La Sombra de un Beso
Los recuerdos eran vívidos, teñidos por un calor que contrastaba con el aire tenso que ahora los envolvía. Una orquídea del deseo florecía entre el miedo y la incertidumbre, enredándose en los recuerdos de un encuentro que podía tornarse caótico.
Frente a frente en el parque, ambos se miraban con desconfianza, expectantes, como contendientes en un duelo donde el amor y el arrepentimiento se disputaban el primer golpe.
En la memoria, Natalia aguardaba una respuesta. Una simple frase que le daría la entrada a esa faceta de la que tantos habían hablado con malicia, pero sin pruebas: la de una mujer insaciable, la de una vividora.
Pero Franco no era cualquiera. Él había tocado una fibra distinta en su corazón. Era su amigo.
Aquel amigo que siempre la había visto sin juicio, sin segundas intenciones. O eso había creído hasta ese momento.
—No, Natalia. Tú no me gustas.
Una arritmia etérea la sacudió, como si su esfuerzo por lucir radiante, por atraer su mirada y atraparlo en su red con lo poco que tenía, hubiese sido en vano.
Franco permanecía en silencio, firme, con las manos tensas sobre la mesa.
—Lo que siento por ti es más profundo que eso…
Su voz fue un rayo de luz filtrándose entre las grietas de su ser. Una flor brotando en el desierto, aferrándose a la vida en medio del polvo y la sequía.
Él extendió su mano, ofreciéndosela con un gesto sereno.
Natalia la miró, atrapada en un instante suspendido. No sabía si sostenerla o si dejarla ahí, flotando en el aire como una promesa sin cumplir.
Justo en ese momento, el maldito teléfono comenzó a sonar, vibrando con desesperación sobre la mesa.
Daniel.
La realidad la golpeó como un balde de agua helada.
—Disculpa, Franco. ¿Me permites? —dijo Natalia, tratando de mantener la compostura.
Franco, quien ya sospechaba de quién se trataba, solo asintió con un leve gesto de la cabeza.
El sonido insistente del móvil se le clavaba en los oídos, perforando el momento, arrancándola de las palabras de Franco, de la mirada que casi la hacía sentir libre.
Natalia lo tomó entre sus manos con rabia contenida. El nombre de Daniel parpadeaba en la pantalla como un reclamo, como una sombra que se negaba a desaparecer.
Sin pensarlo demasiado, en un último acto de odio y deferencia a su acabada relación, escribió un mensaje corto, preciso, letal:
—Olvídate de mí. Adiós.
Pulsó “enviar” con tanta fuerza que el cristal tembló bajo sus dedos.
Y sin más, apagó el teléfono.
El silencio que le siguió fue abrumador.
Se quedó unos segundos con la vista clavada en su propio pecho, sintiendo cómo el dolor se agolpaba en su garganta, cómo su corazón latía de manera errática, queriendo liberarse de algo que aún la tenía presa.
Respiró hondo.
Una.
Dos.
Tres veces.
El aire le supo distinto.
—¿Estás bien? —preguntó Franco, con una preocupación sincera.
Ella temblaba, aún sacudida por la rabia, por la inercia de tantos años de sentimientos atrapados. Sin embargo, su mente comenzó a repetir en eco las palabras de Franco:
"Lo que siento por ti es más profundo que eso…"
Levantó la cabeza lentamente, como quien emerge de un naufragio.
Y entonces sonrió.
Con los ojos cerrados, con el peso del mundo sobre sus pestañas, pero con una calidez que comenzaba a florecer en su pecho.
Cuando los abrió de nuevo, Franco la vio.
Y en su mirada ya no había tormenta.
Solo un océano profundo, contenido entre el quiebre y el renacimiento.
No necesitó decir nada. Su silencio habló por ella.
Franco la contempló con la misma devoción con la que un artista admira su obra más preciada. Era hermosa, sí. Pero lo que le arrebataba el aliento era el esfuerzo detrás de esa belleza, la lucha oculta tras los pequeños retoques apresurados de maquillaje, el temblor en sus labios que delataba su incertidumbre.
—Eres lo más maravilloso que he visto.
Natalia no pudo resistirse.
Tomó su mano y la apegó a su mejilla. La calidez de su piel despertó algo enterrado en ella. Con la otra, rozó su rostro, y sin titubeos, se inclinó sobre la mesa y le robó un beso.
