Entre Amores y Abismos

El Peso de la Verdad

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
Espacio opcional para una imagen de capítulo.

El Peso de la Verdad

Una radio sonaba suave, mientras la autopista se iluminaba intermitentemente con las luces de los vehículos. Un ligero resuello provenía de Daniel.

Lucía cansado.

Ella lo extrañaba en su vida. O, al menos, anhelaba a alguien que la acompañara en esas noches solitarias.

Natalia lo miraba de vez en cuando, aprovechando los tramos despejados del camino. Buscaba canciones que la hicieran recordar esa relación perdida.

Cerca de la una de la madrugada, encontraron aquel lugar cuya belleza permanecía oculta en la oscuridad. Luces amarillas iluminaban la fachada, acompañadas por el crujido de la gravilla bajo los neumáticos.

Daniel no despertó fácilmente.

Tuvo que ser ella quien lo despertara. Se sintió tentada.

Lo besó.

Entre sus ojos dormidos y su visión borrosa, él sintió algo muy familiar. Un olor conocido que añoraba. Daniel quiso prolongar la ilusión y le devolvió el beso.

Un "te amo" quedó escondido entre dos sonrisas apenas visibles en la penumbra.

Natalia realizó el check-in, mientras Daniel caminaba como un sonámbulo, guiado por ella.

—Señorita, las llaves. Es la cabaña 10. Está al fondo del terreno, junto al río. Es un lugar magnífico.

Era justo como Natalia lo había planeado. Un lugar con el que Daniel soñó durante tanto tiempo. Nunca supo por qué.

Reflexionó: «¿Por qué nunca se lo pregunté?». Ya no había espacio para arrepentimientos.

—Si lo desean, pueden acudir al desayuno entre las siete y las diez de la mañana en el salón contiguo.

—Muchas gracias, caballero.

—Esperamos que disfruten su estadía.

Natalia salió de la recepción y avanzaron unos metros más en el vehículo. Aunque el entorno seguía envuelto en la oscuridad, ambos intuyeron que se encontraban en un paraíso natural.

Al bajar, se tomaron de las manos.

—Espera, Nati. No quiero que este momento acabe.

Ella lo miró, sintiendo compasión por el agotamiento que él exhibía.

—Déjame estar contigo un poco más esta noche. Miremos las estrellas.

Natalia le respondió con un abrazo dulce. De inmediato fue por unas mantas del maletero y se acomodaron en una banca frente a la cabaña.

Tomados de la mano, comenzaron a conversar sobre todo lo que había sucedido en los últimos meses.

—Conocí a un tipo genial en un parque. Se llama Gabriel. Lo primero que hizo fue "acosarme".

—¡Jajajaja! ¿En serio?

—¡De verdad! Me miró de pies a cabeza.

—Es que es inevitable…

Ambos estaban fascinados con la conversación del otro.

—Consuelo es tan linda. Me cuidó durante mucho tiempo. Las primeras semanas fue un amor, pero con el tiempo sentí que empezó a cansarse.

—Es comprensible. Por más que sea tu amiga, también es su espacio.

—Sí. Tengo mucho que agradecerle. Planeo reunir algo de dinero e invitarla a una salida de fin de semana para compensarlo.

Daniel comenzó a comprender que Natalia también había emprendido un viaje de sanación, al igual que él.

—Hay otras cosas que quiero decirte. Pienso que mañana es el día adecuado. Cuando estemos descansados.

Una súbita angustia surgió en Daniel. Ella lo notó y lo abrazó. Ambos intentaron omitir el asunto por el momento.

—Hablemos de eso mañana…

—Sí… —ella respondió en un susurro.

El firmamento se volvía cada vez más intenso, como si intentara distraerlos de la incomodidad.

—Cuéntame, ¿qué aprendiste en este tiempo?

—La razón de mi vacío. Siempre estuve muy sola. Mi padre partió antes de que su cuerpo lo hiciera.

—Sí… Lamentablemente. Lo poco que llegué a conocerlo me hizo ver que era una gran persona. Me hablaba de su vida.

Él la envolvió en su regazo y continuó con un deseo imposible:

—¿Sabes qué me hubiera gustado? Que él estuviera en nuestro matrimonio. Verlo llevándote al altar. Se lo merecía.

