El viaje hacia él
La luz de la mañana se filtraba tímidamente entre las cortinas, dorada y silenciosa, iluminando el aire denso de la habitación. El olor de la medicina se mezclaba con el perfume de la madera antigua, con el leve rastro del café que Natalia no había terminado de beber.
El sonido del oxígeno escapando del tanque metálico llenaba el ambiente con su monótono susurro. Un recordatorio constante de que el tiempo se estaba acabando.
Lisandro estaba ahí, pero no estaba.
Sus ojos, abiertos, vagaban sin dirección fija, como si en su mente no hubiese más que nubes grises, fragmentos de una historia desordenada. Su piel, pálida, delgada, parecía a punto de deshacerse con el viento.
Natalia tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta crecer. Cada día era igual.
Ella se acercó, sentándose junto a la cama. Como siempre, lo saludó con la ternura de una hija que aún tenía fe.
—Hola, papá.
Lisandro pestañeó y la miró.
Pero no la vio como ella deseaba.
—Señorita… —su voz era débil, arrastrada—. ¿Podría llamar al médico? Quiero irme.
Natalia sintió el golpe en el pecho.
Otra vez.
Era una rutina cruel. Cada día, su padre la miraba y la confundía con alguien más. Una enfermera. Una cuidadora. Una sombra.
Apretó los labios, sonrió con tristeza. No servía de nada corregirlo.
Pero entonces, sucedió algo imposible.
Lisandro parpadeó varias veces, frunció el ceño y volvió a mirarla.
Esta vez, sus ojos encontraron los de ella.
—¿Natalia…?
Natalia dejó de respirar.
No podía ser. No ahora.
Su corazón golpeó su pecho como si intentara escapar.
—¡Papá! —soltó con un hilo de voz, inclinándose sobre él.
Él parpadeó otra vez. La reconocía.
—Cariño, ¿dónde estamos…?
Era su voz.
No la voz rota y perdida de los últimos meses, sino su voz.
—En casa, papá. Estás en casa.
Lisandro intentó sonreír.
Natalia se arrojó a sus brazos.
El Alzheimer era cruel. Pero a veces, solo por un instante, concedía una tregua.
Lisandro respiró hondo.
—Natalia…
—Dime, papá.
Su rostro se ensombreció, y por primera vez, sus ojos reflejaron miedo.
—Tengo miedo… miedo de olvidarte para siempre.
Las piernas de Natalia temblaron. Sintió que el suelo se le escapaba.
—No me olvidarás. No lo permitiré.
Su padre le sostuvo la mano con una fuerza inesperada.
—Escúchame, por favor.
—Papá, no te agites…
—Dedica tu vida a ser feliz.
El rayo de sol se hizo más fuerte, cubriendo toda la habitación.
Como si el universo mismo quisiera darle énfasis a sus palabras.
Natalia se estremeció.
—Lo intento, papá. Pero a veces no sé cómo.
Lisandro tomó aire con dificultad, y sus ojos se posaron en ella con una seriedad que le heló la sangre.
—Busca el amor. Él te ama, aunque no de la forma adecuada. Él no sabe amarse a sí mismo.
Natalia sintió cómo algo dentro de ella se rompía.
—Daniel…
Su padre asintió.
—Él te ama. Pero no sabe cómo. Y si lo aceptas así, es porque tú tampoco sabes amarte.
Sus palabras la atravesaron como una daga que al mismo tiempo la liberaba. Ella había hallado un nivel de sabiduría superior, sabiendo que su papá no pudo conocer a cabalidad al novio de su hija.
—Papá, yo lo amo…
—Tal vez. O tal vez solo lo necesitas.
Natalia bajó la mirada. No supo qué responder.
Lisandro sonrió con ternura.
—Lo encontrarás… cuando estés lista. Sé que lo harás.
Su padre mostró esa sonrisa sincera que Natalia extrañaba, acompañada por las arrugas. Ella podía a ver a su papá de siempre.
Él la abrazó con lo poco que le quedaba de fuerzas.
—Estoy orgulloso de ti.
Natalia sintió su pecho arder.
—No te vayas, papá…
Pero entonces, su expresión cambió.
El brillo en sus ojos titiló, como una vela que lucha contra el viento. Su mirada comenzó a nublarse. El agarre en sus manos se debilitó.
Y de un instante a otro, se perdió en el agotamiento.
Natalia sintió el silencio aplastarla.
Lisandro respiraba, su pecho aún subía y bajaba con esfuerzo. Pero su mente ya no estaba allí.
Los ojos que segundos antes la habían mirado con amor, ahora vagaban en el vacío.
