La flor del deseo
Natalia despertó cuando el Sol ya estaba en lo alto, bañando su habitación con una luz cálida.
Se levantó con energía y abrió las cortinas, dejando que los rayos acariciaran sus cabellos rojizos, que destellaban bajo la claridad del día. En su rostro se dibujaba una expresión de felicidad que contrastaba con la fragilidad interna que aún cargaba. La conversación de la noche anterior con Daniel había dejado huella; sentía que, por primera vez en mucho tiempo, avanzaba.
"No quiero volver a decepcionarlo", pensó mientras se sentaba en el borde de la cama, abrazando la sensación de ternura que él despertaba en su interior.
La fragancia de las sábanas, impregnada de un aroma familiar, le recordaba momentos de tranquilidad. Cerró los ojos por un instante, dejando que su mente divagara hacia Daniel. Su imagen la envolvía, cálida y reconfortante. Sin darse cuenta, su mano comenzó a deslizarse bajo las sábanas.
—¿Por qué lo amo tanto? — se preguntó en un susurro.
Los movimientos de sus dedos eran pausados, casi reverenciales, mientras jugaba con su propia feminidad. Cada caricia era un eco de la conexión emocional que había sentido con él la noche anterior. Apretó suavemente sus senos, sintiendo una descarga de oxitocina recorrer su cuerpo.
—Dani, ojalá estuvieras aquí— murmuró jadeante, mordiéndose el labio inferior mientras su cuerpo se arqueaba con cada contracción.
La paz de su momento fue interrumpida por una serie de golpes firmes en la puerta.
—¿Natalia? ¿Estás despierta?
Su respiración aún entrecortada, intentó disimular:
—… ¿Sí?
—Necesito que salgas de la casa durante todo el día. Si puedes volver en la madrugada, mejor —dijo Consuelo, sin rodeos.
Natalia frunció el ceño.
—¿De acuerdo?
—Sí, claro. ¿Quieres que me vaya ahora mismo?
—En los próximos 30 minutos, si es posible —respondió Consuelo con cierto nerviosismo.
Natalia, desconcertada, se levantó de un salto. Intentó mantener la calma mientras salía de la habitación, ocultando la evidencia de sus actos en un bolsillo de su bata. Al entrar en la sala, notó que Consuelo estaba encendiendo velas y colocando rosas junto a lilios violetas en un florero.
Con una ceja levantada, Natalia preguntó:
—¿No fuiste a trabajar?
—Sí, pero me tomé un almuerzo más largo de lo normal —respondió Consuelo apresuradamente, moviéndose con prisa de un lado a otro.
La actitud de su amiga le pareció extraña.
—Ah… ¿esperas a alguien?
Consuelo la miró con una mezcla de irritación y diversión.
—¿Qué te importa? —dijo sacando la lengua de forma juguetona.
Natalia soltó un bufido, riendo para sí misma mientras regresaba al baño. Al cerrar la puerta, comenzó a analizar la situación. Consuelo estaba visiblemente alterada, pero no había mala intención en su comportamiento. Sin embargo, Natalia empezó a intuir que su permanencia prolongada en esa casa podría convertirse en una carga. Era tiempo de moverse.
Bajo el agua tibia de la ducha, dejó que el aroma de jabón arrastrara consigo los vestigios de su deseo. Mientras el agua resbalaba por su piel, Natalia sintió la pesadez del juicio interno que seguía cargando, un látigo invisible que no dejaba de azotarla.
Frente al espejo, se detuvo a observarse. Su belleza seguía intacta, pero algo en su reflejo le resultaba irreconocible. Se maquilló ligeramente, dejando un aspecto natural, casi ausente, como si no quisiera llamar la atención.
«Tal vez no quiero ser atractiva», pensó mientras pasaba sus dedos por el cabello.
«Tal vez no lo merezco».
Natalia salió a la calle con la sombra de aquel pensamiento dañino aún adherida a su pecho. Necesitaba aire, un espacio donde pudiera exhalar sus culpas y absorber un poco de paz. Se subió a su sedán rojo rey y, casi por instinto, condujo hasta un lugar que siempre había tenido un significado especial para ella: el Jardín Botánico de Quito.
Cuando estacionó, dejó caer la cabeza contra el volante un instante antes de salir del auto. El aire fresco la envolvió de inmediato, llevándose consigo parte de su angustia. Caminó entre los senderos de piedras y tierra húmeda, rodeada de un festín de colores y aromas. Su mente comenzó a retroceder. Era imposible estar allí sin recordar a su padre.
