Entre Amores y Abismos

El jardín y el fuego

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Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
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El jardín y el fuego

Un viaje corto la llevaba a las afueras de la ciudad, donde las almas reposaban en tierra caliza y el tiempo se detenía en susurros de mármol y flores marchitas. Desde el asiento del conductor, Natalia observaba su propio reflejo distorsionado en el vidrio del parabrisas, cubierto de una fina capa de aliento que no se había percatado de haber exhalado. Un suspiro largo y denso, como si hubiese estado conteniendo el aire sin darse cuenta.

Encendió la música, más para distraerse que por deseo real de escuchar algo. Deslizó el dedo por la pantalla sin mirar, y el destino eligió por ella.

"I try to discover*
*a little something to make me sweeter..."

La melodía de *A Little *Respect de Erasure llenó el espacio, y en ese instante, la nostalgia la golpeó como un eco distante. Luces en sombras, una tierra elevándose en el cielo; una primavera que muere en otoño, donde los pétalos florecidos se transforman en hojas cafés, quebradizas bajo sus pasos.

Más que recuerdos, eran voces que la atrapaban, exponiéndola, desnudándola. Frente a Daniel, el hombre de su vida. Frente a esos hombres y mujeres que fueron errores o tal vez, solo intentos desesperados de encontrarse a sí misma.

El juicio de los otros siempre había sido implacable. Para ellos, su historia cabía en una sola frase. Pero Natalia sabía que no era tan simple. Nunca lo fue.

"¿Podría ser amada esta hermosa flor? ¿O acaso fue sembrada en el campo equivocado?"

La canción siguió sonando en su mente mientras bajaba del auto. El sol estaba en su punto más alto, proyectando sombras cortas sobre la grava blanca del cementerio.

Caminó hasta el puesto de flores.

—¿Qué desea, señorita?

Su respuesta llegó casi por inercia.

—Orquídeas.

El encargado le entregó un pequeño ramo con la misma reverencia con la que alguien ofrece algo sagrado. Natalia lo tomó entre sus manos, rozando los pétalos con las yemas de los dedos.

—Gracias.

Su voz se perdió en el aire, más para sí misma que para él.

El camino hacia la tumba de su padre estaba bordeado de nombres que no conocía, fechas que marcaban comienzos y finales de historias ajenas. Esposos, hijos, amantes, madres, desconocidos. La muerte los igualaba a todos.

Una mariquita roja con lunares negros se posó en su blusa, su diminuta presencia resaltando entre los pliegues de la tela. Por alguna razón, la visión de ese pequeño ser la inmovilizó.

Cuando la música en su mente se apagó, sus pasos ya la habían llevado frente a la lápida de Lisandro Amadeo Del Monte.

El aire se volvió más denso.

Natalia inclinó la cabeza y rozó los pétalos de la orquídea con los labios, como si fueran un puente entre ella y él.

—¿Por qué tuviste que irte tan pronto?

Sus palabras quedaron suspendidas en el viento, mientras el peso de los recuerdos la arrastraba a un día lejano, uno que aún guardaba el aroma amaderado de su padre y la calidez de su risa.

Y entonces, el pasado la envolvió.

El aroma de las flores mutó en un denso hedor químico. Primero, el rastro dulce de la formalina. Luego, el golpe más áspero y penetrante del formaldehído. Ese mismo olor que se aferraba a las paredes de los hospitales, el que impregnaba las batas blancas y se quedaba flotando en el aire después de un diagnóstico.

Y ahí estaba ella, de nuevo, con 17 años. Sentada en un consultorio impersonal, con las manos crispadas sobre su falda, mientras su padre, Lisandro, sonreía con la serenidad de quien aún no ha comprendido su condena.

Natalia no dejaba de mirarlo. Algo en él estaba cambiando, escapándosele de entre los dedos, y ella aún no entendía cómo detenerlo.

—Tranquilidad, cariño. Te traje al médico porque me lo ha pedido él —dijo su padre, sacando un pequeño cuaderno de notas con una caligrafía ajena a la suya.

El corazón de Natalia dio un vuelco. Lo reconoció al instante. No era la letra de su padre. Era un mensaje escrito por una versión de él que ya no estaba del todo presente.

Los minutos se estiraron como un castigo hasta que escucharon su nombre en la sala de espera. Caminaron juntos hacia la consulta, tomados de la mano, como si esa conexión pudiera mantenerlo anclado a la realidad.

