Entre Amores y Abismos

Dos caminos hacia el perdón

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
Espacio opcional para una imagen de capítulo.

Dos caminos hacia el perdón

Los ánimos habían decaído en esa noche de confesiones y reflexiones. Gabriel, incómodo con la sombra de tristeza que se cernía sobre ellos, decidió romper la atmósfera con su entusiasmo característico.

—Bueno, basta de revolcarnos en lo que duele. Merecemos algo mejor que esto —declaró, levantando su trago en señal de cambio.

—Tienes razón —asintió Daniel, agradeciendo el cambio de tono.

Gabriel sonrió y tomó aire, listo para continuar su relato.

—Lo mejor viene ahora: después de un rato, finalmente llegó ValeFleur. Te juro, Daniel, que nunca había visto algo igual. Usaba un conjunto de encaje que parecía hecho para un altar, resaltando cada centímetro de su figura como si fuera arte. Su cuerpo... era el resultado de años de trabajo en el gimnasio. Pechos perfectos, completamente naturales, y una seguridad que se notaba en cada paso que daba.

Daniel escuchaba absorto, incapaz de interrumpir mientras Gabriel continuaba.

—Camila, con esa naturalidad que tiene para todo, me dijo: “Amor, ¿por qué no tratas bien a mi marido? Prometo no enojarme.”

La sugerencia, hecha con tanta comodidad, dejó a Gabriel descolocado por un segundo. Pero antes de que pudiera procesarlo, ValeFleur ya estaba a cargo. Lo retiró del lado de Camila con un control total de la situación. No lo trató con delicadeza; no era su objetivo principal. Su mirada estaba fija en la cámara. Era un acto pornográfico, y ella sabía exactamente cómo manejarlo.

La escena cambió de golpe cuando un equipo de luces y cámaras entró al lugar. Los escenógrafos ajustaron la iluminación, creando un ambiente cinematográfico. Gabriel, ahora en el centro de algo mucho más grande que él mismo, trató de adaptarse.

ValeFleur era impresionante. Me besó y dejó que sus senos, tan perfectos que parecían esculpidos, estuvieran justo frente a mí. No era una desesperada; se movía con una precisión medida, casi coreográfica. Yo... bueno, hice lo mejor que pude —Gabriel río con cierta vergüenza—. Le besé el cuello, acaricié sus piernas. Quise destacar, ¿sabes? Que no me vieran como un cualquiera.

Daniel lo miraba incrédulo, mientras Gabriel continuaba describiendo la escena. ValeFleur jugaba con la cámara, posicionándose para cada toma. Sus gemidos, aunque ensayados, mantenían la atención de todos, incluido el creciente número de espectadores en línea. El contador de visualizaciones subía con una velocidad vertiginosa.

—Camila, mientras tanto, se había transformado en un torbellino. Besaba y tocaba a ValeFleur frente a la cámara, intercambiando gestos íntimos que eran un espectáculo por sí mismos. “¡Dame duro, cariño!”, fue lo único que me dijo antes de voltear a verme directamente. Fue la primera vez en todo el caos que sentí que me hablaba a mí y no al espectáculo.

Gabriel se detuvo un momento, como si reviviera el instante. Daniel seguía mirándolo, atrapado entre la incredulidad y el impacto.

—Lo admito, me sentí... completamente embriagado por todo. Estar con una mujer como ValeFleur, ver a Camila tan desinhibida... Era demasiado. Y justo cuando estaba a punto de perder el control, ValeFleur me miró y dijo: “Córrete encima de mí.”

—¡¿Qué?! —Daniel casi derramó su trago, completamente absorto.

—Sí, amigo. No tuve más remedio. Salí rápido de ella antes de que fuera demasiado tarde. Y ahí estaba yo, jalándome como si mi vida dependiera de ello, con una audiencia en vivo que ni siquiera sabía que existía.

Gabriel dejó escapar una risa nerviosa antes de continuar.

—Cuando terminé, fue como si mi cuerpo hubiera explotado. El primer chorro fue directo a su boca. Ella estaba lista, con la lengua afuera, como si estuviera preparada para todo. Y, claro, lo jugó para la cámara. Se tragó todo como si fuera un manjar y dejó que el resto cayera sobre su cuerpo, como si fuera una pintura de guerra. Era tan exagerado que me hubiera reído si no estuviera tan agotado.

Gabriel decidió romper la pausa emocional que ambos compartían, llevando la conversación a un tono más ligero.
—Al menos lo probó.
—¡Sí! Fui una estrella del porno: Gabriel – “El hombre penón”.
Daniel explotó en una carcajada tan fuerte que tuvo que sujetarse el abdomen por el dolor. Las personas del local comenzaron a voltear, curiosas por el espectáculo de risas. Gabriel lo miraba con una sonrisa triunfante.

—Sí que te tienes mucha fe —comentó Daniel, secándose una lágrima provocada por la risa.
—Me tengo que amar, ¿no?

La simpleza de esas palabras resonó profundamente en Daniel. Tras la risa, quedó un eco que vibraba con una verdad universal: el primer paso hacia la restauración personal es aprender a amarse.