—Este es el lugar, tesoro mío.
—Es precioso, papá.
Él la observaba con ternura, su amada Natalia de 17 años a su lado, con los ojos brillando de fascinación mientras contemplaban juntos la majestuosidad del parque.
—¿Sabías que nuestro país tiene la mayor variedad de orquídeas en el mundo? —preguntó su padre, como solía hacerlo con cualquier dato curioso que encontraba interesante.
—No lo sabía. Pero son muy lindas. Aunque… ¿por qué te gustan tanto? Tenemos como cinco en casa.
Su padre sonrió con una calidez inmensa.
—Porque ellas traen armonía a mi vida. Son delicadas, pero también fuertes. Como tú.
Natalia sintió el peso de sus palabras, pero en ese entonces no supo apreciarlas del todo. Se limitó a soltar una risa juvenil.
—¡Ayy, papá! ¡Qué cursi!
—Hija, te lo digo con amor. Eres la única persona que siempre ha estado conmigo.
La ligereza del momento se quebró sutilmente. Natalia frunció el ceño, confundida por la gravedad de sus palabras.
—Papá… Yo soy tu hija —replicó con una obviedad inocente, encogiéndose de hombros—. Por supuesto que jamás te dejaré.
El hombre la miró en silencio. Su expresión se suavizó, pero sus ojos brillaban con algo más, algo que Natalia no supo descifrar en ese entonces. Parecía contener una tristeza oculta, una despedida que aún no podía expresar en palabras.
«¿Qué escondía?».
Antes de que pudiera cuestionarlo, él la tomó en un abrazo inesperado, envolviéndola en su calidez.
—¿Papá? ¿Estás bien?
—¡Por supuesto que sí! —aseguró con rapidez.
Pero Natalia lo conocía demasiado bien.
—¿Entonces…? —susurró con duda.
Su padre carraspeó, desviando la conversación.
—No es nada. Mejor dime... ¿te gusta alguien?
La pregunta la descolocó por completo.
—¡¿Qué?!
—Vamos, hija. He notado que últimamente andas más alegre. Entre nosotros no hay secretos, ¿recuerdas?
Natalia se giró bruscamente, fingiendo contemplar un grupo de flores para ocultar el rubor de sus mejillas. Jugó con ellas tiernamente.
—Bueno… hay alguien en el colegio. Se llama Daniel —confesó en voz baja.
El padre arqueó una ceja, divertido.
—Deduzco que no es como los otros.
—No, para nada. Es… especial. Muy cortés, amable. Se nota que le gusto, pero me respeta mucho.
El hombre sonrió con satisfacción.
—Eso me alegra. ¿Y ya son novios?
—¡Papá! —exclamó Natalia, cruzándose de brazos con indignación—. ¿Piensas que no te contaría?
Él soltó una carcajada y levantó las manos en señal de rendición.
—¡Está bien! ¡Está bien! Solo preguntaba. Es que, a tu edad, son pocas las relaciones que se toman en serio. Pero por lo que dices, parece que este chico sí te interesa de verdad.
Natalia bufó y desvió la mirada, aunque no pudo evitar sonreír.
El comentario los llevó a un silencio cómodo mientras continuaban su recorrido. Esa complicidad entre padre e hija era única. Cálida. Irremplazable.
Al llegar al muestrario de orquídeas, se detuvieron a contemplarlas.
—Son hermosas… —susurró Natalia.
—Me encantan. Su belleza, su misticismo… su resiliencia.
Natalia lo miró de reojo y replicó con una sonrisa.
—Por eso es por lo que me recuerdan a ti. Eres fuerte, mi niña. Todo lo que hemos pasado, y mírate… siempre sonriente, siempre de pie —su voz se quebró levemente mientras la rodeaba con sus brazos—. Eres la luz de mi vida.
Ella se dejó envolver, cerrando los ojos. El aroma de su perfume amaderado le trajo una sensación de paz absoluta.
—Papá… ¿por qué me dices todas estas cosas?
—Porque quiero que seas feliz, con o sin mí. Tu felicidad solo debe depender de ti.
Natalia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. En ese momento, no entendió la magnitud de sus palabras. No supo que su padre le estaba dejando una enseñanza que marcaría su vida.
Hoy, de pie en el mismo lugar donde una vez se sintió segura, comprendía lo que realmente significaba.
