió al momento con una sonrisa cómplice, sus ojos reflejando ternura.
—Ya, tranquilo. Yo haré la comida, ¿bueno? —dijo mientras apagaba el fuego, acercándose por detrás para abrazarlo. Lo condujo suavemente hasta la silla donde ella había estado sentada.
Él se dejó llevar, pero al sentarse, se llevó las manos a la cabeza, como si tratara de ordenar pensamientos dispersos.
—Perdóname. No sé cocinar tan bien como tu mamá —murmuró, con un tono que parecía pesarle más de lo que quería admitir.
—¡Papá! Tú cocinas casi todos los días, y lo haces muy rico —respondió Natalia, girándose solo para regalarle una sonrisa que intentaba aliviarlo.
Sin embargo, su padre comenzó a girar la cabeza hacia la puerta y las habitaciones, como si buscara algo. Sus ojos reflejaban una inquietud silenciosa.
—Y, ¿tu mamá por qué no ha llegado? —preguntó, su voz quebrada entre la nostalgia y la desorientación.
Natalia dejó de encender la cocina y se acercó, abrazándolo con fuerza. Le acarició la cabeza, tratando de contener las lágrimas.
—Papá... ella se fue hace mucho tiempo —dijo con suavidad, su voz apenas un susurro cargado de melancolía.
El aroma del guiso, el calor de aquella cocina, todo se desvaneció como un sueño. Natalia parpadeó, volviendo al presente. Ahora estaba en otra cocina, mucho más fría, donde Consuelo se movía preparando una sopa para confortarla.
—Ten—. Consuelo le entregó un cubierto y una fuente. Después de servirse, se sentó y manifestó: —Natalia, estoy preocupada por ti. Te veo mal y desorientada. Hace mucho tiempo que no te has puesto atención, y ahora noto que estás cerca del fondo.
Natalia levantó la cara lentamente. Sus ojos, vidriosos y cargados de lágrimas, buscaron en Consuelo un refugio, aunque fuera momentáneo. Extendió la mano como si pidiera ayuda, pero antes de alcanzarla, Consuelo la tomó con firmeza.
—Me hace falta, amiga. Lo extraño. Tengo miedo de haberlo perdido completamente —murmuró Natalia, con la mirada fija en la mesa, como si las palabras fueran demasiado pesadas para salir.
Consuelo respiró hondo, sintiendo el peso de las palabras de Natalia. Su rostro reflejaba una mezcla de compasión y frustración.
—Nati, por favor, no quiero que te sientas enjuiciada, pero... ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué lo engañaste tanto tiempo? —. Hizo una pausa seca para su siguiente pregunta: —¿Lo amas, verdaderamente?
Las palabras penetraron profundamente. Natalia bajó la cabeza hasta apoyarla en la mesa. Su estómago se retorcía de dolor mientras sus lágrimas caían sin control.
—Lo amo. ¡Sí! Pero, es algo que no puedo controlar... no sé qué me pasó. Como si algo estuviera ausente en mí—.
Levantó la vista hacia el vacío, como si viera a Daniel a la distancia y concluyó: —Me duele tanto haber hecho su corazón añicos. Es un hombre maravilloso.
Su voz, cargada de culpa y arrepentimiento, apenas era audible. Consuelo suspiró.
—No sé cómo ayudarte. Pero necesitas buscar a alguien que lo haga. No puedes vivir así, atrapada en lo que perdiste y lo que rompiste. Incluso si vuelves con Daniel, no tienes nada que darle ahora mismo.
Natalia sintió que esas palabras se incrustaban en su pecho como si fueran dagas. Su cuerpo, helado por la tristeza, parecía cargado con un peso insoportable. Poco a poco, su llama interna se apagaba. Consuelo fue quien tomó la iniciativa, llamando a varios psicólogos y haciendo citas. Pero cada consulta parecía una barrera más: los terapeutas insistían en que debía abandonar su relación con Daniel y romper con sus patrones tóxicos. Nada de eso resonaba con Natalia, hasta que finalmente encontró a alguien que parecía entenderla.