—Gracias por tu historia, Gabriel. A propósito, ¿cómo siguen las cosas hoy en día con tu mujer?
—Bueno, hoy nos “expandimos”. Nos “consolidamos” como pareja abierta —respondió Gabriel, haciendo un gesto con las manos como si construyera algo tangible en la mesa frente a ellos.

—¿Expandimos? ¿Hacia dónde?
Gabriel hizo un gesto de silencio, inclinándose hacia Daniel.
—Tenemos un club privado. Es un club sexual, altamente exclusivo.

Le mostró una tarjeta de presentación negra con un símbolo discreto y un QR. Luego, desbloqueó su móvil y le mostró algunas imágenes del club. Daniel no pudo evitar quedarse boquiabierto.

—¿Eres un líder de una sociedad secreta? —preguntó, susurrando, aunque la sorpresa era evidente en su tono.
Gabriel explotó de risa con ganas.
—¡Jajaja! Eso sería un halago. Pero no, esto es más bien un emprendimiento. Algo que surgió a raíz de las “externalidades” que dejó mi esposa. Quise tener algo mío.

Gabriel lo relataba con una mezcla de orgullo y naturalidad.

—Entonces, ¿siempre tuviste esta actitud positiva frente a lo que sufriste? —preguntó Daniel, genuinamente intrigado.
—No, para nada. Fue un proceso difícil. Pero siempre he tenido esa filosofía de encontrar lo positivo incluso en la mierda. Una mezcla entre pizcas de hedonismo y estoicismo.

Daniel frunció el ceño, reflexionando sobre lo que acababa de escuchar.
—¿Estás aceptando este modo de vida porque te gusta o porque crees que es la única forma de salvar la relación?

Gabriel se detuvo. La pregunta pareció llegarle más profundo de lo que esperaba.
—¿Siempre haces estas preguntas tan filosóficas? —preguntó, intentando aligerar el momento.
—Perdón si te incomodé.
—No, está bien —respondió Gabriel tras un breve sorbo de su trago—. Es solo que nunca he tenido una conversación tan reflexiva con alguien que conozco tan poco. Me caes bien, Daniel. Me gusta cómo piensas.

Daniel no pudo evitar sonrojarse.
—Gracias por el cumplido.

—Bueno, respondiendo a tu pregunta. Al principio, fue una forma de salvar algo que creía perdido. Pero luego, acepté que me gustaba. Siempre tuve fantasías con tríos, harems... incluso con hombres. Mi juventud estaba llena de esas ideas, pero nunca tuve el valor de explorarlas hasta que todo estalló.

—Entiendo. ¿Fue más fácil aceptar esta vida porque ya lo deseabas?
—No del todo. Imagínate: descubres que tu esposa tiene un OnlyFans, una doble vida, y la ves teniendo una orgía con dos tipos que parecen sacados de un catálogo de fitness. Al día siguiente, la mandé... —Gabriel miró a su alrededor antes de bajar la voz—. La mandé a la mierda. “¡Agarra tus cosas y no quiero ver nada tuyo aquí!”.

—Lo siento, no quería hacerte recordar eso.
—No te preocupes. Es importante para entender cómo llegué aquí.

Gabriel miró al techo, como evocando una imagen clara en su memoria.
—Corrí hacia el computador y borré todas las fotos de nuestro matrimonio. Sentí un goce malévolo. Y cuando ella gritó “¡¡¡NOOOOOOO!!!”, debo confesarte que... llegué a un éxtasis retorcido.

Daniel lo miró, sin aliento.
—Eso suena devastador... y ahora estás aquí, reconstruido. Es increíble.
Gabriel soltó una risa amarga.
—Me arrepentí después, obviamente. Daño es daño, y me dañé a mí tanto como a ella. Pero aprendí. Todo ese caos me llevó a algo más... estructurado.

—¿Cómo lograste reconstruirte? —preguntó Daniel, genuinamente interesado.

Gabriel tomó aire antes de responder:
—Ya estaba en un proceso de sanación personal antes de que todo esto pasara. Tenía cosas del pasado que me pesaban: problemas en casa, con las mujeres, con los hombres. Quería soltar todo eso, y esto... esto fue la chispa que me obligó a hacerlo más rápido.

Daniel lo miró, impresionado por su transparencia.
—Gracias por compartir esto conmigo. De verdad, no quería ponerte en una posición incómoda.
—Está bien, Daniel. En serio. No cuestiono mucho las cosas porque duelen, pero contigo... me siento cómodo.

La honestidad de Gabriel tocó una fibra sensible en Daniel. Sin poder evitarlo, una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Gracias, Gabriel. No sabes cuánto significa esto para mí.

Gabriel sonrió, visiblemente conmovido.
—Amigo, se me hace un poco tarde. ¿Pedimos la cuenta?
—Sí, claro. Recuerda que yo invito.

Antes de irse, Gabriel le pasó la tarjeta del club.
—Por cierto, si te interesa ver cómo funciona el club, avísame.
Daniel rio nerviosamente.
—Lo pensaré.

