Entre el perdón y la culpa
Al día siguiente, Daniel tuvo enormes problemas para despertar. La llamada de Natalia había sido como una tormenta que agitó todo en su interior. Sus palabras se habían quedado grabadas en él, resonando durante horas en la penumbra de la noche. Admitía, con una mezcla de emoción y dolor, que la seguía amando con locura.
Sin embargo, algo había cambiado. Su ser interior se había fortalecido en los últimos días, gracias a las sesiones terapéuticas y, sobre todo, a su propia fuerza de voluntad. Esta nueva perspectiva lo llevaba a cuestionarse si volver con Natalia era lo correcto. Se debatía entre la mente, que le pedía cautela, y el corazón, que aún latía por ella.
El reloj marcaba una hora tardía, demasiado tarde para llegar puntualmente al trabajo. Sin mucho tiempo para reflexionar, decidió aferrarse a su rutina diaria: ejercitarse en el parque.
Daniel se sorprendió de su propio progreso. Cada paso era firme, constante. Atravesó el parque sintiendo el ritmo perfecto de su respiración y el aire fresco llenando sus pulmones. Cada gota de sudor que corría por su piel parecía liberar una parte de la tensión acumulada desde la noche anterior.
De vuelta en casa, se dejó envolver por el agua tibia de la ducha. Las gotas resbalaban por su cuerpo como pequeñas manos que lo acariciaban, explorándolo. Su reflejo en el espejo empañado mostraba a un hombre más fuerte, más seguro de sí mismo. Había algo en esa llamada que, a pesar de todo, le había devuelto algo de confianza.
Cerró los ojos mientras el agua seguía cayendo, y entonces Natalia apareció en su mente. Su cabello rojizo caía sobre sus hombros, moviéndose como una cascada. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad que lo atravesaba. Fue como si su imagen cobrara vida frente a él, con esa misma energía que lo había consumido tantas veces.
Instintivamente, su mano bajó hasta su fruto, envolviéndolo con una firmeza que imitaba la sensación de ella. Sus movimientos fueron deliberados, calculados. Cada curva de su imaginación recreaba la cercanía de su cuerpo, el calor de sus pechos presionados contra su piel, la suavidad que lo abrazaba con una intensidad inconfundible.
Mientras su mente seguía construyendo esa ilusión, su mano se movió con un ritmo ondulante, imitando el abrazo profundo que tanto extrañaba. El agua que corría por su piel parecía transformarse en el calor interior de Natalia, envolviéndolo completamente.
Daniel aceleró, cada segundo acercándose más al clímax. Finalmente, su cuerpo se tensó y se liberó, acompañado por la imagen de esos ojos verdes que lo miraban con una intensidad casi insoportable.
Se quedó un momento bajo la ducha, permitiendo que el agua se llevara todo. Después, salió rápidamente, aún con el cuerpo vibrando por la intensidad del momento.
Posteriormente, se vistió con prisa y salió al mundo exterior, llevando consigo el peso de un amor que no podía olvidar.
A unos minutos de su oficina, Daniel decidió hacer una llamada:
—¿Hola?
—Conté 156 árboles en el parque.
—¡Jajaja! ¿Daniel? —. Era Gabriel, quién soltó una risotada por el teléfono. —¡No puedo creer que me hayas seguido el juego! En fin, creo que te debo la junta en el restaurante. Yo invito. ¿Cuándo puedes?
Daniel que lo siguió en la carcajada le contesto: —¿Miércoles en la noche?
—Perfecto. Miércoles a las 10 pm en “Confesiones”.
—Sí. Conozco ese pub. Frente a la plaza. Nos vemos allí.
Daniel cortó y se estacionó. Corrió. Venía a un minuto tarde. Cuando se sentó en su puesto y leyó los primeros correos, percibió la inercia del movimiento que lo trasladaba hacia otros pensamientos. Natalia seguía muy latente.
Poco pudo concentrarse mientras la hora del reloj avanzaba más rápido que su pensamiento. Entonces, anotó lo que más le afectaba en un papel de notas: “¿Qué cosas pudieron llevarla a hacer [eso]?”. Marcó la última palabra entre corchetes para que nadie supiera a qué se refería.