El médico, un hombre con gesto afable, pero con el peso de la rutina reflejado en sus ojeras, los recibió con una sonrisa ensayada.

—Don Lisandro, ¡Hola! ¿Cómo está hoy? ¿Vino con su hija?

—Sí. Con Natalia —dijo su padre, mirándola con dulzura.

El médico le dirigió una mirada cálida a ella, como si tratara de amortiguar lo que estaba por venir.

—Mucho gusto, Natalia.

Se aseguraron de estar cómodos antes de que el doctor hablara. Natalia sintió que la silla bajo su cuerpo era demasiado dura, demasiado real.

—¿Tu padre te ha contado por qué estás aquí?

—No. Nada.

La frialdad en su tono traicionó el miedo que trepaba por su garganta.

El doctor asintió con calma y luego miró a Lisandro, indicándole con un leve gesto que tomara la mano de su hija.

—Lo que voy a decirte es muy importante —comenzó el médico—. Hemos estado estudiando lo que le sucede a tu padre. Seguramente, te has dado cuenta de que a veces se pierde, dice cosas incoherentes o repite palabras sin darse cuenta.

Natalia tragó saliva.

—Sí.

Sabía hacia dónde iba esa conversación antes incluso de que el médico pronunciara el nombre de su enemigo.

—Realizamos una serie de exámenes. Primero, un TAC y una resonancia magnética. Lo que encontramos nos preocupó.

Extrajo unas imágenes de un sobre de papel grueso. Natalia las miró sin comprenderlas del todo, pero su simple existencia la aterraba.

—Detectamos placas amiloides. No muchas, pero suficientes para confirmar lo que temíamos con el PET.

El diagnóstico cayó como un hacha.

—Tu padre tiene Alzheimer. Lo siento.

Lisandro bajó la cabeza. No era sorpresa para él. No del todo. Pero ver a su hija temblar, verla sostener el aire como si temiera que soltarlo lo haría real, le rompió algo por dentro.

Natalia lo miró con los ojos empañados. Su garganta estaba cerrada, su respiración descontrolada.

Y cuando su padre susurró un débil perdóname, ella se derrumbó.

—Papá… —su voz se quebró, lanzándose sobre él en un abrazo desesperado. Sus dedos se aferraron a su espalda, como si pudiera impedir que se desvaneciera ante ella—. No puede estar pasándote esto…

Lisandro apoyó su barbilla sobre su cabeza y cerró los ojos con dolor.

—Lo siento, mi amor.

Natalia sintió sus lágrimas caer sobre su cabello. Sintió su respiración temblorosa. Sintió su mundo despedazarse.

—No es tu culpa. No digas eso. No quiero perderte. Tengo miedo.

El médico esperó pacientemente. Había presenciado esta escena demasiadas veces. Y, sin embargo, nunca se volvía más fácil.

—Intentaré estar contigo todo el tiempo —dijo su padre, con una voz temblorosa.

Una promesa que nunca podría cumplir.

—Te amo, papá. Por favor, no quiero que olvides eso nunca.

Lisandro le acarició el rostro con ternura.

—Jamás lo haré, mi amor.

Otra promesa que inevitablemente se rompería.

—Escuchemos al médico, ¿sí? —dijo él, tratando de darle fuerzas.

Natalia asintió con la cabeza, aunque apenas escuchaba las palabras del doctor.

"No tiene cura..."
"Pérdida progresiva de memoria..."
"Fases avanzadas..."
"Sobrevida entre 8 y 12 años..."
"Problemas para alimentarse..."
"Estado postrado..."

Cada palabra era una sentencia. Cada explicación, un verdugo.

Y cuando finalmente el consultorio se desvaneció y la realidad volvió a envolverla, Natalia estaba de rodillas frente a la tumba de su padre.

Las flores en su mano parecían haber perdido color.

—Papá… te extraño.

El viento sopló suavemente, como si quisiera responderle.

—Te necesito. Estoy perdida.

Su mirada se posó en la inscripción de la lápida. Su respiración se volvió más pausada, más controlada.

—Perdí a Daniel. Lo lastimé sin pensar. Lo alejé de mí. Hace tres años. Le fui infiel. Muchas veces. No merecía nada de esto. Fui débil.

Sus dedos recorrieron los pétalos de la orquídea, como si estuviera tocando el rostro de su padre.