—Me hubiera encantado verlo sonreír al entregarme a ti.

De pronto, él la miró y preguntó:

—¿Crees que eso nos hubiera unido aún más?

Ella meditó la respuesta, trazando líneas imaginarias entre las constelaciones.

—Las cosas habrían sido distintas si él hubiese estado presente. Cargué sobre ti una responsabilidad. Te hice mi esposo…

Lo miró a los ojos.

—… y también te hice mi padre.

Suspiró.

—Nunca fue tu responsabilidad. Tú no debías cuidarme. Yo fui la inmadura que se decepcionaba cada vez que no eras como él. Tú solo debías ser mi pareja.

Daniel comenzó a escuchar con mayor claridad el sonido del agua corriendo. Era el río. Un símbolo de que algo fluía mejor en él.

—Muchas veces sentí un peso que no me correspondía, pero nunca supe explicarlo. Ahora entiendo muchas cosas.

—Discúlpame por eso. Eres mucho más de lo que yo misma creí. Grande. Ese fue mi gran aprendizaje.

Él agradeció sus palabras con una suave sonrisa, aunque su energía se desvanecía. Aun así, hizo el esfuerzo.

—¿Y tú, Dani? ¿Qué aprendiste?

—Pues… que tengo una fuerza interior que me levantó de esto. El golpe. Esto…

Ella lo miró con pesar.

—La… infidelidad. Ese día. Verte ahí. Me desmoronó.

El dolor recorrió el torrente sanguíneo de Natalia como un veneno lento.

—No hay día que no me arrepienta. No hay noche que no llore.

Él respiró hondo y respondió con un aire de aceptación:

—He entendido esa situación. También quiero asumir mi parte de responsabilidad. Estuvimos mal por mucho tiempo. Meses.

No.

Años.

Y yo no hice nada.

—No, tú no debes sentirte culpable.

—No. No es culpa. Es responsabilidad. Ambos debemos asumirla. Y yo no te escuché. Siempre fui inseguro. Y aún no sé por qué esas emociones son tan fuertes en mí. Me hacen dudar de mi valentía.

—Cualquiera sea el motivo, quiero que sepas que tienes todo para ser poderoso. Todo está en ti. Siempre lo he visto.

Solo basta con que tú lo hagas.

Ambos se estrecharon con fuerza, al tiempo que el cielo se iluminaba con destellos fugaces.

—¿Te gustaría pedir un deseo? —propuso Natalia.

—Quiero perdonar y ser perdonado. Que todo esto no nos arrastre más dolor del que ya llevamos.

No dejaron espacio entre ellos. Se abrazaron, combatiendo el frío de la noche.

Con un agradecimiento silencioso, pausaron la conversación hasta un nuevo día. Entonces, se dirigieron a la cabaña.

Era un lugar cómodo, envuelto en un aire de misterio. Varias pinturas al óleo, de gran tamaño, decoraban la sala. Una de ellas reflejaba el paisaje del entorno, como un espejo del mundo exterior. Ninguna llevaba firma, lo que las hacía aún más intrigantes.

Las alstroemerias esparcidas en distintos rincones impregnaban el aire con su fragancia sutil, un aroma dulce y persistente, como un susurro de bienvenida.

La cama no era lujosa ni ostentosa. No buscaba la perfección de un hotel, ni la familiaridad de un hogar. Era una obra de arte. De madera robusta, tallada con hojas y patrones que parecían cobrar vida bajo la tenue luz de la habitación.

Daniel cayó rendido apenas tocó el colchón. Solo tuvo tiempo de darle un último beso a Natalia antes de hundirse en un sueño profundo.

Ella, en cambio, aún tenía energía.

Se quedó observando el respaldo de la cama, sus dedos trazando lentamente los grabados en la madera. No quería dormir todavía.** Quería absorber cada instante.**

Lo quería a él.

Disfrutó.

Entrecruzó sus piernas con las de Daniel. Le sintió los dedos de los pies. Apegó su busto a su espalda ancha, sintiendo su calor como un refugio olvidado.

