Entre Amores y Abismos

Ritual de la Transformación

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
Espacio opcional para una imagen de capítulo.

Ritual de la Transformación

Natalia condujo hacia la casa de Daniel. Su antigua casa.

La ansiedad la carcomía desde lo más profundo de su interior. Por más fuerte que pusiera la música, su consciencia la silenciaba. Su mente era un torbellino, lanzándole preguntas sin respuesta.

¿Qué le diría? ¿Cómo iba a comenzar?

No lo sabía. No tenía un plan.

Solo tenía el impulso de la caída libre.

Las calles por las que solía transitar le devolvieron una sensación de familiaridad agridulce. Ese barrio hermoso, rodeado de bosque selvático y casas aisladas, seguía igual que siempre. Pero ella no.

Y tampoco lo estaba Daniel.

Él también estaba nervioso. Había pasado casi un mes desde la última vez que se vieron, desde aquella noche en la que todo parecía una posibilidad incierta. Ahora, mientras daba vueltas por el pasillo de su casa, intentaba armar su bolso con ropa sin ningún propósito claro.

No estaba seguro de qué hacer con sus propias manos. O con sus emociones.

Parte de él consideraba vestirse bien, presentarse atractivo, mostrarle a Natalia lo que había perdido. Otra parte, más desconfiada, le susurraba que no debía darle la oportunidad de engatusarlo otra vez.

¿Vendría con una intención honesta? ¿O solo quería retenerlo un poco más en su órbita?

Su pecho se comprimió con esa duda.

Y entonces sonó el timbre.

Daniel se paralizó. El sonido rebotó en sus costillas como un eco interminable. Podría haber revisado la cámara del citófono, pero no lo hizo. Se dirigió a la ventana y, con un nudo en la garganta, miró hacia afuera.

Era ella.

Durante unos segundos—que a él le parecieron eternos—se quedó quieto, como un niño asustado. Luego, con un suspiro profundo, se armó de valor y abrió la puerta a distancia.

Salió a su encuentro.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

El crepúsculo, que rara vez se filtraba con claridad a través del follaje denso, proyectó sobre ellos un fulgor irreal. La luz violeta de la tarde iluminó a Natalia con suavidad etérea, mientras que a Daniel lo envolvió un resplandor rojo anaranjado.

Por un momento, ambos parecían figuras esculpidas en un cuadro de otro mundo.

Se detuvieron frente a frente.

Se observaron en silencio. Eran distintos.

Había algo familiar en sus rostros, pero al mismo tiempo, una distancia innegable. El tiempo los había transformado.

—¿Estás bien? —preguntó él con voz baja.

Natalia sonrió, marcando una línea tenue alrededor de sus mejillas. No respondió con palabras. En lugar de eso, se lanzó a sus brazos.

El abrazo fue fuerte. Sincero. Cargado de memorias.

Los dedos de Natalia se deslizaron suavemente por la espalda de Daniel, despertando en él sensaciones olvidadas. La nostalgia lo golpeó.

Era como cuando todo estaba bien entre ellos. Cuando no existían grandes problemas.

Daniel cerró los ojos y besó su mejilla con ternura. Natalia respondió con un gesto similar, casi rozando sus labios.

Por un instante, Daniel pensó en rendirse. Dejarse llevar.

Dejarla entrar otra vez.

Pero Natalia lo detuvo.

—¿Realmente quieres ir más allá? —preguntó en un susurro.

Su mirada estaba llena de ternura, pero también de algo más. Perdón.

Daniel respiró hondo. Recuperó su tesitura. No debía dejarse llevar solo por el impulso.

Tomó aire y reunió el coraje para decir lo que lo incomodaba.

—Natalia… estoy interesado en otra persona.

Su confesión cayó entre ellos como una roca en un lago.

Una fuerte contracción respiratoria sobrevino en el pecho de Natalia.

Lo sintió.

Sintió que Daniel estaba en un proceso de partida.

Las lágrimas brotaron de inmediato, sin que pudiera contenerlas. Pero algo extraño ocurrió.

Con ellas rodando por su rostro, sonrió.

—Daniel… —su voz se quebró—. Me has sorprendido.

Daniel inclinó la cabeza, arqueando una ceja. No entendía su reacción.

—Pese a lo que yo te hice —continuó Natalia, con la voz entrecortada—, has sido transparente. Has sido claro conmigo, diciéndome que quieres conocer a alguien más.

Se pasó los dedos por la cara, limpiando sus lágrimas con delicadeza.