—También he sido irresponsable con la terapia. No voy desde hace semanas. Tal vez porque tengo miedo… Miedo a responder la pregunta del psicólogo.

El viento se arremolinó a su alrededor.

—"¿Por qué quiero volver con Daniel?"

Las palabras se sintieron pesadas. Más pesadas de lo que esperaba.

—No lo sé.

Natalia inclinó la cabeza, dejando que los pensamientos tomaran forma en su mente.

—Lo amo… pero su desconfianza, su indiferencia, su inseguridad. ¿Por qué fuiste así, Daniel? ¿Por qué no confiaste en mí?

Se abrazó a sí misma.

—No me hubiera ido… ¿o sí?

El viento le acarició el rostro como una mano invisible.

—Me gustaba sentirme apreciada. Sentirme deseada, amada.

Recordó los pequeños detalles de Daniel, sus palabras dulces, sus gestos tiernos.

Pero también recordó cómo, con cada discusión, con cada mirada de duda, todo se desmoronaba.

—Tus detalles eran hermosos. Tus palabras, una caricia. Tu apoyo, una poesía.

Pero después...

—Lo borrábamos todo.

Un ardor subió por su pecho, por su garganta.

Y, con el peso de la verdad aplastándola, Natalia murmuró:

—Fuimos unos tontos.

Su voz se quebró.

—Lo teníamos todo. Lo perdimos todo.

Miró hacia el cielo, buscando una respuesta que no llegaba.

Y finalmente, en un susurro que el viento se llevó, preguntó:

—¿Es posible recuperarlo?

El sonido del teclado, las voces superpuestas en videollamadas y el murmullo constante de la oficina llenaban el ambiente. Daniel miró la hora: 13:57. En tres minutos tenía su sesión de terapia por videollamada.

Cerró las pestañas de su computador y tomó su notebook, buscando un espacio más privado. No quería hablar de Natalia con medio piso de la oficina escuchando. Terminó instalándose en una sala de reuniones con paredes de vidrio. Desde ahí, la vio.

Miranda Solís.

A diferencia de Natalia, no tenía un cuerpo de escultura, pero eso no significaba que no fuese atractiva. Sus facciones eran dulces, de esas que se quedan en la memoria sin esfuerzo. Tenía la piel trigueña de su linaje mestizo, realzada por su cabello con balayage rubio que destellaba bajo las luces de la oficina, otorgándole un aura más luminosa. Pero lo que más resaltaba era su energía.

Miranda tenía una forma de moverse que atrapaba. No era felina como Natalia, ni calculada en sus gestos. Era natural, despreocupada, fresca. Y, a pesar de eso, había algo profundamente sensual en ella.

Sus ojos recorrieron su figura sin control. Le gustaban sus curvas. No eran el tipo de curvas esculpidas por una rutina de gimnasio, sino de aquellas que parecían hechas para hundir los dedos en ellas. Cuando se sentaba y su torso se plegaba suavemente sobre sí mismo, Daniel no pudo evitar imaginar cómo sería tocarlas. Apretarlas.

Sentirlas contra su piel, tibias, moldeables, llenas de vida.

Había algo intensamente primitivo en ese deseo. Un placer culpable en esa atracción. Esa carne, ese cuerpo real, distinto de la perfección de Natalia. Una mujer que no se preocupaba de si debía contener la respiración para posar. Una mujer que simplemente era.

En ese instante, Miranda se giró y lo atrapó mirándola.

Sonrió.

Su boca se abrió en un gesto amplio y despreocupado, dejando ver sus dientes perfectos, sus labios delgados y bien cuidados. Una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Le agitó la mano con una energía contagiosa, como si le estuviera diciendo: «te vi, no te hagas el tonto».

Daniel sonrió también. Le devolvió el gesto, sin vergüenza.

Fue un flirteo sin culpa. Un juego que podría ir más allá si él quisiera.

El sonido de la videollamada lo arrancó de sus pensamientos.

—Daniel, ¿cómo estás? —la voz de su psicóloga, Clara Miralles, resonó a través de los audífonos. La mujer de cabellos platinados y sonrisa apacible lo saludó con el entusiasmo amable de siempre—. Disculpa la demora, para una señora como yo, que nunca ha sido muy amiga de la tecnología, conectarse sigue siendo un martirio.

Daniel parpadeó varias veces, como si tratara de regresar a la realidad.

