Noche de Confesiones
Gabriel aguardaba pacientemente la reacción de Daniel, observando cómo las ideas revoloteaban en su mente. Finalmente, Daniel se atrevió a hablar:
—Sí... es muy complejo sentirse querido. Sobre todo, cuando has pasado por algo tan fuerte como una infidelidad.
Gabriel asintió mientras servía un trago.
—Absolutamente. Pero siempre hay una forma de salir de eso. Mira, a los hombres nos meten esta tontera de que mientras más loca esté por ti una mujer o mientras más sometida a ti sea, mejor. Pero es pura basura.
Daniel frunció ligeramente el ceño, reflexionando.
—Cierto. Mi padre fue así con mi madre.
Gabriel levantó la mirada, intrigado.
—¿Y qué te pareció?
—Injusto para ella. Vivía rabiosa con él. Mi padre era demasiado estricto. Nunca le permitió hacer nada por sí misma.
Gabriel sonrió, inclinándose hacia adelante como quien está a punto de revelar un gran secreto.
—¿Sabes lo irónico? Ese control es como ponerse un ancla en el pie. Es el peor amarre para uno mismo. Si en lugar de eso nos enseñaran a ser más libres, podríamos disfrutar de alguien diferente cada noche, sin dramas.
Hizo un gesto hacia las personas que pasaban por el lugar, sus ojos brillando con una mezcla de admiración y deseo. Daniel soltó una risa tímida. La idea de ese estilo de vida le parecía tan ajena, como si estuviera escuchando una historia de ciencia ficción.
—Entonces... ¿hoy tú y tu mujer tienen una relación abierta?
Gabriel bebió un sorbo antes de asentir.
—Exacto. Ella es mi compañera de vida. La amo. Pero también quiero probar cosas nuevas. Lo único que respetamos son dos reglas: no dañar al otro y preservar nuestra vida en matrimonio.
—¿Cómo funciona eso?
—Bueno, nos cuidamos en caso de enfermedad, pagamos las cuentas juntos, tenemos proyectos como comprar una casa... Lo básico que hacen dos compañeros de vida. Lo único que cambia es nuestra vida sexual.
—¿Y la amorosa?
Gabriel sonrió con cierta picardía.
—Puede que sí. A veces me siento enamorado de otras personas. Y ella también.
Daniel no pudo evitar quedarse boquiabierto. Todo lo que escuchaba le parecía surrealista. Su mente chocaba con sus propios valores, pero intentó no juzgarlo.
—¿Cómo te iniciaste en esto?
Gabriel rio suavemente, como si recordara algo lejano.
—Me iniciaron. Todo empezó esa “romántica” noche en la que encontré a mi mujer. Estaba con dos.
—¡¿Qué?!
—¡Tranquilo! Ya lo superé —dijo entre risas—. De hecho, ahora es una de mis escenas favoritas cuando me masturbo.
Daniel no pudo contenerse más y explotó en carcajadas.
—¿Qué dices, hombre?
Gabriel se unió a la risa, encogiéndose de hombros.
—Pues, si no me lo tomara así, estaría lloriqueando por los rincones.
—¡Jajaja! Claro, pero... ¿cómo lo haces? ¿Cómo llegaste a esto?
Gabriel se acomodó en su asiento y suspiró.
—Trabajo sobre mi fortaleza mental. Reformulo mis memorias. Esa es mi clave: convertir los momentos dolorosos en experiencias positivas. Y créeme, ahora me va muy bien.
Daniel reflexionó sobre eso en silencio por un momento. La idea de reformular el dolor resonaba con él, pero le parecía inalcanzable en ese momento.
—Bueno, cuéntame, ¿qué pasó?
Los ojos de Gabriel se oscurecieron ligeramente mientras volvía a ese momento. Su voz bajó un poco, como si estuviera narrando un secreto.
—Ese día, Camila recibió a dos amigos en casa. Nunca sospeché nada. Pero ella estaba actuando... diferente.