—Tal vez esperaba un acto más deshonesto de tu parte. Esperaba enterarme que me estabas engañando. En el fondo de mi corazón… el castigo era algo que deseaba.

Hizo un pequeño chasquido con los labios, como quien comprende una ironía cruel.

—Pero no fue así. Me has demostrado tu virtud en este acto de sinceridad. Eres mejor que yo, Daniel. Tengo mucho que aprender de ti. Estoy agradecida de haberte conocido.

Daniel sintió una punzada en el pecho.

No quería que Natalia se sintiera menos.

—Tú no eres inferior —dijo con seriedad—. Eres otra persona con tus propias dificultades. Muchas de ellas las conozco. Pero tú también me has ayudado a llegar aquí.

Natalia lo miró intensamente, con una mezcla de respeto y amor.

—Daniel… eres tan… tan lindo. Puedo ver tu triunfo interior. No te has dejado llevar por tus emociones. Eres fuerte.

Le tomó las manos y entrelazó sus dedos con los de él.

Daniel sintió su pulso acelerarse. Apretó su agarre.

—Natalia… no sé cómo actuar. No es que esté con esta chica aún. Quiero intentarlo, pero… ahora que te veo, siento ese impulso.

La tensión creció entre ellos.

—Busco olvidarme de lo que pasó ese día y, si ha pasado algo más… creer que no sucedió.

Natalia respiró hondo, con un temblor recorriendo su cuerpo.

—Daniel, yo… —vaciló—. Lo que tengo que decirte es crudo. Sé que no te gustará.

Cerró los ojos por un momento antes de continuar.

—Al igual que tú, también comparto ese impulso. Quiero que pase algo entre nosotros. Quiero tener esa oportunidad.

Intentó soltar sus manos, pero él no la dejó.

Se aferró con más fuerza.

—No quiero ser egoísta —susurró Natalia—. Si tu corazón dice que quieres cerrar este ciclo, o si tienes un pacto con ella, lo entenderé.

Daniel la miró intensamente.

—¿Y si no?

El aire se volvió intenso.

Los corazones de ambos se aceleraron.

Una arritmia era un término escueto para describir lo que ocurría dentro de ellos.

Natalia respiró profundamente y cerró los ojos un instante, como quien se entrega al destino.

—Haz lo que tu corazón te dicte —susurró—. Yo ya sé lo que el mío desea.

Daniel la contempló en esa ropa informal deportiva. No era la Natalia despampanante a la que solía estar acostumbrado. Aquella que pasaba como si tuviera una estela que obligaba a girar las cabezas.

No.

Esa Natalia era la auténtica, la que había conocido antes de todo. Antes del descontrol. Antes de la distancia.

Algo primitivo lo impulsó a acercarse. Como un espectro atraído por la luz de un fuego prohibido, avanzó hacia ella, eliminando cada milímetro de espacio que los separaba hasta que no quedó aire entre sus cuerpos.

La besó.

Ella se dejó consumir.

El ocaso tapizó las afueras de la casa con sombras largas y etéreas. El aire se volvió frío, obligándolos a moverse al interior sin romper el beso. Ni por un instante.

Algunos eran hambrientos. Otros, lentos y contemplativos. Como caricias en forma de labios. Daniel alternaba entre su boca y su frente, depositando besos cargados de protección, de un anhelo que nunca murió del todo.

Natalia se apartó apenas lo suficiente para tomar sus manos y besarlas con devoción. Para ella, en ese momento, Daniel no era solo un hombre. Era un ser amado. Era una divinidad hecha carne.

Entonces lo besó con intensidad, deslizando su lengua con maestría, explorándolo con la precisión de quien ha memorizado cada detalle, cada sabor. A ratos, sus lenguas se buscaban, entrelazándose en un juego de reconocimiento y olvido. Mientras, su mano se deslizaba por la espalda de Daniel, redescubriendo esa estructura que había sido su refugio.

Las manos de él también viajaban. Descendían con firmeza por su espalda, deteniéndose en ese punto medular donde su silueta se curvaba, explorando con los dedos ese relieve que lo volvía loco. Sintiendo el cóncavo, la calidez de su piel a través de la ropa. Bajó más. Encontró ese trasero firme y perfecto. Lo sostuvo con hambre y devoción.

Un pensamiento cruzó su mente como un latigazo. ¡Cómo podía existir tanta belleza en un cuerpo tan pequeño!

Su atracción explotó en su pecho como un incendio. La deseaba. Su aura lo embriagaba.

Antes de que sus cuerpos siquiera se despojaran de las barreras de tela, sus almas ya estaban haciendo el amor con fiereza.