Se quedó allí, abrazada por la nostalgia, permitiéndose por primera vez en mucho tiempo extrañar sin culpa.
Natalia pagó la entrada y caminó con pasos automáticos por el Jardín Botánico. Se detuvo en el humedal, observando cómo los peces surcaban la superficie del agua. Uno en particular, de un vibrante color naranja, realizó una serie de piruetas, buscando su atención, como si suplicara por alimento.
Natalia sonrió con melancolía. Se sintió reflejada en él.
¿Cuántas veces había intentado captar la atención de quienes quería? ¿Cuántas veces había girado en círculos, esperando ser vista, ser comprendida?
La brisa fresca le acarició el rostro, brindándole un momento de paz… hasta que el celular vibró en su mano.
Una notificación. Un número desconocido.
Franco.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se quedó mirando la pantalla sin moverse, su mente debatiéndose entre abrirlo o bloquearlo sin leer. Pero la urgencia del mensaje la atrapó:
—Natalia, por favor, lee este mensaje antes de borrarlo.
Soy Franco. Me he dado cuenta de que has bloqueado mis llamadas y mis mensajes. Dame la oportunidad de hablar contigo. Necesito decirte muchas cosas. Pedirte disculpas. Dime dónde estás para hablar cara a cara.
El frío se le instaló en las venas, como una advertencia. Su estómago se retorció de ansiedad.
Franco.
El hombre que había sido su refugio, su escape, su tentación y su culpa.
¿Qué debía hacer?
Un nudo se le formó en la garganta. Su mente corrió a Daniel. A sus temores, a su inseguridad. ¿Y si estaba en lo cierto? ¿Y si ella aún era una traidora?
Pero, en el fondo, sabía que necesitaba cerrar ese capítulo. Enfrentarlo.
—Estoy en el Jardín Botánico.
Apenas pulsó "enviar", el arrepentimiento la golpeó como un puñetazo en el pecho.
«¡¿Qué hice?! ¡Soy una tonta! No puedo enfrentarlo».
Miró a su alrededor con el pulso acelerado. Sintió que el aire se volvía espeso. ¿Y si Daniel también estaba cerca? El parque donde él solía entrenar estaba justo al lado.
Natalia entró en pánico.
Comenzó a caminar sin rumbo, como si pudiera desaparecer entre los senderos del jardín. Como si pudiera esconderse de sí misma.
El mensaje llegó pocos minutos después.
—Llegué. Estoy frente a los humedales.
Su corazón martilló su pecho con fuerza. Era ahora.
—Te espero en los páramos.
Natalia sintió que el suelo se volvía inestable bajo sus pies. La adrenalina recorría su cuerpo con cada latido acelerado.
Cada minuto era un nuevo tormento.
El temblor en sus manos, el sudor en su nuca. Quería huir, pero su propio orgullo la mantenía firme. No iba a ser una cobarde.
Entonces, lo vio.
Franco.
El sol de la tarde lo iluminaba, bañando su silueta con destellos dorados. Su cabello negro contrastaba con su piel ligeramente morena. Llevaba puesta una camisa de trabajo bien abotonada, que dejaba entrever una ligera panza.
Natalia sintió náuseas.
No hacia él. Sino hacia sí misma.
A lo que había hecho con él.
Su estómago se revolvió con una mezcla confusa de asco y deseo. Recordó las noches interminables. Su piel bajo el peso de su cuerpo. La manera en que ella se abría para recibirlo.
Pero también recordó a Daniel.
—Mi Natalia.
Su voz, su tono, le rasgaron la piel.
—Te he estado esperando pacientemente. Mi corazón se perdía con la sola idea de no volverte a encontrar.
Natalia cerró los ojos por un instante. Era adicta a su poesía conveniente. A su voz melosa. A la idea de ser deseada.
Pero no más.
—Franco.
Él le sonrió con calidez, esperando recibirla en su abrazo.
—Te pido disculpas por lo que te voy a decir, pero… no quiero verte más. No debo.
La garganta de Franco se contrajo. Por un momento, su seguridad se desplomó en un temblor que apenas pudo disimular.
—Natalia, soy yo quien te debe las disculpas.
Ella permaneció en silencio. Su mirada fija en el suelo.
—Destruí lo que más amabas. Tu matrimonio. Sé que lo atesorabas con tu alma.
Natalia tragó saliva.