—¿Señora? ¡Vamos, Clara! Usted está en los mejores años de su vida —bromeó con tono coqueto, aunque sin intención real.

—Ay, por favor. Podría ser tu madre —respondió ella entre risas.

El vínculo entre ambos había tomado forma en esos meses de terapia. La confianza estaba instalada.

—Daniel, dime, ¿cómo te ha ido con lo que revisamos la semana pasada? ¿Examinaste lo que hay que mejorar en tus relaciones? ¿Tienes más claridad sobre tus metas emocionales?

Él se removió en la silla. El rostro de Miranda aún estaba grabado en su mente. Su sonrisa. Su cuerpo.

—Sí… tengo mis notas aquí. —Dio un toque en el teclado, abriendo el documento. Confianza. Seguridad. Nunca me sentí seguro con Natalia. Me cuesta entenderlo.

Clara ladeó la cabeza con interés.

—Es valiente que lo admitas. Significa que estás dispuesto a trabajar en ello. Pero dime, ¿has pensado en el origen de esa inseguridad? ¿Por qué sientes que nunca estabas seguro con ella?

Daniel se quedó en silencio por unos segundos. Finalmente, suspiró.

—Creo que su historia antes de estar conmigo me marcó. Siempre me hablaron de ella como alguien que… necesitaba estar con alguien.

—Mmm… —Clara se tomó el mentón—. ¿No has pensado que tu inseguridad estaba en ti antes de Natalia? Te haré una pregunta más directa. ¿Recuerdas la primera vez que la viste?

Daniel sonrió, un gesto más nervioso que alegre.

—Sí… me acuerdo perfectamente. La vi en el colegio, me pareció una diosa. Era como una actriz de cine en la vida real. Y yo… el muy nerd, me puse tan nervioso que ni siquiera me atreví a decirle algo. Mi mente jugó conmigo. Esperaba que me mirara. Que notara que yo estaba ahí.

Daniel se rascó la nuca y añadió con una mueca:

—Y pasó de largo. Ni me vio. Yo era un cero a la izquierda.

Clara sonrió con dulzura, como si recordara su propia adolescencia.

—No tienes por qué avergonzarte. A veces, las películas nos hacen pensar que los encuentros importantes deben ser mágicos y trascendentales. Pero quiero que notes algo, Daniel…

Él levantó la vista, atento.

—Desde antes de conocerla, ya te sentías invisible. Ya había una inseguridad en ti. Natalia solo ocupó un espacio que ya existía. Lo que me hace pensar que esto no es sobre la infidelidad en sí, sino sobre lo que Natalia representaba para ti. Una omisión.

Daniel sintió un escalofrío. Sus pensamientos se agitaban. ¿Y si su inseguridad no provenía de Natalia? ¿Y si siempre había estado ahí?

—Creo que… —hizo una pausa, meditando cada palabra—. Me pasa que me siento inseguro con las mujeres en general. Me cuesta romper el hielo.

Antes de que Clara pudiera responder, la silueta de Miranda se acercó a la oficina. Su figura apareció detrás del vidrio, iluminada por la luz de la tarde. Sin golpear ni preguntar, abrió la puerta con su sonrisa ancha.

—¡Hola, Daniel! ¿Almorzamos juntos?

Él se quedó de piedra. Hizo un gesto de silencio, llevándose el dedo a los labios y señalando la pantalla. Miranda entendió el mensaje y cubrió su boca con las manos, murmurando un “¡Oops! Perdón”.

Antes de salir, le hizo un gesto juguetón con los dedos, dándole a entender que lo esperaba tan pronto terminara.

Daniel esbozó una sonrisa y le guiñó un ojo.

Un sí silencioso.

—Daniel… —la voz de Clara lo trajo de vuelta—. Escucho ruido, ¿me decías algo más?

Daniel se aclaró la garganta.

—Eh… sí. Le decía que me cuesta romper el hielo.

Clara sonrió con complicidad.

—Bueno, a partir de hoy, quiero que destruyas ese mito. Ya no eres el mismo adolescente que se paralizaba ante Natalia. Eres un hombre con más experiencia, con más mundo. Tienes confianza en otros ámbitos de tu vida. Solo te falta llevar esa seguridad a un nuevo terreno.

Daniel miró el reflejo de sí mismo en la pantalla.