La mañana de la cita, mientras esperaba en la sala de espera del nuevo psicólogo, Natalia jugueteaba con sus manos, intentando calmar la ansiedad que se aferraba a su pecho.
Miró la puerta del consultorio y, al cruzar el umbral, se encontró a una persona de otra energía; Había algo en su sonrisa, en la calma con la que extendía su mano para saludar, que le dio a Natalia un pequeño respiro en medio de su tormenta. Sus gestos eran humildes y comprensivos.
El terapeuta abrió la consulta con una sonrisa cálida y un gesto invitante.
—¡Hola, Natalia! Mi nombre es Néstor Paz. Es un gusto conocerte. Cuéntame, ¿a qué debo tu visita?
La voz de Natalia surgió, tenue y dubitativa, como si intentara filtrarse a través de un muro de emociones contenidas.
—No sé ni cómo comenzar. Mi vida es un problema. Destruí mi matrimonio, al amor de mi vida... y creo que ha ido mucho más lejos de lo que yo pensaba.
Néstor reclinó una mano sobre la otra, tomando un breve momento antes de responder con calma.
—Organicemos este motivo. Según lo que sientes y piensas, ¿qué crees que es lo que más te está afectando?
La pregunta pareció resonar dentro de Natalia, conectando con algo profundo. Cerró los ojos por un instante, como buscando en su interior.
—No estoy totalmente segura —respondió, su voz temblando ligeramente—. Creo que me afecta el hecho de estar sola... sin él. Me falta su beso de la mañana cuando despierta para ir a trabajar. O sentir su cuerpo dormir junto al mío. Tengo la sensación de no tener nada si él no está.
Néstor asintió lentamente, captando el peso de sus palabras.
—Comprendo. Entonces, han quebrado la relación y decidieron separar sus espacios. Después de que esto sucedió, ¿has intentado volver con él o él contigo?
Natalia tragó saliva, sintiendo cómo la memoria la envolvía.
—Sí. Hace unas tres semanas. Lo visité a mitad de la noche y quise entregarle lo mejor de mí. Me entregué sexualmente de una manera que nunca había hecho antes; como realmente siempre quise ser para él... dominante, muy sensual. Me vestí provocativamente para la ocasión. Él, Daniel, no pudo resistirse. Hicimos el amor.
Aunque no entró en detalles explícitos, su mente la traicionó con imágenes intensas. Recordó el peso de su esposo contra sus caderas, el calor de sus cuerpos entrelazados. Para ella, ese momento había sido un intento desesperado por recuperar lo que había perdido. Comenzó a agitarse en la consulta, su respiración acelerándose ligeramente mientras sus piernas se entrecruzaban, como si estuviera reviviendo el momento.
Néstor notó su reacción, pero se mantuvo profesional. Hizo una pausa deliberada antes de hablar.
—Él respondió a tu iniciativa, pero... ¿qué ocurrió después?
Natalia dejó escapar un suspiro, luchando contra las lágrimas que amenazaban con salir.
—Le pedí que volviéramos —dijo finalmente, con la voz quebrada—. Le supliqué. Le dije que estaba dispuesta a entregar lo que fuera necesario para arreglarlo. Pero no tuvo éxito. Sentí que lo había quebrado... que mi infidelidad lo había destrozado.
El terapeuta inclinó la cabeza, su tono firme pero gentil.
—Natalia, ¿cómo supo él que le fuiste infiel y cuándo ocurrió?
Natalia apretó las manos contra su regazo, su mente viajando a ese día que desearía borrar.
—Él lo vio todo. Fue hace casi tres meses. Daniel siempre acostumbra a trabajar sin descanso. Esa mañana yo sentí que salió, pero no pude ver su vestimenta con claridad. Pensé que esa era otra jornada de trabajo. Estaba confiada en que no volvería. Y...
Se interrumpió, incapaz de seguir. Buscaba una justificación que sabía que no existía, pero necesitaba escuchar su propia voz decirlo.