—Pero lo que me duele… es que nunca lograste sentirte plena en él. No recuerdo haberte visto feliz. Nunca lo fuiste.
Sus palabras la golpearon con más fuerza de la que esperaba.
Su cuerpo se estremeció. ¿Era cierto? ¿Nunca había sido feliz con Daniel?
Se sentó lentamente en la banca más cercana, sintiendo que sus piernas la traicionaban.
—¿Te acuerdas cómo empezamos?
Natalia sintió su corazón detenerse un instante.
Los recuerdos la arrastraron sin piedad.
—Franco, ¿cómo estás…?
—Yo no he tenido una buena semana…
—Sí, me gustaría hablar contigo…
—Sí, claro. ¿Cuándo tienes libre…?
Natalia hablaba en susurros pareciendo mantener un monólogo. La puerta de su habitación permanecía cerrada. Al otro lado, Daniel le hablaba con insistencia.
—Natalia, por favor, escúchame. Me equivoqué. De nuevo.
Pero ella lo ignoró.
—¿El martes? Súper. Me gustaría verte en la mañana. Tengo una nota en terreno. Puedo hacer un break entre la entrevista y la redacción.
Del otro lado, la voz de Daniel se elevó.
—Natalia, fui un tonto. Jamás debí haber dudado de ti. Nunca debí haber creído que olvidarías mi cumpleaños.
Su tono desesperado era una punzada en el estómago de Natalia.
Ella no lo había olvidado. Todo había sido una sorpresa.
Su regalo: Quería pedirle matrimonio antes de que él se lo pidiera a ella.
Natalia salió ruidosamente de la habitación para dar un paseo a un destino no establecido. Sentía que cada paso la alejaba de Daniel, pero sus palabras seguían persiguiéndola como sombras afiladas. Frases que la atrapaban, que la reducían, que la hacían sentir tan pequeña como su reflejo en un vidrio empañado.
—¡¿Acaso te has olvidado de mi cumpleaños?! —la voz de Daniel vibraba con una mezcla de dolor y furia contenida.
Natalia apretó los labios, incapaz de responder. No lo había olvidado. Nunca lo haría.
Pero antes de que pudiera siquiera articular una defensa, él continuó, cortándole la respiración.
—¡Me duele saber que no quieres estar conmigo! ¡No entiendo qué más tengo que hacer para que me elijas!
«¿Elegirlo?»
Natalia sintió un nudo en la garganta. Siempre lo había elegido. Lo amaba. Lo cuidaba. Se preocupaba por él. ¿Por qué entonces tenía que repetirlo tantas veces, como si tuviera que convencerlo de una mentira?
Pero Daniel no se detenía.
—¿Así que… con tus amigas? —su tono se volvió seco, filoso, su desconfianza rezumando por cada palabra—. No será que buscas una excusa para ver a algún ‘amiguito’ por ahí, ¿no?
El veneno estaba servido.
Natalia sintió una desazón situarse encima de sí. No era la primera vez. Cada discusión terminaba igual: con él insinuando, con él acusando, con él haciendo que ella dudara de su propia inocencia.
Pero esta vez, la estocada final llegó con una crueldad que la dejó paralizada.
—¡Claro! Y aquí estoy yo: ¡El idiota, el que se saca la mierda para mantenernos a los dos, mientras tú sigues con esa basura de trabajo que no te da ni para comprarte tu propia ropa!
Natalia detuvo el paso.
Lo miró con incredulidad.
¿Eso era lo que él pensaba de ella? ¿Eso era lo que valía para él?
—¡Yo soy el que tiene que pagar todas tus regalías! ¡Porque tú sola no puedes!
Las palabras de Daniel golpearon su pecho como un mazo, dejándola sin aire. No era por el dinero. Era el desprecio en su voz.
El desprecio a su independencia.
El desprecio a su esfuerzo.
El desprecio a ella.
Natalia tragó saliva. Sintió su mandíbula tensarse. Sentía rabia. Pero más que rabia, sentía… vacío.
Porque, en ese instante, Daniel no parecía su pareja.
No parecía el mismo que amaba. Que años atrás, la había mirado como si fuera lo más hermoso del mundo.
Y fue ahí cuando, por primera vez, Natalia se permitió pensar que tal vez, solo tal vez…
Daniel nunca había sido su refugio.
Sino, su prisión.