Fue profundo. Fue húmedo. Fue suyo.
Franco se paralizó. El tiempo se congeló a su alrededor.
Pero para ella, el castigo se desató en su pecho.
Se separó con la respiración entrecortada, pero él apenas tuvo tiempo de saborear el rastro de su labial, un dulzor efímero, como el de un durazno recién mordido.
Natalia se estremeció.
Ese aroma, esa calidez, la sensación de seguridad... había algo en él que le resultaba insoportablemente familiar. Como si en aquel beso hubiese hallado un refugio que creía perdido.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, volvió a besarlo.
Esta vez sin contención. Sin culpa.
Un beso más profundo, más hambriento. Sus manos se aferraron a su espalda, como si buscaran fundirse en él, como si ese instante pudiera prolongarse hasta el infinito.
Franco, sorprendido, la sostuvo entre sus brazos con fuerza.
Y Natalia se dejó llevar.
No importaban las miradas.
No importaba la culpa que se acumulaba en su estómago.
No importaba nada, salvo el deseo de escapar de sí misma.
Ambos entendieron cuál era el siguiente paso. No hubo palabras, solo miradas cargadas de electricidad, una tensión que solo podía resolverse de una manera.
El destino era un santuario apartado, un lugar donde solo las almas pasionales se encontraban, donde el deseo se expresaba a través de alaridos liberadores.
Ese místico refugio, ajeno al tiempo y a la moral, se alzaba en la penumbra, envuelto en pasillos de un tinto terciopelo, con luces bajas que delineaban siluetas cómplices en cada rincón.
El aire era espeso, cargado de erotismo: una sinfonía de perfumes intensos, aceites sedosos y la promesa implícita en el aroma de los lubricantes.
Como dos traviesos, recorrieron con curiosidad la pequeña boutique del deseo. Tocaron, exploraron, se retaron con sonrisas juguetonas. Se miraron, conscientes de que el juego apenas comenzaba. Franco deslizó entre sus dedos una botella de aceite con un brillo sutil, levantando una ceja mientras la ofrecía.
Natalia tomó el frasco y lo giró entre sus manos, disfrutando la sensación del cristal frío.
—Uno nunca sabe cuándo lo va a necesitar —murmuró con una sonrisa traviesa.
Se miraron con complicidad, y sin más dilación, se dirigieron a la "101".
La suite con jacuzzi.
Un lujo innecesario, una extravagancia malgastada. Porque nada de eso importaba. Ni la habitación, ni el agua hirviendo esperando ser usada.
Lo único que importaba era el choque inminente de sus cuerpos.
Se quedaron de pie unos segundos, mirándose en la penumbra.
Y entonces, ella lo tomó de las manos y lo atrajo hacia su boca en un beso breve, cargado de electricidad. Un juego de labios que prometía más de lo que decía. Natalia sonrió, con ese brillo felino en los ojos.
De pronto, sin previo aviso, lo empujó con fuerza sobre la cama.
Franco cayó de espaldas con el corazón palpitante, con el cuerpo encendido, atrapado bajo la mirada de fuego de esa mujer que ahora tomaba el control de la escena.
Cada movimiento suyo era un espectáculo, una liturgia, medida, ejecutada con la precisión de quien ha ensayado en el espejo hasta lograr la perfección.
Con una lentitud exquisita, comenzó a desabotonar su blusa azul eléctrico, revelando poco a poco la piel que yacía comprimida bajo la tela. Franco contenía la respiración, su pecho subía y bajaba con ansias mientras la visión de aquel rojo infernal se deslizaba desde el interior de su ropa, marcando el contorno de su pecho, de su vientre, de sus muslos firmes.
Natalia avanzó hacia él con la gracia de un depredador en su cacería. Sus tacones golpeaban el suelo con autoridad, cada paso era un eco que se grababa en la memoria de Franco.
Los ojos de él se perdieron en la danza de sus muslos, en la presión de las ligas contra la suavidad de su piel, en el roce apenas perceptible de la tela entre sus piernas.
El mundo dejó de existir.
Ella se detuvo justo al borde de la cama, elevó la pierna y apoyó la rodilla junto a él, haciendo que la tela de su lencería se tensara aún más contra su piel igual que una serpiente de coral.
Franco se deshizo de su ropa con torpeza, con prisa, como si cada segundo que pasara vestido fuese una ofensa a la visión de ella.