Gabriel describió cómo su esposa, normalmente sencilla, había cambiado por completo esa noche. Sus ojos oscuros parecían más intensos, resaltados por el rímel y un maquillaje cuidadosamente aplicado. Su cabello castaño, con reflejos miel que brillaban bajo la luz, estaba perfectamente peinado, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros.
—Esa noche, parecía otra persona. Llevaba un vestido ajustado que dejaba poco a la imaginación. Me pidió que me quedara cuidando al perro, aunque no tenía nada malo. Era una excusa barata —dijo con un tono ácido, pero resignado.
Mientras Gabriel hablaba, Daniel no podía evitar sentirse atrapado entre la fascinación y el desconcierto. Cada palabra pintaba imágenes tan vívidas que le resultaba difícil no imaginarse en su lugar. Su mente divagó brevemente hacia Natalia y cómo la había visto aquella mañana... La comparación lo estremeció.
—Fue entonces cuando, por pura casualidad, terminé en el mismo pub donde ella estaba. Cuando fui al baño, mi mundo cambió para siempre.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran antes de continuar.
—Allí estaba ella, arrodillada en el suelo, entregándose con una intensidad que Gabriel nunca había visto. Sus dos amigos la rodeaban, y en su rostro había una mezcla de cansancio y placer.
Las palabras de Gabriel seguían acarreando los recuerdos de otra noche en otro lugar y con otra mujer.
—Pero lo más impactante no fue solo verla con ellos. Fue darme cuenta de que lo estaba disfrutando. Y no solo eso: estaban grabándola.
Daniel abrió los ojos, sorprendido.
—¿Grabándola?
Gabriel asintió lentamente.
—Sí. Camila tenía todo un negocio montado. Tenía un OnlyFans. Yo nunca me enteré hasta ese día.
—¿Qué hiciste?
Gabriel dejó escapar una risa amarga.
—Primero, entré en pánico. Luego, me quedé. No sé por qué, pero no pude apartar la mirada. Era como si estuviera viendo una versión de ella que no conocía, y no podía decidir si me aterraba o me fascinaba.
Daniel se llevó las manos a la cabeza, incrédulo.
—Y luego... ¿qué pasó?
Gabriel tomó un sorbo más de su trago antes de continuar, su tono ligeramente más bajo, como si lo que iba a relatar aún lo desconcertara.
—Luego vi que ella... empezó a lamer como si no hubiera un mañana. Pasaba su lengua por cada centímetro frente a ella, como si estuviera en una especie de trance.
Gabriel hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en el aire antes de continuar.
Daniel escuchaba con los ojos muy abiertos, incapaz de interrumpir.
—Camila estaba en su punto máximo, disfrutando no solo del acto, sino de la sensación de ser el centro del mundo. No era solo por sus olores, sus miembros erectos o el calor que la rodeaba... era por el contador. Lo vi en su teléfono: los números seguían subiendo mientras la cámara capturaba cada detalle, mostrando más y más de ella.
Gabriel se detuvo un instante, como si ese recuerdo todavía lo hipnotizara.
—Una tajada de su pezón quedó expuesta, redondo, suave, como si estuviera diseñado para captar todas las miradas. Fue ahí cuando entendí: esto no era algo improvisado, era todo un show para su audiencia.
Daniel dejó escapar una exclamación apenas contenida:
—¡Dios santo!
Gabriel asintió, compartiendo la incredulidad de su amigo, pero con una resignación que solo alguien que ha procesado tanto podría tener.
—Algunos de los tipos que estaban mirando desde las sombras no resistieron. Se desabrocharon las pretinas y comenzaron a... bueno, a unirse al espectáculo, aunque fuera desde lejos. Fue entonces cuando Camila, sintiéndose en completo control, decidió llevar las cosas al siguiente nivel.
Su mirada se perdió por un momento, y cuando volvió a hablar, su tono era más contenido.