Tal vez, era momento de empezar a verse de otra forma.

La sesión con Clara había terminado, pero las preguntas que dejó flotando en su mente seguían palpitando con fuerza.

Daniel cerró su notebook con un suspiro y miró la hora.

Le quedaban apenas quince minutos para almorzar. Pero no iba a desaprovecharlos.

Se levantó de su escritorio con una seguridad inusual en él.

Y mientras caminaba por la oficina, en su cabeza sonaban los Bee* *Gees.

"Well, you can tell by the way I use my walk…"

La canción marcaba el ritmo de sus pasos, dándole una confianza que no solía sentir.

Miranda ya lo esperaba en el casino, moviendo su pajilla en la bebida con los labios curvados en una sonrisa divertida.

—Pero ¡Qué puntual! ¿Eh?

Daniel le devolvió la sonrisa y la envolvió en un abrazo que tal vez duró un segundo más de lo necesario.

El cuerpo de Miranda era diferente al de Natalia.

No tenía la firmeza de quien esculpe su silueta en el gimnasio, pero su calidez era otra clase de tentación.

Cuando se separaron, ella lo miró con picardía.

—¿Tienes que volver pronto?

Miranda se tocó el cabello, girando apenas la cabeza. Un gesto que no necesitaba ser ensayado.

—Mmm… puedo quedarme unos minutos más.

El tiempo pareció ralentizarse.

Daniel sintió su estómago retorcerse de anticipación.

—Eso me gusta. ¿Cómo has estado? ¿Cómo va el matrimonio?

Ella se echó hacia atrás en la silla, alzando los brazos con una expresión de absoluto desinterés.

—¡Terminado! ¡Jajaja!

Daniel se echó un poco hacia atrás, sorprendido por la ligereza con la que lo decía.

Ese movimiento le permitió una vista perfecta de su escote.

La blusa de Miranda se abría apenas con el movimiento, dejando ver el borde de un sostén negro y una hendidura tentadora.

No tenía el pecho firme de Natalia, pero…

Lo volvía loco.

Miranda notó su distracción y se inclinó ligeramente hacia adelante, jugando al ajedrez.

—¿Y tú?

Daniel tardó en reaccionar.

—¡Ah! También… terminado. ¡Jajaja!

—¡Jajaja! ¡Felizmente terminado! ¡Qué bueno!

Daniel tragó saliva. La conversación estaba fluyendo demasiado bien.

Y entonces, llegó el pensamiento inevitable.

No era la primera vez que notaba las curvas de Miranda, los pequeños rollitos que se formaban cuando se inclinaba sobre la mesa.

Siempre había sentido cierta culpa por fijarse en ella… Pero ahora, por primera vez, no quería sentirse culpable.

Miranda apoyó la mejilla en su palma, observándolo con detenimiento.

—¿Te cuento algo? Me llama la atención que ya no te vea tan seguido. ¿Estás bien?

Daniel se reacomodó en la silla, recomponiéndose.

—He estado… un poco afectado. Ya sabes, con todo lo de mi ex.

—Lo entiendo. Se siente en el ambiente. —Miranda posó su mano sobre la de Daniel.

Calor.

Su piel era más gruesa, más tibia. Daniel sintió un hormigueo recorrer su espalda.

La presión de esos dedos contra su piel se sintió demasiado natural, demasiado cómoda.

Y en su mente, por una fracción de segundo, se imaginó esas mismas manos en su pecho, en su espalda, en su abdomen.

Su mente fue más lejos.

Más allá de la blusa ligeramente desabrochada.

Más allá del sostén negro.

Miranda desnuda frente a él, con su piel reflejando la tenue luz de una habitación oscura.

Su estómago blando y redondeado, una invitación a recorrerlo con la boca. Sus pechos grandes y cálidos, presionándose contra su torso. Su risa desenfadada en medio de las sábanas revueltas.

El peso de su cuerpo sobre él, montándolo con la confianza de una mujer que sabe que es deseada.

Daniel se obligó a parpadear y volver a la realidad.

Pero su entrepierna lo traicionó.

Era un peso caliente, creciendo peligrosamente en medio de la conversación.

Miranda lo notó. Claro que lo notó.

Pero no dijo nada.

En cambio, bajó la mirada justo cuando él se movió en la silla.

Daniel sintió que el aire se volvía más pesado.

Ella se mordió el labio inferior con sutileza.