Los pechos de Natalia se agitaban con cada impulso, cada roce, cada colisión etérea. El espectro de Daniel se fundía con el suyo, penetrándola más allá de lo físico. Ambos se estremecieron en un orgasmo de apertura.

Las esencias viajaban entre ellos, invadiendo y regresando, en un intercambio que trascendía la carne.

Pero no tenían prisa.

Natalia, con un destello de picardía en sus ojos, dejó que su mano descendiera por el cuerpo de Daniel hasta hallar su dureza. Lo masturbó por encima de la tela, sintiendo su tensión bajo la palma.

—Es hermoso. Siempre me ha gustado —murmuró, contemplando la silueta prominente de su erección.

Daniel la besó con más intensidad. Como si sus labios pudieran tatuar su deseo en su piel. Como si cada beso pudiera atraparla en ese instante para siempre.

Luego la tomó con firmeza por las caderas, deslizando sus manos por sus muslos. Dios, cuán anchos eran. Cuán excitantes. Cuán perfectos.

Sin dejar de besarla, respondió al fuego que ella encendía en él. La tocó por encima de la ropa, sintiéndola, memorizándola. La palpó con la precisión de quien conoce cada detonador de placer en su cuerpo.

Su toque fue fuerte, pero no rudo. La presión exacta que sabía que la haría temblar.

Natalia aceleró el ritmo de su mano sobre él. Daniel, en respuesta, atrapó su pecho con su palma, jugando con él sobre la tela.

«Poséeme», suplicó ella en silencio.

Daniel sintió su urgencia y la atrapó entre sus manos. Pellizcó su piel sobre el brasier, justo como ella había deseado durante toda la tarde. Pero no era suficiente.

Natalia bajó los tirantes, deslizando la tela con impaciencia. Queriendo sentirlo sin obstáculos.

Y luego tomó el control.

Removió el bóxer de Daniel apenas lo suficiente. Lo justo para deslizar su mano y obtener lo que quería.

Un poco de su esencia.

La llevó a la boca y la probó, cerrando los ojos.

Era como probar el jugo prohibido de la manzana del Paraíso.

Daniel observó con el aliento contenido cómo ella repetía la acción. Una y otra vez. Como si estuviera bebiendo el néctar de un fruto del Edén.

El fuego se encendió con furia.

Natalia liberó su propia humedad. Se sintió, se notó. Daniel lo percibió en su pantalón, la evidencia de su deseo humedeciéndolo.

Y quiso poseerla en todos los sentidos.

Deslizó su mano entre sus piernas, frotándola con intensidad. Sintiendo su calor, la esencia de su excitación impregnando sus dedos.

Se los llevó a la nariz y aspiró.

El aroma era un hechizo. Un conjuro. Orquídeas en el fragor del pecado.

El efecto biológico y químico los encadenó en la siguiente dimensión de pasión.

La frontera de la resistencia se estaba evaporando.

El abismo de placer los llamaba.

Y estaban listos para saltar.

Marcharon hacia la cama. Ese espacio donde todo había comenzado. Donde él la había encontrado infraganti. Donde le había dicho que se fuera.

Hoy habían vuelto allí.

A intentar enmendar. A comunicarse en un idioma que solo los enamorados podían comprender.

Daniel la guio con una suavidad simbólica, sosteniéndola de la mano todo el tiempo, como si temiera que la conexión pudiera romperse en cualquier momento. La depositó en la cama con un gesto que no era solo de deseo, sino de reverencia. Natalia estaba hipnotizada por aquel trato tan dulce.

Sus espíritus se perfundieron por toda la habitación, envolviéndolos en un ambiente fuera de este mundo, con un misticismo puro de los altares. No había velas, solo las dos tenues luces de pared, cuya luz amarilla generaba una fotografía viviente de dos almas en tono sepia.

Una imagen mucho más verdadera que cualquier otra.

El encuentro de ambos se dio en un cálido despojo de toda ropa que cargaban. Sus prendas quedaron en el suelo, como testigos mudos de lo que estaba por ocurrir.

Daniel deslizó sus dedos por la parte posterior de su cabeza, masajeando con presión exacta los costados de su nuca. Natalia sintió un estremecimiento recorrer su espina dorsal, como si su piel hubiese captado una corriente invisible. Algo sobrenatural intervino.

Ella se inclinó hacia él desde la cama y le dio un beso tupido, un beso que se mantuvo efímero y eterno. Y pronunció:

—Te lo agradezco desde lo más profundo de mi alma.

Las palabras flotaron en el aire, dejando tras de sí una sensación de gratitud absoluta. Daniel la observó con ojos que contenían memorias de una década juntos.