Cuando el frío comenzó a envolverla, giró suavemente sobre sí misma, buscando cobijo en su cuerpo. Apegó sus glúteos a él, sintiendo el calor que irradiaba como una llama en la penumbra.

«¡Qué sensación!», exclamó para sí. Cómo había extrañado esa calidez en la cama, esa comodidad, ese hogar que solo existía en el roce de sus cuerpos.

Ni siquiera el inquietante sonido de la selva ecuatoriana pudo perturbarlos.

Durmieron profundamente. Como si, por un instante, el mundo entero se hubiera detenido para ellos.

La noche transcurrió enredados en ese maravilloso enlace.

Cuando el sol comenzó a filtrarse entre las cortinas de la cabaña, ya era tarde para el desayuno del servicio. Daniel despertó con dificultad, sumido en la pesadez de un sueño profundo.

Natalia, en cambio, ya había comenzado su día. Rebuscó en el maletero de su sedán algunas provisiones y preparó el desayuno en el exterior.

Fue el aroma lo que despertó a Daniel. Un olor familiar, uno que pertenecía a un hogar que ya no existía.

«¡Qué bien huele!» pensó, antes de abrir los ojos.

Cuando salió con el cabello desordenado, todavía sacudido por el letargo, la vio.

Natalia estaba afuera, lista para iniciar su día, con su atuendo deportivo, radiante bajo la luz del amanecer. Había preparado un picnic improvisado bajo un árbol, usando una pequeña mesa de madera para compartir.

—¡Buenos días! —lo saludó con una sonrisa.

—Buenos días… ¡Uf! Me quedé tan dormido.

—Yo lo disfruté — respondió ella, estirándose un poco—. De lo único que me arrepiento es de haber despertado.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, un deleite fugaz, un eco de lo que aún latía entre ellos.

Compartieron el desayuno en silencio por momentos, saboreando no solo la comida, sino la sensación de compañía.

Él jugó distraídamente con su cabello rojizo.
Ella, debajo de la mesa, deslizó su pie hasta encontrar el de él.

Sin embargo, Daniel se obligó a detener el juego.

—Natalia… —murmuró, con una voz firme—. Necesito esta conversación.

Ella dejó el tenedor a un lado y lo miró con seriedad.

—Lo sé. No te preocupes. Lo haré. Lo mereces.

Daniel suspiró. No quería que el desayuno terminara con el peso de lo que venía, pero no podía seguir postergándolo.

—¿Me permites tomar un baño antes?

—Por supuesto —dijo ella, comenzando a recoger la mesa—. Te espero en el río.

Él asintió. El lugar estaba decidido.

Unos minutos después, mientras Daniel dejaba que el agua caliente lo despejara, Natalia se quedó afuera, recogiendo los platos con calma. Pero en su mente, no había calma alguna.

Ella oraba en silencio, buscando en el recuerdo de su padre la fuerza que necesitaba.

Él, dentro de la ducha, repetía en su cabeza las palabras de sus amigos, las lecciones que había aprendido.

Ambos se preparaban para la batalla.

Era su propia versión de un duelo de honor.

Cuando Daniel llegó al río, ella ya estaba allí.

Rodeados por la majestuosidad de la selva ecuatoriana, el agua cristalina se deslizaba con la misma serenidad con la que sus corazones se agitaban. El aire era húmedo, pero entre ellos se había instalado un frío seco.

—Natalia.

—Daniel.

Las aves coloridas y los insectos curiosos fueron testigos del instante en que la verdad se abrió paso.

—Lo que debo decirte es… la verdad.

Daniel asintió.

Natalia tragó saliva. Su voz apenas salió al principio.

—Yo… te fui infiel por tres años. Antes de casarnos, ya había estado con alguien.

Él cerró los ojos. Inhaló profundo. Se preparó para contenerse.

—Después de que nos separamos y decidimos intentarlo otra vez… nunca lo dejé.

Daniel no necesitaba que ella dijera su nombre. Ya sabía de quién se trataba.

Aquel hombre que ella siempre mencionó como "un buen amigo", el que nunca desapareció, el que siempre estuvo allí.

En su agenda.
En sus llamadas.
En sus salidas sin rumbo.

Daniel, en su alma noble y valiente, formuló una pregunta retórica.