—El último tiempo estábamos mal con mi marido. Casi no hablábamos. Solo nos pedíamos cosas o nos saludábamos fríamente. Yo estaba desconectada de sus sentimientos. Empecé a sentir que ya no me importaba si la relación se quebraba.
Tomó aire, pero al continuar, su tono se volvió más severo consigo misma.
—Llevaba años siéndole infiel. Ciegamente, quise ver eso como un juego inocente, creyendo que nada de lo que hacía era real. Pero... —Las lágrimas comenzaron a caer mientras su voz se rompía—. Yo solo necesitaba sentir a alguien dentro de mí.
Natalia hizo una pausa, su cuerpo temblando ligeramente mientras continuaba, más para ella misma que para el terapeuta.
—Soy una maldita esposa. Intenté consolarme de todas las formas posibles. Quería visitar a hombres... muchos. Incluso, llegué a buscar a mujeres. No podía estar sin sexo.
La cabellera de color negro de este hombre se inclinó para mirar el cuaderno donde tomaba notas sobre el asunto. Néstor mantuvo el silencio, permitiéndole liberar su carga. Su mirada no reflejaba juicio, solo paciencia y comprensión.
El terapeuta agradeció a Natalia por su apertura, inclinando ligeramente la cabeza en señal de empatía.
—Sé que estas cosas son muy difíciles de compartir. Tu discurso me revela que hay muchas cosas que podemos discutir, pero entiendo que estás pasando por un momento muy doloroso, al igual que tu esposo.
Tomó un breve interludio para servir un vaso de agua a ambos, ofreciendo un gesto de alivio en medio de la intensidad del momento. Cuando Natalia recuperó algo de compostura, Néstor retomó con una pregunta que apuntaba directamente al centro del asunto.
—Natalia, quisiera comprender un poco más. Percibo que el quiebre, al menos de tu parte, venía desde mucho tiempo antes de que él presenciara tu infidelidad. Desde tu perspectiva, ¿cuándo sentiste que la relación empezó a decaer? ¿Podría haber sido incluso después de haber sido infiel por primera vez?
Natalia cruzó los brazos sobre su pecho, como si intentara contener la tormenta que empezaba a brotar dentro de ella. Cerró los ojos por un momento y, al abrirlos, su voz ya no temblaba de tristeza, sino que comenzaba a teñirse de rabia.
—No puedo hablar de un momento específico —comenzó, con las palabras saliendo a borbotones—. Pero recuerdo que hace unos años Daniel obtuvo un trabajo que significó un gran salto en su carrera. Eso trajo muchas cosas que odiaba.
Su respiración se volvió más pesada mientras continuaba.
—Comenzó a dedicarle todo su tiempo a esa vida. Espacio personal, atención, todo se fue para su trabajo. Cuando le hablaba de mis cosas, de mis historias, me respondía como si no le importara. Solo decía "sí" o "qué bueno", como si yo no existiera.
Su tono se volvió más amargo.
—Recuerdo una vez en particular. Le conté algo muy importante para mí: era mi primera gran nota en prensa. Había trabajado meses para obtener todos los detalles. Y cuando finalmente se lo dije, ¿sabes qué me respondió? "¿Para qué le dedicas tanto esfuerzo a alguien que no hace nada importante?"
El impacto de esas palabras seguía vivo en su mente, como una herida que nunca había sanado. Natalia respiró profundamente, su cuerpo agitado por la mezcla de rabia y arrepentimiento.
—Eso me sobrepasó. Fue como si invalidara todo lo que yo era. Decidí que, si él no iba a valorarme, entonces yo me iba a buscar ese valor en otra parte.
El rostro de Víctor apareció en su mente como un espejismo. Su sonrisa ladina, su tono seductor. Natalia casi podía escuchar su voz en el aire, como si ese día nunca se hubiera ido. Recordó cómo le había llamado ese día, con el corazón latiendo como un tambor.
—¡Víctor! ¿Cómo estás, cariño?
—Natalia. ¿Buscándome en medio de una tarde? Eso es muy raro en ti. Me parece exquisito.