Entonces Natalia descendió.

Se deslizó bajo él, recorriéndolo con besos por el pecho que había sido su refugio, la cámara donde su cabeza había reposado incontables noches. Lo probó. Su piel era distinta. La piel de un hombre.

Daniel tenía la gentileza y el aplomo de un adulto. No era un niño como los otros. Natalia lo sabía.

Él prevalecía sobre cualquier otro. Nunca había tenido comparación. Y era una lástima lo que había ocurrido entre ellos.

Lo disfrutó. Permaneció ahí. Se permitió saborear el instante.

Y luego bajó más.

Descendiendo por su abdomen, recorriendo con la boca ese sendero perfectamente delineado por la naturaleza.

Daniel se giró de costado, entregándose, permitiéndole a ella acceso a sus muslos. El ventanal estaba abierto. Las cortinas no cubrían la escena.

Poco importaba.

Natalia quería entregarse y recibir con calma.

Tomó con propiedad lo que deseaba. Sabía que ya no le pertenecía como antes. Su piel la llamaba a reclamarlo.

Apegó su lengua a aquel saco de vida donde ambas olivas se movían con el sutil ritmo de la circulación. Lo acarició con devoción, con la veneración de quien toca un objeto sagrado.

Dejó escapar su aliento. Sintiendo la tentación de escupir aquella tensa asta, pero se contuvo. No era un objeto de deseo. Era un estandarte que merecía enaltecimiento.

Y lo alabó.

Cada caricia de su boca era una oración. Sus labios, un rezo ardiente. Sus papilas gustativas captaban una textura que la cautivaba.

Daniel podía leer cada palabra de aquel ritual en sus movimientos.

Se sintió bendito.

Cuando ambos cuerpos estuvieron suficientemente ungidos en el elixir de su pasión, se miraron. No hubo palabras. Solo sabían.

Era el momento.

El momento de iniciar el Ritual de la Transformación.

Natalia volvió a su posición y Daniel se erigió ante ella. Se colocó sosteniéndola desde sus piernas, llevándolas hacia sus hombros con una suavidad calculada.

Se posicionó ante su amante y esposa, encontrando el ángulo perfecto para ir removiendo esos labios que cubrían lo más íntimo de ella.

El contacto se produjo.

Un profundo mutismo reinó. Solo el sonido de los tejidos deslizándose interrumpía la quietud. Ellos escuchaban cada fracción de segundo, cada mínimo detalle del encuentro.

Y entonces, un suspiro compartido.

La entrada fue perfecta. Un rey había regresado a sus tierras. Un trono lo aguardaba, y Natalia se arqueó para recibirlo.

Con la voz entrecortada, quiso expresarse con total sinceridad.

—Amor… desde aquel día, solo has sido tú. Aprendí lo equivocada que estaba.

Daniel avanzó hasta el centro donde ya no pudo continuar porque sus pieles se habían adherido, sellándose con el calor del reencuentro.

—¡Aahhh! — gimió ella, entregándose por completo.

Un diminuto, pero significativo instante nació en Daniel. Por primera vez, se permitió creer en sus palabras. No las puso en duda. No titubeó. Supo que Natalia decía la verdad.

—Todavía mi corazón llama tu nombre… todas las noches.

Embistió.

Lo hizo con fuerza, como una respuesta física a sus palabras. Una afirmación silenciosa.

—¡Aaaahhhhh, mi vida! — Natalia apenas logró contener la respiración. —Quiero que seas el hombre más feliz. Sea quien sea quien tenga esa labor bendita, que te haga muy feliz.

Sus piernas se tensaron, envolviéndolo, jalándolo con ella, impulsándolo a seguir.

—Y yo también deseo que tú seas muy feliz— respondió él, intensificando el ritmo.

Ella se arqueó ante la embestida, dejando que el placer la inundara. La sanación llegaba a su cuerpo. Las heridas de antaño se diluían en cada movimiento.

—Soy una tonta enamorada…— su voz era un susurro roto entre la pasión. —Estoy rogando con mi vida tener esta oportunidad. Soy una egoísta que está suplicando ser esa persona que te haga feliz. Te lo mereces. Mereces todo, mi amor.

Golpearon sus cuerpos, nuevamente.

—Mereces sanar— respondió Daniel, acompasando su salida con sus palabras.

—Mereces que te amen con respeto y devoción— susurró ella, jalándolo de vuelta, hundiéndolo en su ser con la misma intensidad.

