Fragmentos de lo que fuimos
Natalia sentía cómo volvía de una visión con sangre en las manos y un puñal de tinte simbólico e intangible. Parecía despertar de un estado crepuscular, comprendiendo el daño irreparable que había causado. La culpa la consumía como una inquisición, y ella se veía a sí misma como una hereje ardiendo en la hoguera de sus propios pecados.
El psicólogo interrumpió su ensimismamiento con un tono calmado:
—Gracias. Agradezco la valentía de contarme tu verdad. La sesión ya está llegando a su término, y quiero cerrar con algunas cosas.
Natalia, frígida por el dolor, con los ojos enrojecidos por el llanto, asintió levemente mientras lo escuchaba.
—Hay muchas aristas que debemos abordar. Tu conducta no solo ha sido negativa hacia Daniel, sino también hacia ti misma. Contrario a lo que suele pensarse, yo no creo que el problema esté en la infidelidad en sí. Aquí hay un factor dual: una constante búsqueda del placer y un autocastigo. ¿Consideras que es así?
Natalia respiró hondo antes de responder.
—... Sí. Siento un llamado muy fuerte a disfrutar. Luego, busco arrebatarme las cosas que más atesoro. Es como si hubiera esperado que Daniel lo descubriese hace mucho tiempo. Que supiera que soy una inconsciente... puta. Como él me llamó.
Néstor sostuvo su mirada con comprensión.
—Natalia, lo que te voy a pedir que hagas de ahora en adelante es lo más difícil para mis pacientes. Yo creo que nunca lo logran perfectamente, pero reducirlo les ayuda mucho. Intenta no juzgarte. En contraste, te pido que medites y cuestiones por qué tienes esas conductas. No vas a sanar de la noche a la mañana, ni en tres meses. Esto puede tardar mucho tiempo. Para eso necesitas conocerte.
Natalia asintió, sintiendo una extraña gratitud. Era una sensación inusual, casi desconocida para ella fuera del contexto de un encuentro íntimo.
—Bien. Última cosa para la próxima sesión: responde a esta pregunta. ¿Por qué quieres volver con Daniel? Piénsalo.
Natalia agradeció con una pequeña reverencia, estrechando la mano de Néstor con humildad. Salió de la consulta con un aire de miseria, pero también con una chispa de intención. Las palabras del terapeuta seguían resonando: "Intenta no juzgarte."
Caminando lentamente hacia la casa de Consuelo, se detuvo a mitad de camino y sacó su celular. Esta vez no para ver si Daniel la había llamado, sino para bloquear los teléfonos de sus amantes. Quería enterrar ese pasado, aunque sabía que borrar sus raíces sería mucho más complicado.
Justo entonces, lo vio. Daniel caminaba por la perpendicular, acercándose a la calle en la que ella estaba. Su corazón dio un vuelco, pero en su estado físico demacrado, Natalia creyó que no estaba preparada para enfrentarlo.
Se escondió. Desde su refugio, lo contempló como siempre había querido: hermoso, como si fuera un ángel en la Tierra. Observó sus pasos, cada pisada frágil como si llevara el peso del mundo. Su corazón se estremeció, pero no se movió. Lo siguió con la mirada hasta que se desvaneció en la niebla matutina.
—Amor, te amo tanto. Deseo que seas muy feliz. Quizás eso significa que... deba estar sin ti.
Lo dejó ir.
Natalia permaneció inmóvil durante varios minutos, mirando al vacío. Las cosas a su alrededor parecían carecer de sentido, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. No sabía qué sentir, pero por primera vez no quiso provocar nada. Solo escuchó el eco de sus propios pensamientos, resonando en la fría soledad de la calle.
Natalia intentó, después de días, retomar sus cosas. Quería responder a la pregunta que el psicólogo le había dejado: ¿Por qué quieres volver con Daniel? Sabía que no era lo apropiado volver a su lado, pero no podía negar cuánto lo deseaba. Las noches se tornaban cada vez más angustiosas, intensificadas por las memorias sórdidas que acechaban su mente.
En una de esas veladas nocturnas en barrios oníricos, Natalia entró a un bar donde en cada rincón habitaba un posible amante: hombres, mujeres, parejas. Intentó ignorarlos, pero la fuerza magnética de sus presencias la atraía como partículas a un imán. De repente, todo se tornó oscuro. Unas manos demoníacas surgieron de las sombras, extendiéndose hacia ella, tratando de absorberla. Natalia sonreía, encontrando una extraña complacencia en aquel caos.