Su cuerpo era más delgado, más tierno, sin las marcas severas de la edad. Pero en su interior ardía la misma necesidad primitiva que quemaba en Natalia.
Cuando ella se inclinó sobre él, Franco perdió el control.
La sujetó por la cintura y la atrajo con violencia hacia su boca. Sus labios viajaron por su cuello, su lengua marcó su piel con una humedad posesiva.
Mordió, succionó.
Quería dejar huellas en ella, reclamando cada centímetro de su piel como suyo.
Sus manos se aferraron a su pecho, hundiendo los dedos con deleite en su carne. El rojo de la lencería se deslizó unos centímetros más abajo cuando Franco la jaló con los dientes, dejando su piel expuesta a su hambre voraz.
Natalia dejó escapar un jadeo entrecortado, como si la sensación la desarmara por completo.
Ella, perdida en la intensidad de su propio deseo, llevó sus manos hacia la última barrera de su vestimenta y se despojó del calzón con un único movimiento, deslizándolo por sus muslos con un refinado desenfreno.
Entonces, se montó sobre él, lenta, decidida, alzándose como una bandera en el mástil de su nuevo hombre.
Franco ahogó un gruñido contra su piel cuando sintió la calidez de ella envolviéndolo, absorbiéndolo como una ola devora la orilla.
Milímetro a milímetro, ella lo fue reclamando.
El aire se llenó de susurros entrecortados, de respiraciones agitadas, de jadeos y murmullos temblorosos.
Y luego, el silencio.
El instante en que todo se fundió, en que sus cuerpos se sincronizaron en el ritmo primitivo de la entrega.
Los movimientos de Natalia eran un lenguaje en sí mismos, versos de carne y fuego. Sus caderas marcaron el compás de la lujuria, la danza eterna que sólo los amantes entienden.
Franco aferró sus dedos a la curva de su cintura y la guio con un fervor creciente.
Cada embestida era una confesión sin palabras, una rendición sin tregua.
Los alaridos quedaron atrapados entre los muros de aquella habitación de terciopelo, convirtiéndose en testigos mudos de la pasión desenfrenada que devoraba a Natalia y Franco en esa noche de fuego.
El acto se había consumado.
Y con él, se había sellado un nuevo pacto. Uno hecho de placer, de redención y de pecados compartidos.
Esa misma noche, satisfecha y con una desafección multiplicada, Natalia llegó sola a casa.
No arrastraba culpa. No traía arrepentimiento. Solo la certeza de que había cruzado el umbral de algo irreparable.
En la entrada de la puerta, junto a la repisa de siempre, yacía una pequeña caja de dos centímetros cúbicos.
Un anillo.
Ese anillo.
Aquel que ella había adquirido con su “miserable sueldo”, con la misma devoción con la que había soñado con un futuro junto a él.
Daniel la escuchó llegar.
Se levantó de inmediato, como si algo en su interior le hubiera advertido lo que estaba por venir.
Abrió la boca para hablar, pero ella lo detuvo con un solo gesto.
—Esto se acabó. Me voy.
Fría. Firme. Como quien sentencia sin derecho a apelación.
Daniel recibió el golpe sin previo aviso, sintió que algo dentro de él se desgarraba.
—A-Amor… discúlpame… yo…
Pero Natalia no le dio espacio para la lástima.
Con lágrimas de sangre cayendo de sus ojos, abrió la palma de su mano y le entregó su primera revelación.
El anillo.
Él supuso qué era al instante, su mente tardó segundos en procesar lo que significaba.
—Toma. Mi regalo de cumpleaños —dijo con una suavidad que dolía más que si hubiese gritado—. Espero que lo puedas canjear por algo.
Y entonces, lo remató con el toque cruel que nunca debe emplearse en el lenguaje del amor:
—No me alcanzó para algo más caro. Lo adquirí con el sueldo de la “basura de mi trabajo”.
La sonrisa que se dibujó en su rostro era la de un demonio. No había furia, no había odio. Solo la más pura, letal indiferencia.
Segundo golpe.
Daniel sintió que su cuerpo ya no le respondía.
—Nati… y-yo…
—Siempre dijiste que estuve con otro. Desde el principio. ¿Cuál era tu tema, Daniel? ¿Dudabas de tu propia inteligencia? ¿De que yo pudiera ser atractiva para otros? ¿De tus capacidades de seducción? ¿De que alguien pudiera amarte de verdad?