Ambos hombres se despidieron con un apretón de manos, acordando verse en otra oportunidad. Mientras Daniel caminaba hacia su auto, no podía dejar de pensar en las palabras de Gabriel y la tarjeta que ahora descansaba en su bolsillo. Una puerta se había abierto, y aunque no estaba seguro de querer cruzarla, no podía ignorar la tentación que representaba.

La noche resultó más extenuante de lo que Daniel esperaba. Sin embargo, mientras caminaba hacia su cama, las ideas que revoloteaban en su mente comenzaron a tomar forma. Durante la conversación con Gabriel, había evitado mirarlo plenamente, casi como un reflejo de lo que hacía con Natalia: juzgar, proyectar, pero nunca observar de verdad.

Ese pensamiento lo golpeó con fuerza. Tal vez Natalia había tenido un espacio significativo de fidelidad hasta que las circunstancias de la relación la llevaron por otro camino. Fue un destello de comprensión que encendió en él un deseo genuino: perdonarla, perdonarse, y dejar atrás el dolor algún día.

Sin embargo, no estaba seguro de querer volver. La extrañaba demasiado, pero también sentía miedo. «¿Cuánto tiempo llevamos sin ser nosotros mismos? ¿Un año? ¿Dos años? ¿Más? ¿Cómo no lo vi venir?», se cuestionó mientras se desabotonaba la camisa y tiraba su ropa de manera desordenada.

Finalmente, se lanzó en la cama, pero su mirada cayó sobre el teléfono. Lo tomó casi sin pensar, y antes de darse cuenta, ya estaba marcando su número. El tono sonó una y otra vez, hasta llegar al buzón de voz. La ansiedad comenzó a brotar, acompañada de una sospecha que odiaba, pero no podía evitar: «¿Y si está con otro?»
El nombre de Natalia apareció en la pantalla antes de que su paranoia creciera más.

—¿Aló? ¿Daniel? ¿Estás bien? —preguntó Natalia, su voz somnolienta pero preocupada.
Daniel respiró profundamente, intentando calmarse.

—… Sí. Sí. Natalia, no te preocupes. Discúlpame, lo tarde que te llamo. No había mirado la hora.

—Estaba en el baño. Por eso no podía contestar —dijo ella con una risa suave.

Daniel sonrió, avergonzado de sus pensamientos.

—Perdón. Es que… Extraño hablar contigo.

—Siempre es lindo que me llames. No importa la hora

—respondió Natalia, su tono cálido y sincero.

Su respuesta le devolvió a Daniel una parte de la mujer que solía amar.

—Eres muy dulce. ¿Lo sabías? —admitió con una suavidad que había olvidado cómo usar.

El silencio que siguió fue breve, pero cargado de emociones.

—Daniel, no esperaba tu llamada… pero estoy feliz de escucharte —confesó Natalia.

Él se armó de valor para decir lo que llevaba guardando por meses:

—Natalia, yo quería pedirte perdón. Ese día que... bueno, "ese día", te llamé "puta". —Daniel hizo una pausa, su voz temblando ligeramente—. No debí haberlo hecho. Estaba lleno de odio y rabia, pero no soy así. No quiero ser así.

La línea permaneció en silencio por unos segundos, hasta que escuchó el sonido de un llanto contenido.

—Gracias, Daniel. Lo entiendo... Yo también me lo dije tantas veces. Pero fue diferente escucharlo de ti. Me dolió más de lo que creí que podía dolerme.

—No lo merecías, Natalia. Yo no estaba listo para entender nada de lo que pasaba.

La sinceridad en su voz era una inyección de alivio para ambos. Natalia, todavía con lágrimas en los ojos, encontró fuerzas para hablar:

—Me cuesta mucho decir esto porque no sé si lo creas… pero tú eres el hombre más maravilloso que he conocido. Y sé que no te lo demostré. Pero el problema nunca fuiste tú.

Daniel sintió que algo se liberaba dentro de él, como si una enorme cadena se rompiera. La voz de Natalia seguía siendo como un bálsamo para su corazón.

—Te amo, Daniel. No dejo de pensarte.

—Yo también te amo —respondió sin dudar.

Entonces, Natalia tomó aire y dijo algo que sabía que sería difícil para ambos:
—Quiero sanar, Daniel. Quiero sanar por ti, por mí, pero… si al final no puedes aceptarme, lo entenderé.
Él asintió, aunque sabía que no podía verla.

—Yo también quiero sanar.

El peso de la conversación fue tan grande que ambos se sintieron liberados y agotados al mismo tiempo. Natalia soltó un bostezo y sonrió con cierta vergüenza.

—Creo que es hora de dormir. No quiero que llegues atrasado mañana por mi culpa. Descansa, Dani. ¿Sí?

—Gracias, Nati. No había notado lo tarde que era. Buenas noches. Que tengas lindos sueños.

Al colgar, ambos sintieron algo que no habían sentido en mucho tiempo: esperanza.