Una figura emergió del fondo, transformándose en un ente de siluetas marcadas, con caderas delicadas y curvas definidas. Se movía hacia ella con una gracia inquietante.
—Así se demuestra el amor. ¿Lo entiendes ahora?
La voz atravesó a Natalia como un susurro envenenado. De repente, sintió como si se estuviera ahogando en un mar profundo. Despertó con un sobresalto, aferrándose a la sábana blanca que la cubría, el único objeto luminoso en el cuadro que contemplaba.
Se desveló, evitando regresar al curso de la pesadilla. Sin encender la luz, dejó que sus pensamientos fluyeran, y uno de ellos la transportó a un tesoro de su memoria.
Estaba cerca de cumplir diecisiete años. Natalia no era la mejor estudiante, pero lograba pasar. Dividía su tiempo entre la escuela y las responsabilidades del hogar, sintiéndose frecuentemente abrumada. Su padre le insistía en que no desistiera.
—Educarte te dará la fuerza para que nadie pueda imponerse sobre ti —le decía.
Aunque no disfrutaba materias como matemática o física, Natalia buscó ayuda. Muchos compañeros se ofrecieron, atraídos por la excusa de acercarse a ella, pero uno de ellos era especial. Daniel.
Él no era el mejor estudiante, pero su inteligencia destacaba en el aula. Mientras los demás lo ignoraban, Natalia veía algo en él: una curiosidad innata y una mirada intensa que la intrigaban.
Un día, después de clases, Natalia se acercó a él. Llevaba su traje escolar y un moño que sujetaba su cabello en una coleta alta. Su perfume, una mezcla floral y dulce, flotaba en el aire.
—¡Daniel! ¡Espera!
Él se giró, y verla fue como mirar a una princesa. Sus ojos se encontraron, y aunque Daniel se sintió encandilado por su belleza, intentó mantenerse tranquilo.
—¡Natalia! ¿Qué pasó?
—Daniel, necesito pedirte un favor gigante. Me está yendo muy mal en el colegio. ¿Me ayudarías?
—¿A estudiar?
—¡Sí! ¿Puedes?
Daniel se rascó la cabeza con nerviosismo.
—¡Claro! Pero ¿por qué yo? No soy el mejor de la clase.
Natalia sonrió, sincera.
—Porque eres dedicado. Me sentiría más segura contigo que con cualquiera de los otros.
Él dejó escapar una risa inocente, mientras Natalia cerraba los ojos con felicidad.
—¿Te veo mañana después del cole?
—¿Vamos a tu casa? —consultó Daniel.
—No... es un poco complicado. ¿Puede ser en la tuya? —preguntó, mirando al suelo mientras jugaba con sus manos.
—¡Sí! ¡Por supuesto! Te espero.
Los dos sonrieron, y en ese instante, algo profundo se formó entre ellos.
En el presente, Natalia, con el recuerdo de la cálida sonrisa de Daniel, sintió una ligera paz que la llevó de nuevo al borde del sueño. Mientras los primeros rayos del sol se asomaban, extendió la mano como si intentara alcanzar la de él. Y se desvaneció en la somnolencia con los pájaros anunciando un nuevo día.
Estuvo un buen momento de la mañana con la sonrisa marcada en sus labios mientras dormía. Se despertó al mediodía. Consuelo había salido a trabajar, y Natalia estaba sola en casa. Se lavó la cara y preparó su desayuno con movimientos lentos, como si el tiempo hubiera perdido sentido.
Mientras masticaba una tostada con mermelada de arándanos, su teléfono sonó. La pantalla mostraba un nombre que había estado esperando desde hace mucho tiempo: Daniel. Su corazón comenzó a latir con fuerza, desacompasado. La respiración se le entrecortó. Con manos temblorosas, pulsó para contestar, como si estuviera entrando en un espacio surrealista. Pero la familiaridad de su voz la devolvió a la realidad.
—¿Aló? ¿Daniel?
—Natalia...
Ella soltó un profundo suspiro, casi un lamento.
—¡Daniel!
—¿Cómo estás? —preguntó él, con un tono tranquilo que la desarmó.
—B... bien —respondió, antes de corregirse—. No. Disculpa. No ha sido así. No he estado bien. Aunque, estoy muy contenta de escucharte.
—¿Te pasó algo?
—Nada especial que no sepas... —Natalia dejó que las palabras flotaran antes de añadir, con voz temblorosa: — Me haces falta.