Retomó su jornada y la terminó. No fue una de las más excelentes, pero salió adelante con lo crucial. Luego, tomó el camino a casa como es habitual.
Cuando estacionó el vehículo colocó una pregunta en mente: “¿Qué fue lo que salió mal en la relación?”. Haber responsabilizado a Natalia por la infidelidad era una respuesta incompleta a ese cuestionamiento.
En consecuencia, Daniel examinó la casa como si fuese un turista cultural, apreciando cada espacio como si fuese un hito con rastros de historia. Daniel vio el patio de entrada, la fachada de la casa con sus grandes ventanales y los árboles que cubrían el techo.
Cuando estaba por girar la manilla de la puerta escuchó unos tacos de mujer que él reconocía perfectamente en uno de sus recuerdos: Era Natalia que venía saliendo apresurada.
—¡Daniel! ¡Por favor, apúrate que voy a llegar atrasada! —. Se escuchaban los tacos cada vez más agitados, dejando la resonancia de nerviosismo en el aire.
—¿Para qué te preocupas tanto? Te van a recibir igual.
—¡Por favor, Daniel! No empieces con esto ahora.
—Es una titulación solamente. Le das tanta importancia.
Natalia se dio vuelta exhibiendo una enorme rabia en sus ojos que causó terror en el corazón apático de su marido.
—¡Mejor cállate! Si mi padre estuviera vivo, te podría haber evitado la molestia. Pero, eres lo único importante que me queda.
Vio que Natalia comenzó a llorar progresivamente y de manera silenciosa. La combinación lo congeló cuando su mujer necesitaba todo lo contrario. Reflexionó su infantilidad y falta de empatía ante una mujer que lo apreciaba con todo su corazón.
—Natalia, perdón. Fui muy tonto.
—Ya no tiene caso. Me arruinaste este día que se suponía que debía ser hermoso—. Dijo, colérica, y le ordenó: —Maneja rápido mientras me arreglo el maquillaje.
El azote con fuerza de la puerta del copiloto retumbó en Daniel, que lo trajo nuevamente al presente.
Daniel, afligido en el pecho, entró a la casa. Los hilos de sus pensamientos empezaron a reconstruirse de a poco, como si intentaran darle sentido al caos. La culpa lo llevó a mirar su celular una vez más. Abrió la galería y vio las fotos de Natalia. Alimentó una esperanza insana.
«Te amo».
Le escribió un mensaje, pero tan pronto lo envió, el arrepentimiento se apoderó de él. Lo asumió como un acto de debilidad.
Al otro lado, Natalia sintió cómo las ilusiones florecían de manera incontrolable. Pero su miedo seguía tan latente como su amor. Contestó antes de que Daniel pudiera borrar el mensaje:
«Te amo».
Daniel vio cómo Natalia comenzaba a escribir de nuevo. Se demoraba, probablemente eligiendo cada palabra con cuidado.
«Te agradezco todo lo que haces e intentas. Sé que es duro para ti. Eres un gran hombre.
Te pido muchas disculpas. No estoy preparada para ti. Hay muchas cosas que debo entender de mi misma para poder hablar contigo.
Espero puedas darme la oportunidad de explicarme».
Las palabras de Natalia, aunque dilataban aún más el tiempo, lograron apaciguar a Daniel. Aceptó que, al menos, ella merecía la oportunidad de expresarse. Después de todo, llevaban casi 11 años compartiendo la vida.
«Gracias. Te lo agradezco. Intentaré ser paciente».
Natalia respondió con gratitud, y ambos dejaron la conversación ahí, respetando los espacios del otro.
En los dos días que siguieron, Daniel reflexionó más profundamente sobre su relación. Su furia había cedido lugar a una tristeza que parecía más natural, como parte de un duelo inevitable. Cuando llegó, se dejó caer en el sofá y cerró los ojos, intentando poner en orden sus pensamientos.
En ese momento, vio un pequeño álbum de fotos en la mesa de centro. Era uno que Natalia solía hojear de vez en cuando. La portada, sencilla y gastada por el tiempo, tenía un título escrito a mano: "Nuestros primeros años."
Con cierta vacilación, lo abrió. Las primeras páginas estaban llenas de imágenes de sus primeras salidas juntos: Natalia con un vestido sencillo y una sonrisa brillante, y él con un peinado que ahora le parecía ridículo. En cada foto, se veían felices, como si no existiera nada más en el mundo que ellos dos.