Y entonces, con toda la maldita intención del mundo, se estiró levemente en su asiento, marcando la curva de sus senos y el contorno de su abdomen.

Daniel se removió en su silla, sintiendo que su ropa le quedaba de repente demasiado ajustada.

—Mejor. Siento que lo estoy superando, pero últimamente… No sé. Empiezo a sentirme sola. Es raro. No me gusta estar sola.

Daniel entendió el mensaje: No era una confesión casual. Era una invitación.

Su mirada descendió inconscientemente por su escote, por su clavícula, por el suave relieve de su cuello.

Natalia era intensa, pasional, exigente.

Pero Miranda era otra clase de tentación.

Era accesible. Era real.

Y lo peor… lo peor es que Miranda también lo estaba mirando.

No a los ojos.

Más abajo.

Su camisa estaba más ajustada desde que había estado yendo al gimnasio. Él lo sabía.

Y Miranda también lo sabía.

Cada vez que él se movía en la silla, ella bajaba la mirada directo a su entrepierna.

Cada vez que él ajustaba la postura, ella seguía el movimiento con los ojos.

Daniel sintió una punzada de deseo tan intensa que tuvo que morderse el interior de la mejilla.

Era demasiado. Demasiado para un simple almuerzo.

Pero no quería que terminara. No quería que ella dejara de mirarlo.

Y en su mente, por un instante, no estaban en la oficina.

Estaban en un lugar donde no existían los límites, ni la culpa, ni las reglas.

Estaban tocándose.

Estaban devorándose.

Ella compartía los mismos pensamientos sin saberlo.

Y entonces, la hora los interrumpió.

—¡Daniel! ¡Es muy tarde! Tengo que volver. ¿Almorzamos de nuevo esta semana?

Daniel tuvo que tragar saliva antes de responder.

—Encantadísimo.

—Entonces pásate por mi puesto cuando quieras.

Se tomaron de las manos tan fuerte como si ya estuvieran desnudos, explorándose, a punto de perder el control.

Y en el último instante, Miranda se inclinó.

Su boca quedó a un centímetro de la suya.

El aire se volvió denso, pesado.

Pero no lo besó. No esta vez.

Miranda se retiró lentamente, con una sonrisa aún más osada que antes, dejando una estela de aroma dulce en el aire.

Y antes de girarse, susurró con suavidad:

—Nos vemos, Daniel.

Y entonces, desapareció.

Daniel cerró los ojos un momento, tratando de sofocar la inquietante pregunta que ya se formaba en su mente: «¿Y si cedo? ¿Y si la dejo entrar?»

Mientras Daniel sentía la adrenalina de un deseo nuevo despertando en su interior, mientras su piel ardía por la cercanía de Miranda y su mente luchaba contra el remordimiento, en otro rincón de la ciudad, una historia diferente se desarrollaba.

A kilómetros de distancia, lejos del ruido de la oficina, una brisa más fría soplaba entre los árboles de un cementerio silencioso.

Natalia caminaba lentamente entre las lápidas, su mente sumida en pensamientos mucho más profundos que la seducción y el deseo.

Natalia se debatía entre el pasado y el futuro, intentando aferrarse a lo que aún no entendía de sí misma.

Partía del cementerio, el aroma de las flores impregnado en sus dedos.

Necesitaba pensar más, sanarse más. Sentía que no estaba haciendo nada verdaderamente significativo.

Por lo que, casi sin pensarlo, buscó en su agenda el número de Néstor Paz.

Sus dedos tamborilearon sobre la pantalla antes de enviar el mensaje.

En su vuelta, el cielo estaba cubierto por el crepúsculo del atardecer.

Las puertas del cementerio empezaban a cerrarse, dejando escapar el eco de los últimos pasos en la grava.

Una metáfora perfecta.

Un ciclo que se cerraba… o tal vez, un aviso de que aún quedaban puertas debía cruzar antes del fin con Daniel.

Miró el cielo teñido de naranjas y violetas, y murmuró en voz baja, como si la respuesta pudiera venir desde el viento:

—No sé si es lo más indicado. Quiero hacer algo por reconstruir algo con Daniel. ¿Qué es lo que quiero de vuelta? ¿El amor? ¿El hábito y su compañía? ¿Un refugio?

Apretó el volante con fuerza, su mirada perdida en la carretera.

—Dame fuerzas, papá. Ayúdame.