El silencio que siguió era abismal. Natalia intentó contenerse y bebió un sorbo de té para recuperar fuerzas.
—Discúlpame. No es que haya querido ponerte presión. Lo siento. ¿Has estado bien tú? ¿Cómo van las cosas?
—Van mejor. Estoy conociéndome mejor.
—¿En serio? Eso me alegra mucho. Hay tantas cosas maravillosas que tienes que descubrir de ti mismo.
—Gracias —respondió Daniel con una voz plana que no revelaba nada.
Un silencio incómodo se apoderó de la conversación. Natalia jugaba con su taza, buscando algo que decir.
—Bueno, yo solo quería saber cómo estabas —rompió Daniel finalmente.
—¿Tienes que irte tan pronto? —preguntó Natalia con un nudo en la garganta, anticipando que esta podría ser una de sus últimas comunicaciones.
—No. Natalia, escucha... Me gustaría poder conversar contigo algún día para entender qué es lo que ha pasado. Aunque, me doy cuenta de que todavía no estoy preparado. Aún siento esa agitación en el corazón con tu voz. Esos sentimientos de amor revolotean en mí. No sé si debería estar sintiendo esto.
Las palabras de Daniel la golpearon como una ola que arrastra todo a su paso. Una mezcla de emoción y crudeza se instaló en su pecho, pero intentó no aferrarse demasiado a esa esperanza.
—No te sientas mal —dijo Natalia, con un hilo de voz—. Sé que no tengo ninguna autoridad moral para decirte esto. Pero quiero ser sincera: Yo también tengo esos mismos sentimientos presentes todos los días. Son muy fuertes. A veces prefiero guardar silencio por temor a herirte. Lamento no poder hacer esta conversación más amena.
—Es difícil comprender lo que dices. Todavía hay una parte de mí que pone en duda todo lo que me dices. Pero, si estás siendo sincera, agradezco que lo seas —respondió Daniel, con un suspiro que atravesó el teléfono como un eco.
—Entiendo la desconfianza que existe en ti. Es razonable —dijo Natalia. Su tono era sereno, pero sus manos temblaban. —Sobre conversar algún día, créeme que también quiero hacerlo. Mis impulsos me llevarían nuevamente hacia ti, corriendo como aquella última noche para encontrarme con tu mirada dulce. Iría y dejaría todo atrás. Sin embargo, yo tampoco me siento preparada aún. Quiero lo mejor para ti.
Daniel interrumpió abruptamente, con un tono más fuerte:
—Natalia... ¿¿por qué lo hiciste??
El ataque de rabia fue breve, pero potente. Inmediatamente, reformuló la pregunta.
—No. Olvida eso. La pregunta debiese ser: ¿Por qué fracasamos? En la noche podríamos estar en cama, abrazándonos, bailando con algunas canciones. Haríamos el amor, intensamente como esa noche. Te deseo. Deseo a esa Natalia de la que me enamoré.
Natalia sintió cómo su pecho se contraía. Se llevó una mano al corazón, apretándolo, como si quisiera calmar el dolor. Su voz se quebró al responder.
—No sé, amor —dijo entre sollozos que se hicieron más intensos hasta convertirse en un llanto profundo que llenó el silencio del teléfono.
—Lo siento. Debí ser más paciente.
Natalia, hundida en su descontrol, no pudo responderle de inmediato.
—Natalia...
—Si tan solo pudiésemos reiniciar todo, esta sería una relación maravillosa. Te haría el hombre más feliz de la Tierra, me dedicaría a hacerte sentir el más amado, y yo me dedicaría a amarme completamente. Lo siento por haberme desviado del camino.
Daniel quedó sin respiración. Era lo que siempre había esperado escuchar. Por un instante, cerró los ojos y se permitió imaginar los campos Elíseos junto a ella.
Ambos tuvieron el mismo recuerdo en ese momento: el primer beso que compartieron en su juventud.
Estaban en casa de él, sus padres habían salido. Natalia lo fue a visitar. Entonces, aprovechó de dar una noticia muy importante: —¡Daniel! ¿A qué no adivinas?
—¿Qué cosa?
—¡¡Pasé todas las asignaturas!!—. Saltó de emoción. —Y, ¡¡todo gracias a ti!!
Lo abrazó fuerte. Muy fuerte. Daniel sintió algo diferente. Para él, quién no era muy carismático no fue un simple abrazo. Natalia no quería soltarse. Y levantó su mirada sin soltarlo.