—Papá… —su voz tembló.
Pero Lisandro no respondió. Él ya no la veía. Ya no sabía quién era ella.
Su memoria, su chispa, su conciencia… se habían ido.
Natalia sintió que el mundo entero se volvía más frío.
Nunca más volvería a verla.
Y, sin embargo…
Nunca olvidaría sus palabras.
La noche aún pesaba en el aire. El cielo, apenas iluminado por un reflejo pálido, no había dado paso a la claridad del día. Natalia despertó más temprano de lo habitual, como si su cuerpo hubiera entendido antes que su mente que el día que venía sería distinto.
Se levantó con lentitud. Afuera, el silencio aún gobernaba las calles. Caminó descalza hasta el pasillo y notó que la puerta de Consuelo estaba entreabierta.
No podía dormir.
Natalia se le acercó con la suavidad de una hermana mayor protegiendo a la menor.
—Consu, ¿estás bien?
—No puedo dormir —gruñó, irritada.
—¿Puedo hacer algo para ayudarte? —Le tomó la mano y la acarició con ternura.
Consuelo suspiró y desvió la mirada.
—No. No es nada —respondió con frialdad.
Pero Natalia conocía ese actuar. Esa barrera.
Sin decir más, se fue a la cocina. Preparó una infusión de hierbas en la taza preferida de Consuelo, esa que siempre reservaba para los días especiales. Encendió la lámpara de la mesita, dejó la bandeja de acero inoxidable sobre la cama y le pasó la taza con el calor envolviéndole las manos.
—Gracias —murmuró Consuelo, sorprendida.
Natalia la miró con una ternura inmensa.
—Quería agradecerte por todo lo que has hecho por mí. No tengo palabras. Te siento como una hermana. La que nunca tuve.
Consuelo la miró en silencio. Su postura rígida se suavizó.
—Lo siento —susurró—. He estado muy desagradable estos últimos días.
Natalia negó con una sonrisa.
—Es normal. Debe ser aburrido albergar a una mujer por casi tres meses.
Ambas rieron y, sin previo aviso, se abrazaron con fuerza.
—Te quiero, Consuelo.
—Yo también, Nati.
La calidez del abrazo se mantuvo unos segundos más. Luego, Consuelo se apartó levemente, con un suspiro.
—Lamento anteponerme ante tus problemas. A veces, necesito privacidad.
—No es necesario disculparse —aseguró Natalia.
Pero Consuelo ya la miraba con una seriedad inusual.
—¿Estás conociendo a alguien? —preguntó.
Natalia frunció el ceño.
—No. ¿Por qué lo preguntas?
Consuelo desvió la vista y jugó con la cucharita dentro de la taza.
—Nada. Solo necesito mi espacio privado.
Natalia no insistió. En su lugar, besó su mejilla suavemente, como a una niña pequeña.
—Entiendo. Lo tendrás. He empezado a buscar casa. No creo que tenga muchos problemas para encontrar algo.
La luz tenue del velador le iluminaba el rostro como un consuelo silencioso.
—Me quedé un tiempo más de lo esperado porque necesitaba sentirme protegida. Tenía miedo de caer en lo mismo… tú sabes.
Abrazó sus propios brazos, como si intentara sostenerse a sí misma.
—No tengas miedo —murmuró Consuelo—. El no decidir por tu vida te da una falsa sensación de seguridad. Pero te puedes quedar encerrada en esa prisión toda la vida.
Natalia la miró con atención.
—Busca esa valentía que quieres esconder de ti —continuó—. Tú solo te necesitas a ti y a nadie más. No te sigas haciendo más daño. Ya aprendiste la lección.
Las palabras la golpearon con dulzura. Natalia sintió un nudo formarse en su garganta.
—Gracias, Consuelo.
Consuelo se encogió de hombros y, por primera vez en semanas, sonrió con una pizca de diversión.
—Ojalá yo pudiese tener una experiencia. Si tienes algo por allí… —hizo una pausa, tomó aire y se lanzó— …mujer o trans… ¡Compárteme a alguien!
Natalia parpadeó, sorprendida. No por el contenido de la confesión, sino por la fragilidad con la que fue pronunciada.
—Eso… eso no lo sabía.
La cara de Consuelo se contrajo, como si esperara un juicio.
—¿Me vas a juzgar como los otros?
Natalia tomó su mano con fuerza y la miró con una determinación inquebrantable.
—¡¿Cómo se te ocurre?! Jamás lo haría. Tú sabes que yo también he estado con chicas. No tengo cara para decirte algo. Y aunque no lo hubiera hecho, tampoco lo haría.