—Que admiren lo hermoso de tu alma, tu simpatía, tu entusiasmo… más allá de tu belleza externa— continuó él, acelerando el ritmo, perdido en su propio éxtasis.

—Que te escuchen. Que valoren eso tan hermoso que siempre he visto en ti desde el primer instante…— jadeó ella, tomándolo con firmeza por las nalgas, arrastrándolo con desesperación.

—¡Aaaahhh! — Daniel gimió con una profundidad bestial. —Cielo… quiero que te sientas plena. Que puedas ser tú.

—¡Quiero que ambos sanemos! — Natalia logró decir entre alaridos y suspiros.

—¡Quiero que ambos encontremos la felicidad plena! — exclamó Daniel.

Y entonces, el clima silencioso se disolvió en el eco de sus voces. El hermoso coro angelical y bestial de ambos se convirtió en una melodía de amor y deseo.

Las contracciones llegaron. Los temblores estallaron en ambos cuerpos, acompasados, sincronizados. Vibrando en la misma frecuencia.

Daniel se entregó por completo a ella. Depositó todo lo que era, todo lo que tenía, todo lo que sentía.

Natalia lo absorbió todo. Lo recibió con devoción, con entrega absoluta.

Y luego, una sonrisa compartida.

Un abrazo, profundo y eterno.

Ese deseo que los superaba, más grande que cualquier definición de amor escrita por poetas o filosofía, era una tríada perfecta:

Romance, la mente.

Deseo, el cuerpo.

Pasión, el alma.

Dos cuerpos entrelazados. Dos almas ardiendo en un fuego sublime. Un amor lo suficientemente poderoso para mantener las heridas a raya por un par de horas más.

En la penumbra, intercambiaron miradas. Tiernas sonrisas. Besos en los dedos, en los labios, en las mejillas.

Se rozaron las narices. Apretaron sus frentes juntas.

Gracias.

Lo dijeron al mismo tiempo.

Sin querer, se durmieron unas horas.

La noche cayó en un absoluto silencio, envolviéndolos en su manto oscuro.

Cuando Daniel despertó, se encontró con los ojos de Natalia sobre él. Lo observaba como si fuese un ángel dormido. Su expresión no contenía culpa ni tristeza. Solo ternura.

Sus dedos viajaban por su cabello como si fuesen cuerdas de un arpa invisible. Cada mechón le susurraba una nota en su imaginación.

—Me quedé dormido. Perdón. Debe ser tarde.

Ella sonrió, sin prisa, sin exigencias.

—No te preocupes. Disfrútalo.

Daniel la observó un instante, sintiéndose envuelto en una extraña paz. Algo en su interior ya no luchaba como antes.

—¿Quieres ir a Papallacta, todavía?

Natalia deslizó los dedos por su rostro, como si quisiese memorizarlo con el tacto.

—Me siento un poco culpable contigo. Pero, sí. Quiero ir. Siempre quisiste verlo. Y yo quiero ver las estrellas contigo, aunque sea un momento.

Daniel entrelazó su mano con la de ella.

—Levantémonos.

—¿De verdad? —preguntó ella, sorprendida.

—Vamos.

Ambos se levantaron y compartieron una ducha caliente.

El agua cayó sobre sus cuerpos como un velo purificador. Se acariciaron, se enjabonaron con ternura, se rieron en un juego infantil donde sus cuerpos se exploraban con complicidad. Y entre el vapor, volvieron a hacer el amor con una dulzura distinta, sin la urgencia anterior.

Daniel posó las caderas de Natalia en el ángulo perfecto para entregarse con la fuerza más profunda que le quedaba.

El agua corrió por sus pieles, arrastrando el cansancio. Pero cuando salieron, ambos estaban medianamente exhaustos.

Daniel tenía sueño, pero su decisión se mantuvo firme.

Natalia se ofreció a manejar.

Daniel se acomodó en el asiento del copiloto y, mientras el auto avanzaba por la carretera, el sueño comenzó a vencerlo. Antes de sumergirse en la inconsciencia, susurró:

—Creo que ya me siento preparado para escuchar lo que quieres decirme.

Natalia sintió un nudo en la garganta. Ese momento, que antes había sido un abismo de miedo y culpa, comenzaba a perder parte de su aspereza. Se sintió más segura. Más acompañada.

Empezó a creer que no sería juzgada como temía.

Daniel cayó dormido. Su rostro se relajó y su respiración se hizo pausada.

Natalia manejó en silencio, con una sonrisa leve. Después de pasar los cambios, posó su mano sobre la de él.

—Gracias por darme tu apoyo —susurró—. Creo que yo también estoy lista para poder sacar mi voz.