—Ella salió del baño. Quería más espacio, más protagonismo. Y ahí fue cuando me vio.
El silencio que siguió fue pesado, como si incluso el aire en el lugar hubiera decidido detenerse.
Daniel se inclinó hacia adelante, completamente absorto.
—¡¿Qué?! ¡No puede ser!
—Sí, me vio parado ahí, en shock. Y lo peor fue que, en lugar de retroceder o disculparse, me sonrió. Se acercó un poco y me dijo: “¡Amor! ¿Qué haces ahí parado?”
Daniel soltó una carcajada nerviosa, incapaz de procesar lo que escuchaba.
—¡Esto es una locura! ¿Qué pasó después?
—No supe qué decir. Mi cuerpo estaba congelado, pero mi mente no paraba. Sentí rabia, celos, incluso algo de miedo. Pero también... también algo que no quería admitir en ese momento. Algo que me hacía quedarme ahí.
Gabriel se recostó en su asiento, claramente disfrutando del impacto que su relato tenía en Daniel.
—Lo que pasó después fue... inesperado. Camila me hizo una propuesta muy oscura. Me dijo: “Ya lo descubriste. ¿Por qué no te sumas? Viene una amiga en camino”.
—¡No! ¡No puedo creerlo! —exclamó Daniel, abriendo las manos como si tratara de detener la historia.
Gabriel sonrió con cierta malicia, pasando los dedos por su mentón.
—Sí, amigo. Lo primero que pensé fue: “¿Una amiga? ¿Quién será? ¿Qué significa esto?”. No te voy a mentir, no acepté de inmediato. Pero... lo reflexioné.
Daniel golpeó la mesa suavemente, incapaz de contenerse.
—¡¿Qué estás diciendo, hombre?!
Gabriel rio ante su reacción, pero su mirada delataba una mezcla de vergüenza y honestidad.
—La oferta era muy atractiva, Daniel. Esos chicos... eran atractivos. Y la idea de una amiga sumándose... eso era mi fantasía. Y luego estaba ella, Camila, ganando dinero con esto, dinero que podría compartir conmigo.
—¡Esto es demasiado! —Daniel negó con la cabeza, completamente desconcertado.
Gabriel tomó aire y continuó:
—Me acerqué a ella. Aproveché que estaba ocupada jugando con ellos. Sentí la mezcla de calores, la intensidad de algo que no me pertenecía, y fue... fue magnífico. Nunca había sentido a un hombre antes, y ese día, mi represión murió.
Daniel lo miraba como si hablara en un idioma desconocido, su mente intentando procesar todo lo que escuchaba.
—Camila, mientras tanto, no se detenía. Usó su truco maestro: se quitó los calzones y se levantó la blusa. Sus pechos, aunque pequeños, parecían hipnotizar a todos los que estaban presentes. Era como una cobra moviéndose, atrapando a sus presas.
Gabriel se inclinó hacia adelante, su tono ahora casi susurrante.
—El ambiente era irreal. Todos se arrollaron alrededor de ella, sus virilidades jugando en círculo con su cuerpo. Y yo estaba ahí, atrapado entre el engaño y el éxtasis.
Daniel se cubrió la cara, como si necesitara protegerse de las imágenes que Gabriel describía.
—Y entonces, ¿qué pasó?
Gabriel hizo una pausa antes de responder.
—Sonó su teléfono. Ella tenía uno de los chicos en la boca y contestó sin siquiera pensarlo. Dijo algo que todavía resuena en mi cabeza: “Cariño, ¿por qué no te apuras? Mi marido está aquí y voy a necesitar tu asistencia”.
Daniel abrió los ojos con incredulidad.
—¡¿Qué?!
—Era ValeFleur, su compañera. Y ahí fue cuando entendí que esto iba en serio.
Daniel, inquieto por la curiosidad que las palabras de Gabriel habían sembrado en él, sacó rápidamente su celular.
—La voy a buscar —dijo mientras comenzaba a teclear en el buscador, sus dedos moviéndose con una mezcla de duda y urgencia.