Una que no necesitaba respuesta.

—¿Quién era…? —intentó decir, pero su voz comenzó a romperse.

—¿Quién se llevó mi tesoro? Ese que nunca supe valorar…

Desde ambos, las lágrimas comenzaron a caer. Silenciosas. Contenidas.

—Quise tenerte cerca —murmuró él, sintiendo el desgarramiento en su pecho—. Mi mayor error fue hacerte presa de mi jaula.** **Tú solo volaste hacia quien te dio más amor.

Pero Natalia negó con la cabeza, con los ojos nublados, con la garganta ahogada de un llanto imposible de contener.

—No…

Su voz apenas era un susurro.

—No encontré ese amor que refieres.

Su cuerpo se sacudió con un sollozo ahogado.

—Nunca lo encontré en él.

Ni en “los otros”.

En "todos" los otros—.

El aliento de Daniel se cortó. Su cuerpo se tensó.

«¿Cuántos?»

La pregunta se quedó atascada en su garganta, demasiado dolorosa para pronunciarse.

Su mente intentó soportar el impacto, pero su cuerpo reaccionó solo.

Se tomó la cabeza con las dos manos, hundiendo sus dedos entre su cabello. Como si intentar sostenerse físicamente pudiera evitar su propia caída.

Natalia siguió.

—Hallé otra cosa en ellos…

Su voz era una sombra.

—Caos y castigo.

—Decepción y destrucción.

Entonces, Daniel dejó escapar un sollozo.

Uno que nunca había salido de su pecho.

Uno que nunca Natalia había escuchado.

Era un lamento desgarrador.

El lamento de un hombre que enviuda sin haber perdido un cuerpo.

—Amor… discúlpame**.**

Natalia se ahogó en su propio llanto.

—¡Perdóname! Nunca quise destruirte.

Tomó aire con dificultad. Tenía que seguir.

—Era a otra persona a quien quería destruir.

A la que odio con todas mis fuerzas—.

Y ahí, en esas palabras crudas, ella halló la respuesta que por años se había negado.

—Quería devastar mi vida.

Quería destruirme a mí misma—.

Daniel cayó de rodillas. Como una reproducción exacta de “El Ángel de la Pena” de Wetmore.

No podía creer lo que escuchaba.

No era su mujer.
No era la mujer de la que se enamoró.
Era otra persona.

Una que siempre había estado rota.
Una que nunca quiso ver su propio reflejo.

Natalia sintió su pecho oprimirse hasta casi colapsar.

Sabía que debía continuar.

Era ahora o nunca.

Respiró hondo y confesó:

—Salí una noche. Sabía que te ibas de viaje de negocios.

Daniel se quedó en silencio. Escuchando.

—Esa noche… fui con otro hombre.

Su cuerpo se estremeció antes de pronunciar su nombre.

—Víctor.

Natalia se agachó, se secó las lágrimas. Tomó una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas al río.

Las ondas surgieron en la superficie. Ondas que ya no podrían deshacerse.

Daniel no dijo nada.

Solo miró la vegetación.

Buscando un remedio natural.
Un antídoto.
Algo que pudiera curar lo incurable.

Natalia habló con la voz rota, sin apenas reconocerla como suya.

—Esa noche, llegué por Víctor. Y él… tenía algo más.

Su respiración tembló, como si su cuerpo se negara a revivirlo, pero su alma lo obligara a continuar.

—Me tomó. Me ató. Me quitó la ropa. Me vendó los ojos.

Daniel sintió una punzada en el pecho.

Natalia no lo miraba. Mantenía la vista baja, como si aún estuviera allí, atrapada en ese momento.

—No tuve idea de dónde me llevó —continuó—, pero… yo lo permití.

Daniel cerró los ojos, como si intentara sostener el peso de esas palabras.

—No manifesté ninguna resistencia.

Ella tragó saliva. Sus manos, posadas sobre su regazo, temblaban levemente.

—Sentí tantas manos recorriendo mi cuerpo. Me besaban. Me mordían. Me dolía.

Hizo una pausa.

—Pero no solté ningún quejido.

Daniel sintió la necesidad de detenerla, pero sabía que no podía.

Ella tenía que decirlo.

—Me tocaron completamente.