Consuelo exhaló con alivio. La tensión en su rostro desapareció poco a poco.
—Con quién estés, eso no importa. No estás haciendo algo malo. No has robado, no has matado a nadie. Solo estás compartiendo un espacio con alguien.
Entonces, Consuelo le devolvió la mirada con una intensidad que Natalia no esperaba.
—Esas palabras también debes escucharlas tú.
Natalia sintió el peso de la verdad en su pecho.
La habitación quedó en silencio. Solo la tenue luz del amanecer iluminaba los rostros de ambas, como un presagio de un nuevo ciclo.
Consuelo suspiró y le dio un leve empujón en el brazo.
—Eres una persona magnífica. Ve. Adelante.
Natalia le sonrió con un cariño inmenso.
Y entonces, se levantó para empezar un nuevo día.
El viernes de esa semana, Natalia logró conseguir un sobrecupo en psicología. La sesión estaba programada para las 09:00 horas, lo que le dejaba un margen escaso, pero suficiente, para prepararse.
Esta vez, a diferencia de la última ocasión, quería verse hermosa de la manera más simple posible.
Eligió un vestido floreado en tono verde agua, etéreo y ligero. Su maquillaje era casi imperceptible, un rubor suave que apenas resaltaba sus pómulos, unos labios teñidos con un color palo rosa que combinaban con el pin de flores que sostuvo un costado de su cabello. El otro lado lo dejó suelto, en una caída delicada que enmarcaba su rostro. Sus uñas, tacones y accesorios se alineaban en un juego armónico de colores naturales y femeninos.
No buscaba la seducción, ni la coquetería. Solo quería sentirse ella.
Al acercarse la hora, Natalia emprendió rumbo en su vehículo rojo. Pero antes de encender el motor, tomó el celular y escribió un mensaje.
—¡Te extraño con toda mi alma!
Era para Daniel.
No esperó respuesta. No podía permitirse titubear.
Al llegar a la consulta, Néstor Paz la esperaba dentro del box, revisando su ficha en la pantalla del computador. Ni siquiera levantó la vista cuando su voz cortó el silencio.
—No debes alejarte más.
El comentario la descolocó. Sonó demasiado personal, demasiado directo. Como si él supiera más de lo que ella misma comprendía.
Néstor alzó la mirada y añadió con serenidad:
—Y este mismo consejo que aplica para la terapia… también es válido para tu relación. ¿Estás segura de que quieres volver con él?
Natalia sintió un nudo formarse en su estómago.
—S-Sí…
Pero su respuesta fue más un reflejo que una certeza.
Néstor no se mostró complacido con la respuesta automática. Se inclinó ligeramente sobre el escritorio y presionó con firmeza:
—Parece que necesitas sentir presión para actuar. ¿Por qué siempre esperas a que eso suceda?
El golpe la tomó desprevenida.
Natalia no respondió de inmediato. Sintió que esa simple observación revelaba algo mucho más profundo de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Siempre… siempre hago lo mismo —susurró, bajando la mirada.
—Eso puede servirte en el trabajo. Tal vez incluso en cosas menores del día a día. Pero ¿qué pasa cuando esto se trata de lo que realmente importa?
Néstor dejó la pregunta flotando en el aire. No quiso intervenir más.
Natalia sintió la necesidad de moverse. Se levantó de la silla y comenzó a caminar por la habitación, como si buscar una respuesta en el movimiento le ayudara a pensar mejor.
Pero la respuesta no llegaba.
El psicólogo miró el reloj. Podría haber intervenido, pero en ese instante, supo que el silencio era parte del proceso.
Dos minutos. Cuatro minutos.
Finalmente, Natalia se detuvo frente a la ventana y dejó escapar una risa amarga.
—No lo sé.
El psicólogo exhaló con suavidad y habló con la misma calma con la que alguien desenreda un nudo.
—Parece que hay un patrón. Mi impresión es que te postergas constantemente. ¿Te suena familiar?
El escalofrío que recorrió la espalda de Natalia le dio la respuesta antes de que pudiera verbalizarla.
—… Sí —susurró.
—Ahora, déjame hacerte otra pregunta. Puedo equivocarme, pero si estoy en lo cierto, creo que necesitas escucharlo en voz alta.
Natalia se giró lentamente hacia él.
—¿Es posible que hayas evitado venir porque aún no puedes responder la pregunta más importante?
—¿Qué pregunta…?
Néstor apoyó los codos sobre la mesa y la miró con una intensidad paciente.
—¿Por qué quieres volver con Daniel?
El silencio fue atronador.
Natalia sintió cómo las piezas dentro de su cabeza crujían y se desmoronaban.