No le tomó más que unos segundos para hallar un video filtrado.
—¡¿Ella?! —exclamó Daniel, sorprendido por la imagen en movimiento que tenía frente a él.
Era una mujer de figura impactante: 1.57 metros de pura proporción. Su cintura parecía diseñada para ser tomada con un solo brazo, su piel tenía un tono tostado oliva que resaltaba bajo las luces, y su rostro perfectamente maquillado parecía de porcelana. Su cabello alisado caía en cascadas, añadiendo un toque de sofisticación a su belleza.
Gabriel, viendo la reacción de Daniel, asintió con una sonrisa que mezclaba orgullo y resignación.
—¡Ella! —dijo finalmente, haciendo un gesto exagerado como si presentara un manjar exquisito.
—Ahora lo comprendo todo. Ni yo me hubiera arrepentido con esa mujer. ¿Qué pasó cuando llegó? —preguntó Daniel, intentando sonar despreocupado, aunque la fascinación en su voz lo traicionaba.
Gabriel soltó una breve risa antes de continuar:
—Bueno, mientras la esperábamos, yo seguía preguntándome quién demonios era ValeFleur. El nombre no significaba nada para mí, pero la expectativa crecía. Mientras tanto, Camila... bueno, digamos que se aseguró de que nadie se distrajera.
Su tono se volvió más grave, como si cada palabra cargara el peso de la memoria.
—Camila quiso dejar claro, frente a la cámara, que yo seguía siendo su esposo, al menos en ese momento. Me pidió que ocupase mi lugar. Y así lo hice, mientras los otros chicos se turnaban para ocupar los espacios restantes.
Daniel se llevó una mano a la frente, incapaz de procesar el naturalismo del relato. Gabriel continuó con una calma inquietante.
—Lo que sentí en ese momento era... imposible de describir. No había espacio para los celos, ni siquiera para la lógica. Era pura lujuria.
Hizo una pausa, cerrando los ojos mientras revivía el momento.
—El sonido... ese roce húmedo, fue lo primero que me golpeó. No era solo ella. Era todo el ambiente, como si la habitación misma estuviera respirando con nosotros.
Gabriel apretó ligeramente los puños, su voz bajando un poco. Daniel apreció un suave estremecimiento de su compañero.
—Podía verlo claramente. Cómo nuestras carnes se encontraban en un lugar donde las barreras no existían. Era un movimiento lento al principio, como si quisieran percibirse cada segundo. La piel interior de Camila parecía moldearse gracias a ellas, abrazándolas, mientras cada centímetro desaparecía dentro de ella.
Daniel se inclinó hacia adelante, incapaz de apartar la mirada.
—¿Y tú? ¿Qué sentías en ese momento?
Gabriel esbozó una sonrisa amarga, sus ojos brillando con una mezcla de vergüenza y deseo.
—Al principio, no sabía qué sentir. Pero luego... luego lo sentí con mayor sensibilidad. Cada vez que él se movía, podía advertirlo también, como si mi piel y la suya se tocaran. Era una fricción, pero también una conexión, algo que no había experimentado jamás.
—¿Lo disfrutabas?
Cuando Gabriel hizo una pausa, bebiendo un sorbo de su trago, Daniel no pudo evitar mirarlo fijamente. Sus manos, fuertes pero relajadas, descansaban sobre la mesa, y su mandíbula se tensaba ligeramente al hablar de los momentos más crudos. Había algo hipnótico en su presencia, algo que hacía que Daniel se sintiera pequeño y grande al mismo tiempo.
«¿Qué demonios estoy pensando?»
La espera a esa réplica conmocionó los instintos de Daniel, quién tuvo una erección cada vez más fuerte, imaginando compartir ese espacio con el hombre que tenía en frente.