Tercer asalto.
Daniel quedó noqueado, pero ella no había terminado.
—Nunca estuve con otro. Jamás me atreví a involucrarme con alguien más. Aunque ya no importa si decides creerme o no.
Entonces, la imagen de Franco irrumpió en su mente como una llama ardiendo.
Y con una calma brutal, Natalia dejó caer el golpe final:
—Créeme. Nunca estuve con nadie… hasta hoy.
Cuarto impacto.
Daniel sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
No procesó la frase de inmediato. Su mente no lograba darle sentido. Todo su cuerpo se tensó, su estómago se hundió en un abismo.
—Estoy interesada en otro hombre. Este es el fin.
Natalia caminó hacia él con paso decidido.
Desde un ángulo lateral, su silueta atravesó lo que quedaba de Daniel como si fuera un fantasma.
Un golpe maestro.
—Tomaré un baño y me iré.
Frente a él, sin vacilar, dejó caer sus ropas, revelando el conjunto rojo que ya había sido utilizado, empapado en los recuerdos de otro hombre.
Daniel sintió que el aire le faltaba.
La escena finalizó con el azote seco de la puerta del baño, como un sello que incrustó su destino contra la pared.
Natalia se había ido.
Y con ella, todo lo que alguna vez había sido suyo.
Natalia volvía en sí. Entre la confusión, la decepción y el desamor que no había querido ver en Daniel. Aquellas verdades enterradas, las cosas que explicaban el curso inevitable de todo lo que había sucedido.
Era una mentira bien elaborada, un engaño a sí misma. Un baúl sellado con traumas, oculto en lo más profundo de su mente.
Y ahora, frente a ella, el fruto de la tentación. Franco.
Su amigo;
Su amante.
Él la miraba con esa fascinación extasiada, todavía borracho del acto, de su piel, de la idea de que ella le pertenecía, aunque fuera por unas horas.
—Natalia, lo recordaste, ¿no? Ese día. Ese beso. Jamás me sentí tan vivo.
Pero otros detalles vinieron a Natalia.
El eco de la puerta cerrándose;
La maleta en su mano;
El aire frío de una casa vacía;
El comienzo de una vida nueva;
Y en esa vida, Franco nunca estuvo.
El pensamiento la sacudió como un látigo de hielo.
Se quedó en silencio unos segundos, observándolo. Su mente buscaba lógica en las grietas de su voz, en los matices de su mirada**. Algo no encajaba**.
—Si fue tan importante para ti como dices… —su voz salió más dura de lo que esperaba—, ¿por qué nunca me reclamaste?
La pregunta cayó como un puñal en ese jardín.
Franco parpadeó, su sonrisa se desdibujó.
—¿A qué te refieres?
Natalia apretó la mandíbula, con la sensación de que algo se estaba rompiendo en su interior.
—Abandoné mi vida. Dejé a mi novio, mi hogar. Quise intentarlo. Pensar en ti como algo más que un amigo. Pero cuando te busqué… ya no estabas.
Franco tensó los labios, desviando la mirada.
—Eso no es cierto, Natalia. Yo…
—No. No es como lo cuentas —lo interrumpió ella, con una certeza abrasadora.
Lo vio ahí, frente a ella, desnudo de excusas.
Y la verdad la golpeó en el estómago.
—Ibas y venías. Siempre había una excusa. Siempre una junta, un deber, una llamada. Jugaste con eso. Conmigo.
Él se puso rígido.
—¿Jugado con qué? No te entiendo.
Natalia dejó escapar una risa amarga.
—Claro que lo entiendes. Sabías mi historia. Sabías lo que significaba para mí un hombre que desaparece y vuelve cuando quiere.** “Él”.**
Su pecho ardía, sus palabras se convertían en lanzas.
Franco parpadeó, confundido.
—¿“Él”? ¿Quién?
Natalia se quedó mirándolo.
No lo dijo. No necesitaba decirlo.
En cambio, la epifanía brotó de sus labios con una quietud inquietante:
—Hiciste lo mismo. Solo que “él” no podía evitarlo.
Franco la miró, sin comprender.
—Natalia, de verdad no…
Pero ella no necesitaba sus palabras. Las suyas eran suficientes.
—Siempre te ibas, ¿recuerdas? Yo tampoco fui ninguna santa. Te hice lo mismo. Cada seis meses, nos reuníamos, nos revolcábamos y nos íbamos. Solo que nunca lo vimos así.