—Quiero hacer algo malo. Muy malo. Algo de lo que deba arrepentirme por siempre.
Natalia revivió las sensaciones de aquel día. Recordó cómo había esperado esos dos días con un deseo insaciable, incapaz de calmarlo con nada. Ni siquiera los encuentros ocasionales con otros hombres lograron aplacar su necesidad.
Cuando llegó el momento, Natalia se vistió con un conjunto que resaltaba cada curva de su cuerpo. Un sostén que apenas contenía su pecho, un calzón que se incrustaba con precisión entre sus labios, y medias con portaligas que acentuaban la firmeza de sus muslos. Se miró en el espejo y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente deseable.
Víctor la recogió temprano, llevándola a un sector periférico de la ciudad. Allí, le pasó una máscara de cuero y le susurró al oído:
—¿Quieres hacer algo malo? Vas a tener que salir a trabajar.
El frío del aire nocturno contrastaba con el calor de su piel. El cuerpo de Natalia respondió antes que su mente. Con la máscara puesta y su lencería a la vista, bajó del auto y caminó por el borde de la carretera. El asfalto estaba desierto, pero los pocos vehículos que pasaban reducían la velocidad, sus luces bañándola con un resplandor casi teatral. Cada mirada que percibía la hacía sentirse observada, deseada, como si su cuerpo hubiera dejado de ser suyo y se convirtiera en un espectáculo.
Un camión se detuvo más adelante, y Natalia se acercó. Subió con la misma seguridad con la que había bajado del auto, aunque su corazón latía frenéticamente. Dentro, los hombres la miraron con una mezcla de sorpresa y expectación. Las palabras sobraban; las miradas lo decían todo.
Cuando llegaron al motel, Natalia sabía que ya no había vuelta atrás. La habitación era pequeña y básica, pero a sus ojos se transformó en el escenario de su entrega total. Los hombres se disputaban cada centímetro de su piel, tocándola con ansias que la hacían sentir viva y, al mismo tiempo, despojada de algo que no sabía definir.
Víctor se acercó a ella mientras uno de los hombres deslizaba sus dedos por su espalda desnuda.
—Eres como un Ámbar —murmuró al oído, mientras sus labios se rozaban con su cuello.
Natalia cerró los ojos, dejando que las sensaciones la consumieran. En cada toque y cada susurro, encontraba una mezcla de placer y vacío, como si su cuerpo estuviera intentando ahogar el dolor que la atormentaba.
Cuando dejó que todos la poseyeran sin barreras, Natalia sintió que había cruzado un límite del que no podía regresar. Cada nueva entrega alimentaba su deseo, pero también profundizaba el vacío que la devoraba desde dentro, como si estuviera entregando lo último que le quedaba.
Natalia volvió al presente con un estremecimiento, su mente regresando al consultorio como quien despierta de una pesadilla. Sus ojos cargados de culpa evitaron los de Néstor, mientras las imágenes aún ardían en su interior.
—¿Natalia? Antes de este hecho, ¿le habías sido infiel? —preguntó él con cuidado.
Ella levantó la mirada, tragando saliva antes de responder.
—Muchas veces.
El silencio que siguió fue pesado, como si las palabras de Natalia aún flotaran en el aire, cargadas de una verdad que ya no podía ignorar.
«Me di cuenta de que no era Daniel, ni Víctor, ni nadie más. Buscaba en otros lo que me negaba a darme a mí misma: aceptación, valor, amor. Pero, incluso en los momentos en que me sentía deseada, el vacío seguía allí, porque venía de dentro. Y no sabía cómo enfrentarlo».
Con esa reflexión, Natalia comprendió que no solo se había encargado de destruir a Daniel desde hacía mucho tiempo, sino que también se había ido destruyendo a sí misma en el proceso. Cada decisión, cada acto de represalia, había sido una herida autoinfligida que ahora la dejaba desnuda frente a su propia realidad.
Pero en medio de esa verdad, un pequeño rayo de claridad surgió: aún tenía una elección. Podía autodestruirse, o podía intentar reconstruirse desde los pedazos rotos.