Un silencio denso se instaló entre ellos.

—Yo solo… —Natalia respiró hondo— yo solo pedía el peor de los males.

Pedía que me castigaran.

Su voz era un hilo de desesperanza.

—Fueron, uno por uno, aprovechando la instancia. Cada uno hizo lo que quiso.

Daniel sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Natalia seguía en su relato, su voz ya no era suya, sino la de un eco lejano de sí misma.

—Cuando todo terminó… debieron haber pasado horas.

Se miró las manos.

—Me dejaron atada a un tubo.

Daniel cerró los puños.

Natalia perdía la voz. Tuvo que tomarse unos segundos más para poder continuar.

—Lo que más me horrorizaba no era lo que habían hecho.

Respiró con dificultad.

Era que no sentía miedo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Daniel.

—Solo ese ferviente deseo de ser castigada.

El silencio se rompió con su siguiente frase:

—Llegué a casa al día siguiente sin haber dormido. Con la ropa rasgada. Con el olor de esos hombres en mi piel.

Daniel sintió que su corazón se partía en mil pedazos.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se llevó las manos a la cara.

"Ingenuo. Obtuso."
Las palabras resonaron en su cabeza.
Como un veredicto contra sí mismo.

**"**Ingenuo, obtuso", se repitió.

Un nuevo tipo de dolor nació en su interior. Uno más cruel.

Una culpa que no se trataba de lo que Natalia había hecho, sino de lo que él no había visto.

Daniel levantó el rostro.

Su mirada estaba llena de tristeza.

Pero no de odio.

No eres tú.

Su voz fue firme, aunque su cuerpo estaba despedazado.

Natalia parpadeó. Lo miró, confundida.

—No eres la victimaria. Eres la víctima.

Daniel tragó saliva con fuerza. Las palabras dolían al salir.

—Esas personas… te violaron.

Natalia apartó la mirada.

—Y tú lo normalizaste. Lo creíste justo.

Daniel no sabía cuándo había comenzado ese ciclo de maltrato en su vida.

Pero sabía que llevaba demasiado tiempo.

Sintió una verdad aterradora:

Tal vez esto escapaba a él. Tal vez su relación nunca había sido el inicio.

Daniel buscó dentro de una palabra de amor, de consuelo.

No era el momento de los consejos de sus amigos ni consejeros.

Era el momento de su propia voz.

De su propia verdad.

Y la encontró.

—Deja de hacer eso.

Su tono era sereno, pero inquebrantable.

Natalia levantó la mirada.

Por primera vez en toda la conversación, sus ojos se encontraron.

No había dulzura.

Solo compasión.

—Nunca más lo harás.

Un nudo se formó en la garganta de Natalia.

Ámate.

Las lágrimas rodaron por su rostro.

—No eres una mala persona.

Daniel tomó aire.

Estás perdida.

Y ahora, yo también.

Natalia sintió su alma salirse de su cuerpo.

Era una sensación de desprendimiento, como si flotara fuera de sí misma.

Las palabras de Daniel eran como un alma escapando al cielo, sin saber si volvería a su cuerpo o si dejaría solo una cáscara vacía.

—¿Qué estás haciendo, Natalia?

Su propio susurro la estremeció.

—¿Qué hiciste?

Su pecho subía y bajaba con fuerza.

—¿Por qué?

Las preguntas no buscaban respuestas.

Eran lágrimas convertidas en palabras.

Daniel apretó la mandíbula. Su intención de mantenerse en tierra hace que sus dedos se entierren en su calzado.

—No tengo la fortaleza interior para superar mi decepción y volver a abrazarte.

Natalia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Pero tú necesitas ese abrazo.

Su voz tembló.

—Y yo… no te lo puedo dar.

—Mi vida… —susurró ella.

—Simplemente, detente.

Su voz se quebró.

No lo hagas más.

Natalia necesitó el abrazo. Con una sensación de culpa se acercó a él y lo abrazó.

—No quiero hacerlo. No quiero hacerlo más.

Se descargó. Pidió disculpas: A Daniel, a su padre Lisandro.

Y finalmente, a ella misma.

Daniel no tuvo la misma fuerza para devolverle ese abrazo. Se sintió diferente.