La lucha interna de Natalia oscilaba entre el agradecimiento y el odio, dos fuerzas opuestas que se enredaban como hiedra venenosa en su pecho. Desde aquella noche hasta el martes, se sumergió en un mutismo absoluto, dejando que el silencio helado llenara cada rincón del hogar. Daniel y ella dejaron de existir como pareja. Se convirtieron en dos extraños compartiendo un espacio en ruinas.
Pero en medio de ese vacío, Franco resurgió como un refugio inesperado.
Sus recuerdos lo traían con una calidez reconfortante, como un fuego encendido en una noche de tormenta. Era un lugar seguro, un respiro entre las asfixiantes expectativas de su vida. Era… familiar.
Y, sin embargo, lo que más le dolía era lo fácil que le resultaba entregarse a él.
Con su reducido sueldo, Natalia se permitió pequeños rituales de belleza, como si con cada sombra de ojos en tono naranja y cada labial a juego pudiera reconstruirse desde los fragmentos. No se maquillaba para Franco. No se arreglaba por él.
Lo hacía porque quería verse distinta.
Quería verse deseable, como una mujer que no perteneciera a Daniel.
Esa misma ansiedad la empujó a entrenar con obsesión. Hacía ejercicios en su habitación hasta que sus músculos ardieran, hasta que su reflejo en el espejo le mostrara a alguien que él nunca había tenido completamente.
A medida que el sudor resbalaba por su espalda, se miraba con atención.
Su silueta, más firme.
Sus piernas, más definidas.
Sus glúteos, más levantados.
Su cuerpo, una obra que ya no le pertenecía a nadie.
Entonces, lo encontró: El conjunto rojo.
Ese conjunto que comprimía su piel, que marcaba cada curva con la precisión de un trazo perfecto.
Un rojo que reflejaba su cólera.
El material abrazaba sus piernas, levantaba sus caderas, abría una puerta al infierno en el que estaba dispuesta a sumergirse.
Se contempló en el espejo, inclinando ligeramente la cabeza, como si analizara a una extraña. La mujer que la devolvía la mirada no era Natalia.
Era otra: Su némesis, su doppelgänger.
Era una versión de sí que no temía, que no se doblegaba. Una mujer que devoraba.
Y esa mujer… quería jugar.
No despertó a Daniel cuando salió. No dejó nota. No dio explicaciones.
No era necesario.
Las actividades de la mañana la envolvieron con una ligereza que no recordaba haber sentido en años. Era libre. Sus pasos eran firmes, su risa, espontánea.
Y las miradas… esas miradas.
Hombres y mujeres le devolvían la atención con un brillo especulativo en los ojos. Miradas de deseo, de intriga.
Algunos se atrevieron a pedir su número. Natalia lo entregó con una sonrisa ladeada.
No porque quisiera llamarlos. Sino porque le gustaba la idea de tener opciones.
Porque en su mente, Daniel nunca las tuvo.
Su cacería la llevó, como estaba planeado, a Franco.
El encuentro fue en un café donde él ya la esperaba, sosteniendo una pequeña maceta con una orquídea violeta entre sus manos.
Natalia se detuvo un segundo al verlo. Algo en su estómago se contrajo.
No era la emoción que sintió cuando veía a Daniel.
Era otra cosa.
Una sensación cálida, un reflejo de su juventud, una ternura enterrada en lo más profundo de su ser.
—Para que siempre te sientas bella. Nunca estarás sola.
Las palabras de Franco fueron como una brisa cálida en su piel.
Las recibió con la misma dulzura con la que había recibido los abrazos de su padre.
Tomó la orquídea entre sus manos y hundió la nariz en sus pétalos, absorbiendo su fragancia. Cerró los ojos.
Por un instante, se permitió olvidar.
—Gracias, Franco.
El sonido de su propia voz la sorprendió. Se escuchaba… diferente.
Más suave. Vulnerable.
Franco la observó con detenimiento. Su mirada no tenía hambre. No la devoraba, no la poseía. La miraba como si fuera de cristal.
Y eso, eso fue lo que la destruyó.
Porque en ese instante, sintió que ya no había marcha atrás.
Sus labios se entreabrieron sin que se diera cuenta.
Sus piernas se presionaron ligeramente entre sí.
Franco la hacía sentir distinta.
La hacía sentir deseada, sin ser un objeto.
Y entonces, su corazón latió lento, denso, como si acabara de confesar el crimen más grande de su vida.
Las palabras escaparon de su boca antes de que pudiera detenerlas.
—Franco… ¿yo te gusto?