—Fue una maravilla— contestó casi jadeante. —Luego, el ritmo de Camila comenzó a intensificarse, sus movimientos volviéndose más profundos, más seguros. Soltó un gemido que resonó en la habitación, pero antes de que pudiera seguir, el otro chico llenó su boca, silenciándola.
Gabriel tragó saliva, su voz temblando ligeramente mientras continuaba.
—Eso... eso me quitó el aire. No solo a ella, sino a mí también. Era como si cada uno de nosotros estuviera conectado, compartiendo el mismo oxígeno, el mismo momento.
Gabriel profundizó en su reminiscencia y se encontró con la mirada del chico que estaba al frente de él. Fue una conexión inesperada, pero poderosa. Su sonrisa era abierta, descarada, como si reconociera algo en Gabriel que ni siquiera él mismo había admitido.
—Me miró, Daniel. Y no sé por qué, pero no aparté la mirada. Le devolví esa sonrisa.
La mente de Daniel se desvió un tanto de Natalia y migró a esa noche de fantasía con Gabriel bajo la ducha. Inconscientemente, una leve sonrisa coqueta se dibujó en los labios de Daniel. Fue un gesto automático, apenas perceptible, pero Gabriel lo notó. Sus ojos se encontraron brevemente, y en ese instante, Daniel sintió que había quedado completamente expuesto. Desvió la mirada rápidamente, tratando de ocultar el rubor que ahora cubría su rostro.
«Concéntrate, Daniel», se dijo, intentando recuperar la compostura.
Gabriel concentrado en su relato, continuó: —Camila, mientras tanto, seguía perdida en su propio placer, moviéndose con una destreza casi artística. Su cuerpo era como una danza, un equilibrio perfecto entre los dos pilares que la sostenían.
Daniel estaba nervioso pensando en él. Intentaba controlarse, moviéndose incómodamente en la silla para ocultar la evidencia de su provocación.
La anécdota de Gabriel contribuía justamente a lo contrario:
—Era impresionante. Cada vez que ella se movía, sentía como si todos los cuerpos en esa habitación estuvieran conectados. Su piel, su calor, sus movimientos... todo era un reflejo de lo que estábamos compartiendo—. Gabriel intentaba controlarse, pero sudaba de excitación. —Fue en ese momento cuando el chico aprovechó la oportunidad para enviarme un beso aéreo mudo.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Daniel, al borde del colapso emocional.
Gabriel dejó escapar una risa franca.
—Lo respondí. No sé por qué, pero lo hice. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Y créeme, Camila no se dio cuenta, pero él sí.
Se le vino otro detalle: El chico tomó la mano de Gabriel, sus dedos se deslizaron por su piel con una suavidad que lo sorprendió. Era un gesto cargado de complicidad, una señal silenciosa de que ambos compartían más de lo que ninguno había planeado.
Camila, ajena a todo, manteniendo sus ojos bien cerrados, tomó la mano libre de Gabriel y la llevó a su pecho.
—Intentaba retomar el control, como si quisiera recordarme que todavía era su marido. Pero no lo sentía así. Ya no.
La intensidad aumentó cuando Camila, con movimientos calculados, embestía hacia ambos con una destreza casi artística.
Cada impacto parecía tener un propósito, una intención de marcar su territorio y al mismo tiempo compartirlo. El cuerpo de Camila actuaba un conducto que conectara a todos en esa habitación mediante un circuito perfecto.
—Ambos nos pegamos a ella, chocando con su pelvis y sus glúteos, siguiendo un ritmo casi coreografiado.
Hizo un gesto con las manos, describiendo los movimientos.
Daniel se sintió húmedo en la punta de su hombría y tragó saliva al imaginarse él ese movimiento. Intentó controlarse, mantener la calma y respiró hondo para ponerse más serio ante el quiebre que rondaba en su cabeza.
Gabriel tomó un sorbo de su trago, buscando las palabras adecuadas. Pero antes de que pudiera continuar, Daniel lo interrumpió:
—Gabriel, yo sé que todo esto es impresionante, y discúlpame por interrumpir... pero ¿no te sentiste mal? ¿Vulnerado? Al fin y al cabo, era tu esposa.