Una en particular lo detuvo: era de su primer viaje juntos. Estaban en un pequeño muelle, con el cielo al atardecer detrás de ellos. Natalia lo abrazaba por los hombros, mientras él sostenía la cámara con una mano para tomar la selfie. Ambos se veían jóvenes, inocentes, ajenos a todo lo que vendría después.
«¿Cómo llegamos aquí?» pensó, mientras pasaba un dedo por el borde de la foto.
Ese recuerdo le trajo una mezcla de calidez y dolor. Quería recuperar a la Natalia de esa foto, pero sabía que ambos habían cambiado demasiado. Cerró el álbum con cuidado y lo dejó en su lugar, como si temiera perturbar algo frágil.
La noche de su encuentro con Gabriel llegó. Daniel llegó puntual al pub “Confesiones”. Era un lugar íntimo, con una barra larga, lámparas que proyectaban luz cálida y el ruido constante de conversaciones, risas y vasos chocando.
Gabriel llegó poco después, con su usual energía desenfadada. Ambos se estrecharon la mano y comenzaron con conversaciones ligeras, poniéndose al día. Pasados quince minutos, Gabriel decidió ir al grano.
—¿Cómo va todo? —preguntó con un gesto que descartaba cualquier rodeo.
—¿Bien? Volví a hablar con ella.
—¡No te creo! ¿Se encontraron?
—No, no. Solo le escribí. No soporté más. Restablecí la comunicación y le dije lo que sentía.
Gabriel sonrió con una mezcla de sorpresa y diversión.
—¿Y?
—Nada. No nos hemos visto —respondió Daniel, siendo completamente transparente.
—¡Ah, muy bien! Con calma.
—Sí. Me pidió tiempo para pensar bien lo que tiene que decirme. Me dice que se siente arrepentida.
Gabriel asintió, pensativo, antes de cambiar su expresión a una más traviesa.
—¿Te sientes preparado para lo que podría decirte?
—No sé. No estoy seguro —admitió Daniel, encogiéndose de hombros.
Gabriel lo miró con una chispa de picardía en los ojos.
—Imagínate que se ven y te dice: “Daniel, perdóname. Me acosté con 57 hombres”.
El comentario hizo que Daniel casi se atragantara con su trago.
Gabriel soltó una carcajada antes de levantar las manos en señal de paz.
—¡Perdóname! Pero tienes que tomar esto con humor. Pensar en números te hará daño.
—Pero...
—No te vas a poner a jugar “al empate”, ¿verdad? —continuó Gabriel, riendo más fuerte—. ¡Conozco a un tipo cuya mujer lo engañó 84 veces! ¿Imaginas todo el esfuerzo que tiene que hacer noche a noche para alcanzar el marcador?
La risa de Gabriel era tan contagiosa que, a pesar de sí mismo, Daniel terminó riendo. Por un momento, la tensión se disipó.
—Igual debo decirte que la idea de que sea más de uno me da miedo —admitió Daniel finalmente.
—¿Por qué crees que te da miedo? —preguntó Gabriel, ahora más serio.
—Por... porque creo que me asustaría que fuese una conducta repetitiva. Algo que sea inherente a ella más que a nuestra relación.
Gabriel asintió lentamente, con una sonrisa que mezclaba empatía y sinceridad.
—Elementalmente, mi querido Watson. Eso es lo que intento decirte. La situación no depende de ti. Todos somos humanos.
Esas palabras cayeron como un peso sobre los pensamientos de Daniel, quien empezó a contemplar la posibilidad de que Gabriel tuviera razón.
—Puede que se sienta arrepentida de haberte causado daño —continuó Gabriel—, pero también puede que disfrute de hacerlo: acostarse con otro u otros. Humanamente hablando, ¿a quién no le gustaría? Ahora, sé honesto, ¿nunca pensaste en otras chicas mientras estabas con Natalia?
Daniel respiró hondo antes de responder:
—Sí, claro. Aunque solo fueron fantasías.
—Por supuesto. Porque tú respetaste los límites. Tienes un control mental muy fuerte, y eres valiente por estar aquí hablando de esto.
Daniel asintió con una leve sonrisa, agradeciendo el comentario.