El silencio cayó sobre ambos como una lápida.
—Natalia…
Ella sonrió con una dulzura venenosa.
—Eres escurridizo como un conejo travieso.
Franco sintió cómo su pecho se contraía.
—No digas eso… Sabes que esto es lo correcto. Que tú y yo…
—Mentira.
La palabra quedó suspendida en el aire como un veredicto.
—Nunca me amaste. Yo tampoco te amé a ti.
La sangre se evaporó del rostro de Franco.
—Éramos solo dos buenos amigos, amantes. Si te dije que te amaba la última vez… fue por calentura.
Él tragó saliva.
Franco siempre había sido encantador, calculador, seguro. Pero ahora, Natalia veía algo nuevo en sus ojos.
Vulnerabilidad.
—No sé por qué nos hacemos esto… No sé por qué “les” hacemos esto.
La última pieza del rompecabezas cayó en su lugar.
—A Sara, a Daniel.
Sus nombres colisionaron contra la realidad como truenos.
—Franco, sigues con ella, ¿verdad?
Él apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
Y entonces Natalia lo vio con claridad: No debía estar aquí.
No eran amantes, ni siquiera amigos.
Eran un fetiche.
Una fantasía de novela erótica convertida en un ídolo de sí mismos.
Y su ego…
Su ego era superlativo. Pero en algún rincón de sí mismo, aún quedaba algo noble.
Los vestigios de una amistad, de una complicidad que había existido antes de que el deseo lo consumiera todo.
—Es mejor que volvamos a donde debemos estar. Con nosotros mismos.
Las palabras de Natalia eran como un cuchillo afilado deslizándose suavemente por su orgullo. No las quería escuchar, no le convenían. Pero en lo más profundo, sabía que eran ciertas.
Era un consejo que no quería seguir, un destino que no se atrevía a escribir, pero era el único que tenía sentido.
Natalia sintió la incredulidad de Franco. Nadie había creído en ella. Ni Daniel, ni Franco, ni el mundo. Ni siquiera ella misma.
Pero esta vez, iba a hacerlo.
—Es mejor que seas feliz contigo mismo. Después, puedes pensar en alguien que te merezca. No eres un mal hombre, Franco. Solo elegiste el camino equivocado… y yo te ayudé a hacerlo más fácil.
Ella respiró hondo y levantó la mirada al cielo, como si estuviera viendo a alguien con orgullo.
—Lo siento. Por todo. Por destruir nuestra amistad.
Franco permaneció inmóvil, atrapado en ese limbo de emociones donde el placer y la culpa se entrelazaban en un nudo imposible.
—Natalia… yo… — Las palabras se ahogaron en su garganta. Su cuerpo tembló, contuvo las lágrimas, tratando de aferrarse a la dureza que siempre había proyectado—. Te amo.
Natalia no reaccionó. No hubo sorpresa, ni alegría, ni rabia. Su rostro, cubierto en parte por su cabellera suelta, era un enigma impenetrable.
—Sé lo difícil que es esto —susurró ella, con una serenidad desgarradora—. No saber qué decir. No saber qué sentir. Yo tampoco lo sé.
Y siguió con franqueza, la misma que representaba al nombre de ese hombre:
Una parte de mí quiere entregarse sin obstáculos. La otra... quiere respetarse.
Ese último hilo de ternura casi la doblega. Si se quedaba un segundo más, tal vez no sería capaz de irse.
—Adiós, Franco. Gracias.
Su voz fue firme. No había duda. No había vuelta atrás.
Dio media vuelta y caminó rápido hacia su vehículo. Franco la siguió con pasos inseguros, como si buscara algo, cualquier cosa, que la hiciera quedarse. Pero ya era tarde.
Natalia cerró la puerta del auto; Franco golpeó el vidrio, desesperado.
—¡¡Natalia!! —gritó con el desgarro de un niño perdido.
Ella no lo miró.
El motor rugió suavemente. El auto avanzó, alejándola de él, alejándola de esa historia que nunca debió existir.
Su siguiente destino ya estaba decidido; Un lugar donde encontraría más respuestas.
El cementerio.
Cuando descendió del vehículo y sus ojos recorrieron el horizonte, una paz desconocida la envolvió.
Sonrió con la dulzura de una herida que empieza a cicatrizar.
—Gracias, papá.