Amistoso. No amoroso.

Ese abrazo hizo que ambos entraran en un estado de shock, pensando en toda la confesión.

La conversación terminó allí.

Fríamente.

Decidieron volver a la cabaña. Pese a que había llegado la hora de almuerzo no comieron. Daniel estuvo un tiempo incontable mirando la pared de la pieza en estasis.

Natalia, estaba igual en la sala de estar. Si hacían contacto visual era por mera casualidad.

Sólo se trataba de dos cuerpos que estaban allí.

Ya había pasado la hora del check-out, pero eso ya era un burdo detalle.

La ausencia de sonido fue latente. Pareciera que la misma naturaleza se hubiera callado. El río había dejado de sonar, los animales no hacían ruido.

Hasta que Daniel rompió el silencio.

—Es mejor que volvamos.

—Sí.

Ambos tomaron sus cosas y partieron. El viaje se hizo extremadamente largo, como si la carretera tomara otras dimensiones a propósito.

Ella manejó, perdía la calma.

Él le tomaba la mano para demostrarle que él estaba allí. Quizás no de la manera que más quería, pero sí de la que él podía.

Todavía seguían preguntándose el motivo de todo.

Si bien, Natalia mencionó que su propósito era destruirse a sí misma, la duda era: “¿Qué la llevaba a eso?”.

La psicología no siempre tiene respuestas fáciles. La mente humana oculta. Quiere mantenernos en sobrevida.

Sin embargo, perdemos las cosas importantes de nuestra vista. Natalia, podía ser parecida a otra mujer. No era un monstruo por buscar ese daño. Simplemente, algo la condicionó.

Comprender. Sanar. Recuperar. Todos serían procesos complejos, largos. Incluso, con recaídas. La única alternativa que tenía era confiar.

Por el lado de Daniel, se sentía confundido. Una enorme tristeza lo abordaba. Como hombre, se sentía que había fallado por no darse cuenta. Por no haber sido tan comunicativo al igual que ella.

Esta consecuencia se encontraba dentro de las posibilidades y les había sucedido a ellos.

No. Ninguno merecía castigo.

Requerían aprender una gran lección.

Finalmente, llegaron a casa de Daniel. Cuando él sacó todo. Ella no se bajó.

—Es mejor que me vaya, Dani. No debo estar aquí.

Él hizo una pausa marcada y habló.

—Natalia, en este momento no puedo amarte. No puedo. No debo. Incluso, si te pidiera que te quedaras, ambos tenemos mucho que sanar. Fracasaríamos.

Ella asintió porque sabía que estaba en lo correcto.

—Agradezco todo lo que sucedió. Incluso, la confesión. Antes de eso, creí que teníamos una posibilidad de volver.

Tomó el hombro de ella para obtener toda su atención.

—Admito que por un momento fui muy feliz. Admito que me conquistaste, que me enamoré de nuevo, que me ilusioné.

Terminó con lo siguiente.

—Sin embargo, es eso: Una ilusión. No avanzaremos.

—Entiendo. Yo también me ilusioné. También, siento amor. Mucho. Gracias por tu trato de esta última noche. Por enseñarme a lo que debo aspirar en una relación. Sé que serás capaz de entregar eso muy pronto.

Ella finalizó diciendo algo que su alma no quería decir:

—Deseo que te hagan muy feliz. Yo daré mi batalla. Aunque, quizás termine muy tarde la mía. No te sientas culpable si no puedes esperar.

Tú ya me has sanado.

Me has revelado mi propia incoherencia—.

Él se abalanzó sobre ella y le besó la frente.

—Por favor, sánate. Yo también sanaré. Estaré allí siempre. Aunque no sé de qué forma.

No bastaron más palabras. Sus propios gestos sirvieron de agradecimiento. Ella tomó el auto y partió a trabajar en todo su ser. En su nueva vida.

Cuando ya Daniel no podía oírlo ella murmuró para sí:

—Espero que nos volvamos a encontrar.

Encendió la radio. Necesitaría compañía.

“Carrie” de Europe marcó no sólo ese viaje, si no, esa partida. El cambio de las cosas.

«¿Será para mejor?».

«Seamos felices en nuestros caminos».