—Pero ten claro algo, amigo. Hay diferentes alternativas para ti:
Uno, terminas la relación ahora. Descansas, te recompones y sigues adelante.
Dos, vuelven a intentarlo bajo tus condiciones, trabajando para confiar y aceptar.
Tres, transforman la relación en algo nuevo, con reglas diferentes, tal vez más libres para ambos. Hay muchas formas de amar.
Puede haber más opciones, pero tú decides.
—¿Tú crees que debo perdonarla? —preguntó Daniel, dubitativo.
—Totalmente. En los tres casos—. Gabriel se inclinó hacia él, mirándolo con seriedad, y le clavó el dedo en el pecho. —El perdón no es para ella, es para ti. Lo importante aquí es que TÚ estés bien. Que puedas vivir en paz contigo mismo. No pierdas la oportunidad de aprender de esto, Daniel.
Daniel asintió lentamente, guardando esas palabras en su mente.
—Mmm… no sé si seré capaz. Siempre he tenido problemas con eso.
—¿Sí? —preguntó Gabriel, animándolo a continuar.
—Me acuerdo de que en el colegio Natalia era muy apetecida. Allí fue donde la conocí.
Daniel evocó recuerdos que aún le provocaban un nudo en el estómago.
«Oye Daniel, ¿así que, con Natalia, ah? Buena adquisición. Felicidades.»
«Gracias.»
«En todo caso, no creo que haya sido muy difícil. Aquí casi todos la ‘conocemos muy bien’».
Esas insinuaciones lo habían marcado profundamente, como si fueran sombras que siempre lo acechaban. Aquel comentario había sido lanzado durante una jornada escolar cualquiera, una de tantas en las que Daniel prefería ignorar las habladurías.
Horas más tarde, cuando Natalia pudo estar finalmente a solas con Daniel, se acercó a él con dulzura. Lo abrazó por la espalda, besándolo suavemente en el cuello. Cada gesto suyo era una ofrenda, un intento por entregarle un trozo de amor.
Pero Daniel estaba frío, inmóvil como un témpano.
—¿Qué te pasa, amor?
—Nada —respondió cortante, sin mirarla.
—¿Estás bien, mi cielo?
—¿Así que... ‘todos te conocen bien en el curso’?
El cambio en el tono de Daniel la descolocó. Natalia lo miró confundida.
—¿A qué te refieres con eso?
—Manuel me insinuó que hay varios que estuvieron contigo.
—¡¿Qué?! ¿Y tú le crees?
—No es el primero que me lo dice. Han sido varios. Esto me tiene cansado.
Natalia respiró hondo, tratando de mantener la calma.
—A ver, Daniel. Yo te conté que estuve con dos chicos del curso. ¿Cierto?
—Sí.
—Esa es la verdad. No ha sido nadie más. Después, -tiempo después- me enamoré de ti. Tú lo cambiaste todo para mí. —Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas mientras agitaba la cabeza de un lado a otro—. Nunca necesité nada más. Nunca quise a nadie más.
Hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas, pero lo único que logró fue romperse un poco más.
El orgullo de Daniel lo paralizó. No pudo responder en el momento, y dejó que Natalia se fuera sola.
Se quedó allí, inmóvil, con las palabras de sus compañeros del pasado resonando como un eco, y el peso del presente aplastándolo.
Esa soberbia, que había arraigado en él desde hacía tanto tiempo sin que entendiera su origen, le jugaba una mala pasada una y otra vez, encerrándolo en un ciclo que no sabía cómo romper.
Entonces, Gabriel -quien lo escuchaba fuera de sus recuerdos- rompió su silencio. Lo miró fijamente, como si pudiera ver todo lo que estaba ocurriendo en su interior, y le habló con la misma franqueza que siempre lo había caracterizado.
—Daniel... Esto no se trata de ella. Se trata de ti. De quererte, de creer en ti mismo.
Daniel cerró los ojos, dejando escapar un suspiro largo y profundo. Esas palabras eran tan simples como dolorosas, pero resonaban con una verdad que no podía ignorar.
Comprendió que, en definitiva, tenía una lección importante que aprender. No era solo sobre Natalia, ni sobre lo que había hecho. Era sobre él, su autoestima, y cómo enfrentaría el abismo que se abría ante él.