La expresión tranquila de Gabriel se desvaneció ligeramente. Daniel notó cómo el pie de su amigo comenzó a moverse bajo la mesa, y sus manos, que antes descansaban relajadas, ahora se apretaban entre sí.
—Fue... complejo —dijo finalmente, con un tono más bajo—. En ese momento, con la calentura del momento, no quise asimilarlo.
Daniel asintió lentamente, sus propios pensamientos volviendo a la mañana en que descubrió la infidelidad de Natalia. Era imposible no verse reflejado en las palabras de Gabriel.
—¿No sentiste dolor? —preguntó, su voz quebrándose ligeramente.
Gabriel dejó escapar un suspiro profundo, como si la pregunta le pesara más de lo que esperaba.
—Creo que sí. Pero lo camuflé. Mi actitud fue un tanto... masoquista.
El comentario dejó a Daniel inmóvil, mirando fijamente a la mesa. Sentía que las palabras de Gabriel resonaban directamente con su propio dolor, como si describieran exactamente lo que él mismo había sentido.
—A mí me sucedió lo mismo —admitió, su voz apenas audible.
Gabriel pausó su relato con una risa ligera, pero sus ojos buscaron los de Daniel, como esperando algo más que palabras.
Daniel desvió la mirada, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Había algo en la calma de Gabriel que lo desconcertaba... y le resultaba extrañamente magnética.
—¿Todo bien? —preguntó Gabriel, inclinándose hacia él con curiosidad.
—Sí... es mucho que asimilar —respondió Daniel, esquivando su mirada.
El peso del silencio que siguió empujó a Daniel hacia sus propios pensamientos, más profundo de lo que esperaba.
—¿Por qué crees que nos hicimos eso? —preguntó, dejando que las palabras flotaran entre ellos.
Daniel tardó en responder. Sus pensamientos parecían atrapados en un laberinto, buscando una salida que tal vez no existía. Finalmente, alzó la mirada, encontrando los ojos de Gabriel.
—No... no lo sé.
El silencio que siguió fue denso, casi palpable. El ruido del bar se desvaneció, dejando a ambos hombres atrapados en una burbuja de introspección.
Daniel respiró hondo y trató de encontrar algo, cualquier cosa, que pudiera dar sentido a lo que ambos sentían.
—Yo creo que es el miedo al abandono. El miedo a estar solos —dijo finalmente, sus palabras cargadas de una honestidad que le costaba admitir incluso a sí mismo.
Gabriel asintió lentamente, procesando las palabras de Daniel como si fueran una revelación inesperada. Cerró los ojos un momento, dejando escapar un leve suspiro.
—Puede ser. Tal vez nos castigamos antes de que alguien más lo haga —respondió, su voz un susurro cargado de pesar.
Ambos hombres se quedaron en silencio por un instante. Y entonces, casi como un reflejo, se miraron y dejaron escapar una breve sonrisa, tenue pero sincera. No era una sonrisa de alegría, sino de comprensión. De saber que, en ese momento, no estaban solos en el peso que cargaban.
Esa pausa, ese pequeño gesto, fue suficiente para acompañarse. Aunque sus heridas seguían abiertas, el simple hecho de compartirlas los hizo sentir un poco más ligeros.
—Puede ser. Tal vez nos castigamos antes de que alguien más lo haga —añadió Gabriel, su voz apenas un susurro.
Ambos hombres se quedaron en silencio por un instante. Y entonces, casi como un reflejo, se miraron y dejaron escapar una breve sonrisa, tenue pero sincera. No era una sonrisa de alegría, sino de comprensión. De saber que, en ese momento, no estaban solos en el peso que cargaban.
Esa pausa, ese pequeño gesto, fue suficiente para acompañarse. Aunque sus heridas seguían abiertas, el simple hecho de compartirlas los hizo sentir un poco más ligeros.