Hasta ahora, había pensado que el motivo era obvio.
Pero, ¿lo era realmente?
La terapia se había convertido en una pausa, un refugio. Un lugar donde podía hablar de la reconstrucción sin enfrentar lo que implicaba.
No estaba preparada para confrontar su relación. No estaba preparada para confrontarse a sí misma.
Y lo peor… era que ya no quedaba más tiempo para evadirlo.
Néstor la observó con atención, notando el torbellino en su expresión.
—Natalia…
Ella lo miró, como una niña a punto de confesar una travesura.
—Estoy perdida otra vez.
La sesión transcurrió en un monólogo entrecortado, donde Natalia intentó explicar lo inexplicable. Había fragmentos de verdad en sus palabras, pero ni siquiera ella podía ensamblarlos con precisión.
Cuando el reloj marcó el final de la hora, Natalia sintió que no había avanzado en nada.
Suspiró y se llevó una mano al rostro.
—Siento que… desperdicié la sesión.
Néstor sonrió con suavidad.
—Porque hablaste más de ti que de tu relación, ¿verdad?
Ella asintió con una mueca de vergüenza.
—Natalia, ¿sabes qué pienso? Que eso significa que fue una sesión más productiva de lo que crees.
Ella frunció el ceño.
—Tienes que dedicarte más tiempo.
La idea tenía sentido, pero chocaba con todo lo que su corazón le gritaba.
—Pero… Daniel…
—Te entiendo. —Néstor entrelazó las manos sobre la mesa—. Solo que hay algo que no puedes seguir ignorando.
Natalia lo miró, expectante.
—No puedes seguir postergando esto. No puedes seguir esperando que el tiempo haga el trabajo por ti.
Natalia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Si no hablas con él ahora, podrías estar perdiéndolo.
El latido en sus sienes se intensificó.
—Él no puede esperarte toda la vida.
La mujer sintió el peso de esas palabras aplastarla.
—Pero… no estoy lista.
—Nunca lo estarás del todo.
Las manos de Natalia se crisparon sobre su regazo.
—Tengo miedo.
—Es natural.
Ella tragó saliva con dificultad.
—Si le cuento todo… lo que hice, lo que fui durante estos años… lo voy a perder.
Néstor la miró con paciencia, pero también con determinación.
—Si le cuentas todo, tendrás la oportunidad de ver si está dispuesto a perdonarte. Si no le cuentas, solo prolongarás una incertidumbre que te va a consumir.
Ella cerró los ojos, sintiendo el abismo abrirse bajo sus pies.
—Y… ¿qué le digo?
—Dile lo que tengas que decir.
Natalia sonrió. No era una sonrisa feliz. Era la sonrisa de alguien que se prepara para enfrentar una guerra.
Se puso de pie con un suspiro tembloroso.
—Voy a llamarlo.
Néstor le extendió la mano con un gesto de respeto.
—Me alegra escucharlo.
Natalia la estrechó, sintiendo que con ese simple contacto firmaba el primer paso de un camino del que ya no podía escapar.
Salió de la consulta con una sola certeza:
Si Daniel estaba dispuesto a escuchar, entonces debía estar lista para hablar.
El teléfono vibró en su mano. Nada.
Sin mucha elaboración, Natalia lo intentó una segunda vez, antes de que el miedo absorbiera su aire de valentía.
Nada.
Un tercer intento. Esta vez, dejó el tono de llamada sonando, rogando en silencio por una respuesta. Cada timbre le sonaba más prolongado que el anterior.
Definitivamente, Daniel no contestó.
La desesperación comenzó a agitar su pecho. Movió el volante con los dedos, nerviosa, jugando con el anillo en su mano como si fuera un amuleto inútil.
Sin pensarlo demasiado, condujo.
Las calles la guiaron hasta un café cerca del trabajo de Daniel. El café. El mismo al que solían ir después de largas jornadas laborales, cuando los días pesaban sobre sus espaldas y solo querían sentirse juntos.
Bajó del auto y entró.
—Un chocolate caliente. Sin azúcar ni estevia.
El mesero la miró de reojo, reconociéndola.
—Como siempre.
El recuerdo del pasado la envolvió con una calidez incómoda. Como si estuviera intentando envolverse en una manta vieja, pero demasiado áspera.
Se sentó en la mesa de siempre, en la esquina junto a la ventana, y envolvió la taza con ambas manos. El calor de la porcelana la ancló a la realidad.
El celular vibró.
«Natalia, estoy en reunión».
Sus dedos se crisparon alrededor del asa.
Un pequeño respiro de alivio. Al menos, la había leído.