—¡Q... qué bueno!— Daniel se sonrojó intensamente.
Natalia se quedó ahí sin decirle nada. Entonces, miró sus labios de una manera que contrastaba con todo lo que había hecho. Lo volvía a encontrar con sus ojos que estaban intentando descifrar la situación.
—¿Sabes? Ahora que el acuerdo terminó, ya no tengo una excusa natural para verte.
Eso rompió la gélida actitud de Daniel, la que intentaba mantenerse correcto ante ella.
—¿Sabes otra cosa? Me gustas. Me gustas mucho. Te encuentro tan lindo. Tan bello. Me haces sentir mujer.
—Natalia... yo...
—¿Me dejas?
Entonces, ella se inclinó suavemente hacia él e intentó absorber toda su respiración. Luego, involuntariamente, las manos de él se acercaron a su cintura y la sostuvieron. La plenitud se depositó en sus cuerpos. Con una detención casi infinita, sus labios se encontraron por primera vez.
Fue esplendoroso. Al principio, ambos con un nerviosismo nativo propio de los jóvenes que empezó a relajarse en el instante que hallaron en el otro una recepción pura. La sensación cándida empezó esparcirse tal como si el Sol se hubiera devuelto desde el anochecer a iluminar nuevamente el día que estaba terminando.
Sus manos empezaron a recorrerse de manera más íntima y suave. Explorando por primera vez el paraíso. Los dedos de Daniel que se trasladaron de la cintura a la cara y de la cara al cuello, descendieron. Natalia los llevó en una especie de gesto de ternura hacia su corazón. Daniel pudo sentir su seno ardiendo de pasión. Nunca había tocado uno. Su inexperiencia lo llevó a acariciarlo lenta y aleatoriamente.
Esa ternura, despertó un sentimiento hermoso en Natalia. No supo denominarlo en ese momento. Lo disfrutó al máximo. Ella recorrió su espalda por sobre el chaleco escolar de Daniel y lo rodeó por delante. Tocó su pecho. También ella quiso palpar los latidos que se acrecentaban con más fuerza. Quiso ir más allá. Entender qué es lo que le provocaba. Se presionó hacia él y sintió esa forma que nunca se mostró hasta ese momento. Comprendió que era una forma de deseo mezclada con eso: Amor.
Natalia y Daniel dejaron que el momento culminara de una forma dulce. Continuaron en ese beso francés que los hizo jugar con las formas de sus labios, la humedad de la boca y la unión de sus manos. Quedaron aferrados.
Cuando terminaron esas dos miradas coquetas y juveniles se volvieron a encontrar, asumiendo el mensaje que se transmitía entre líneas.
Ambos enamorados volvieron al presente y se encontraron rodeados de una maraña caótica. Las hierbas alrededor parecían estar atrapadas en un entrelazado oscuro, como si no pudieran encontrar el camino hacia la luz. El musgo, espeso y húmedo, cubría cada superficie, recordándoles cuánto se había extendido la sombra sobre terreno fértil.
Aunque la maraña parecía inamovible, había algo en la forma en que las ramas intentaban abrirse paso hacia el cielo. Era un recordatorio silencioso de que siempre quedaba espacio para un pequeño destello.
—¡Te amo! Te sigo amando —exclamó Daniel, con lágrimas en los ojos.
Natalia apretó su pecho, queriendo absorber esas palabras.
—Daniel... Yo también. También te amo... pero no quiero hacerte daño.
—Natalia... necesito pensar las cosas.
—Gracias por esta llamada. Esperaré todo el tiempo que necesites.
—Cuídate, por favor.
—Tú también... cuídate.
La llamada terminó, dejando un eco silencioso que se extendió por la habitación como una sombra. Natalia se quedó mirando el teléfono en su mano, incapaz de soltarlo. Había esperado tanto tiempo oír su voz, y ahora que lo había hecho, el vacío en su pecho parecía más grande que nunca.
«Lo sigo amando. Lo amo tanto que duele.»
Su mirada se perdió en la ventana, donde la luz del mediodía apenas se filtraba a través de las cortinas. Podía ver su reflejo, pero no se reconocía en él. Era una mujer rota, fragmentada, que apenas podía sostener el peso de su propio corazón.
Llevó una mano a su pecho, cerrándola sobre la tela de su blusa, como si intentara contener algo que estaba a punto de derramarse. Las palabras de Daniel seguían resonando en su mente: «Todavía siento amor por ti».