Cada sorbo de su bebida le sirvió para ensayar mentalmente lo que tenía que decirle. Pero no encontraba las palabras. ¿Qué se dice cuando sabes que no hay manera de arreglar el pasado?
Cuando el chocolate se enfrió, lo supo: No hay discurso que convenza cuando la verdad es más cruel que la mentira más piadosa.
Se armó de valor y marcó su número nuevamente.
—Natalia, lo lamento. No pude contestarte. ¿Estás bien?
Su voz. Aún la alteraba.
—Sí. O sea… no. No me escuches. Estoy bien. No pasa nada —respondió con un resoplido.
Respira.
—Solo necesito hablar contigo. ¿Me concedes cinco minutos? Estoy cerca. En el café donde siempre nos veíamos.
Daniel titubeó.
—Estoy un poco complicado, pero quiero verte. No puede ser ahora. ¿Podemos reunirnos más tarde?
El corazón de Natalia latía tan fuerte que sentía que podía escucharlo en el silencio de la llamada.
—Hay un lugar donde siempre quisiste ir —susurró—. Papallacta. Me lo mencionaste muchas veces. Nunca fuimos.
Nunca pudimos.
Daniel instaló un silencio incómodo.
Su mente trabajaba rápido. Podría ser una oportunidad.
O una despedida.
La tentación se deslizó entre su incertidumbre. ¿Sería un reencuentro para reclamar lo que alguna vez fue suyo?
—No quiero que te sientas comprometido… —añadió ella con suavidad—. Quiero decirte todo lo que ha pasado.
El hombre al otro lado de la línea suspiró, su exhalación pesando como una advertencia.
—Natalia, tengo miedo de esto. De lo que tienes que decirme.
La esperanza se resbaló de sus dedos.
—Sin embargo… necesito cerrar este ciclo.
Silencio.
Un último hilo de oxígeno.
—Nos vemos esta tarde después del trabajo.
Su respiración se entrecortó.
—Yo invito la estadía.
—Está bien.
—Gracias, Dani.
Colgó.
La certeza de que estaba a punto de enfrentarse a un umbral irreversible la golpeó de lleno. No era un juego. No era una fantasía.
Era ahora o nunca.
Y, de alguna manera, su cuerpo lo supo antes que su mente.
Sin darse cuenta, pasó más de una hora preparándose para él.
Se duchó lentamente, dejando que el agua arrastrara consigo cada emoción enredada en su pecho. Se exfolió la piel con esmero, se untó crema en cada rincón, se perfumó con la fragancia exacta que él siempre reconocía en su cuello.
Eligió una polera verde corta, dejando su ombligo al descubierto. Leggins deportivos que abrazaban cada línea de su cuerpo, sin ser excesivos. Algo cómodo, algo atractivo, pero no provocador. Prendas que quedaron sobre la cama.
Pero su cuerpo no mentía.
No quería lucir hermosa.
Quería ser suya.
La necesidad la invadió sin permiso, un deseo que llevaba semanas acumulándose en su interior. Se tendió sobre la cama, en penumbra, dejando que su mente lo llamara antes de que sus labios pronunciaran su nombre.
Daniel.
Sus dedos recorrieron su abdomen, bajando con lentitud, trazando el mismo camino que él conocía tan bien.
Daniel.
La humedad entre sus piernas la hizo estremecer.
No eran solo recuerdos. Era su cuerpo rogando por él viendo a su marido tal como si fuese un tótem de la sensualidad**.**** **Una verdadera deidad.
Apretó sus muslos, ahogando un gemido contra su propia palma.
En su mente, sintió su peso sobre ella. Su respiración caliente contra su piel. Sus manos explorando cada curva, cada pliegue que respondía solo a él.
Su lengua, su boca, su presión. Su miembro erecto. Todo dentro de sí.
Se arqueó con desesperación, buscando con sus dedos lo que solo él podía darle.
Su otra mano se deslizó hasta su pecho, apretando su aureola caliente.
El placer la envolvió como una ola, llevándola desde el cielo hasta el borde del abismo.
Y cuando su espalda se tensó y la electricidad recorrió cada fibra de su ser, dejó escapar su nombre en un jadeo, suave, quebrado.
Daniel.
Silencio.
Cuando la tormenta en su cuerpo se disipó, supo que no había vuelta atrás.
Se limpió. Se vistió. Tomó su bolso y salió.
En el umbral de la puerta, Consuelo le dedicó una última mirada.
—Mucha suerte —susurró con un tono de advertencia.
Natalia le sonrió, sin saber si era en agradecimiento o despedida.
Subió al auto.
El camino a Papallacta ya estaba trazado.