Entre Amores y Abismos

Epílogo

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
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Epílogo

Cuando el ruido de la soledad se instauró, Daniel quedó atrapado en el temblor de su propio corazón.

Pensó en ese nombre.
Un nombre que le resultaba desagradable.
No. No era solo eso.

Era una rabia inconmensurable.

A veces, los hombres reaccionan con violencia desmesurada, como si fuera un cliché. Pero Daniel estaba solo. Nadie lo juzgaba. Podía ser ese oscuro-él, el que nunca se permitía mostrar.

Ese nombre:

"Víctor".

Cada vez que lo pronunciaba en su mente, su cuerpo respondía golpeando la pared con fuerza. Haciendo retumbar el silencio de su departamento.

Se imaginaba a Natalia, atada.
Usada por varios.

El pensamiento le revolvía el estómago, le ardía en la sangre.

Pero…

¿De qué servía golpear una pared?

No podía revertir lo ocurrido.
No podía cambiar el pasado.

Solo quedaba avanzar.

Porque quedarse en ese pensamiento, atrapado en esa imagen, era lo mismo que haberse quedado en Natalia Del Monte.

Y Daniel no podía quedarse allí.

El temblor en su pecho comenzó a calmarse, como si su propia alma le hablara. Sanar no sería fácil, pero había tomado un camino. Tarde o temprano, lo retomaría.

El sonido del móvil interrumpió la quietud.

Daniel lo miró de reojo.

¿Natalia?

No.

¡Miranda!

Su garganta se cerró. No estaba seguro de poder hablar con ella. Sentía la traición de Natalia como un peso, pero también la suya propia.

¿Cómo podía estar con otra persona después de todo lo ocurrido?
¿Cómo podía siquiera considerarlo?

Llegaron las notificaciones.

«¡Hola lindo!»
«¿Cómo estás?»
«¡Oye!»
«¡Quiero verte!»
«¿Puedo?»

Daniel exhaló. Miranda era una inyección de alegría en medio de la tormenta. Y esa ligereza, en vez de aliviarlo, lo hizo sentir incómodo.

—¿Cómo voy a ser tan cobarde?

Con un golpe de decisión, la llamó.

Un tono.

Dos. Sólo dos. Ella lo esperaba.

—¿Sí?

—Hola, Miranda.

La voz al otro lado de la línea se iluminó.

—¡¡Daniel!! Pero ¡qué vocecita más linda!

Su coquetería lo hizo sonreír levemente.

—¿Cómo estás?

Se notaba su falta de ánimo en cada sílaba.

—¿Qué tienes? —preguntó ella con dulzura, preocupada.

—No ha sido un buen fin de semana —. Raspó con la uña una mancha en el sofá. —Natalia..****.

El tono de Miranda cambió de inmediato.

—¡¿La volviste a ver?!

Daniel suspiró hondo.

—Sí. Era inevitable.

Pensó en cómo decirle hasta dónde había llegado con Natalia. Pero antes de que pudiera encontrar las palabras, Miranda lo interrumpió.

—¿¿Y?? ¡No me digas! ¡¡Pasaron la noche juntos!!

Daniel quedó desconcertado.

—E-Eh… bueno… sí…

—¡¡Lo sabía!! Por eso estás mal. Pobrecito.

Frunció el ceño.

—¿¿No te molesta??

—¡Jajaja! ¡Danieel! —rio con una confianza descarada—. No hay nada entre nosotros… aún.

Se llevó la mano a la cara, sintiendo la necesidad de reírse. ¿Cómo podía tomarse esto tan a la ligera? Ni un atisbo de celos, ni incomodidad.

Solo certeza.

Porque Miranda no solo lo estaba aceptando. Estaba declarando su voluntad.

Ella quería que pasara algo.

Y eso era evidente.

—¡Ya, tranquilo! ¡No te asustes! —se escuchaba su risa al otro lado de la línea.

Daniel sintió algo diferente en su pecho. No era dolor.
No era amor, tampoco.

Era otra cosa. Algo que había olvidado: Diversión.

—Bueno, querido… —la voz de Miranda bajó un poco de tono—. Lo que te quiero decir es que puedes contar conmigo.

Daniel no respondió enseguida.

Se quedó con el teléfono pegado a la oreja, mirando un punto fijo en la pared.

Las palabras siguientes no eran para él**.**
Ni para Miranda.

Eran para nosotros.

"Si ponemos todo el corazón, podemos volver a escribir un nuevo capítulo en nuestras vidas."

Silencio.

Daniel no supo qué responder.

Pero por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo de lo que vendría después.


Natalia estaba agotada del viaje. Aún le quedaba un resto para volver a casa. Veinte minutos que serían cansadores.

El shock de descubrirse y someterse a presión para revelar una verdad oculta hasta el último momento como una caja de pandora, le había drenado toda su fuerza.

El viaje había sido una de las primeras aventuras de su vida. Una verdadera novela que se había admitido experimentar, llena de tramas y subtramas que hablaban de una mujer compleja.

De manera alguna, el miedo no sólo paraliza, sino que congela las vidas. **Es ****el tiempo el que camina, mientras las pisadas quedan **quietas; en estagnación.

«Ya no quiero más tiempo para el miedo», repitió contra ese maldito veneno.

Su matrimonio finalmente había terminado. Si volvía con Daniel, eso ya significaría una relación totalmente distinta. Y, si no vuelve, sabía que igualmente podía contar con él.

En ese sentido, su compañero nunca había fallado. Siempre había estado. El problema era que nunca supieron comprenderse ni expresarse.

En el camino, Natalia logró divisar una librería abierta.

Eso era muy especial, considerando el horario y la localización. Tal vez, un ser de un universo paralelo había puesto la estructura como un “absurdo de lo creíble”.

El lugar estaba repleto de esquelas, tarjetas de saludo con mensajes como “Te amo”, “Feliz cumpleaños”.

Una captó toda su atención. Tenía dibujos de un campo de flores inmerso en un parque. Acercó su ojo a la hoja y pilló una orquídea.

Cuando tomó distancia, notó que el mensaje de la tarjeta era: “****¡Que** te mejores pronto!”.**

Después de haber llorado tanto, fue el primer momento en que Natalia sonrió. Su expresión fue muy sincera.

Lucía tan bella que la vendedora la quedó mirando fijamente. Como si algo la hubiera confortado desde el cielo.

Tomó la tarjeta para llevársela.

Buscó un lápiz alrededor de la huerta de papeles floreados y frutales. Una infinidad de variaciones del color rosa pastel y del cerúleo armaban una intriga en su búsqueda.

Hasta que al final encontró uno decorado con animales. Su entramado lo hacía especial; animoso.

—¡Buenas tardes! ¿Puedo probarlo?

—Por supuesto.

La vendedora le facilitó un papel ya utilizado.

El bolígrafo funcionó perfectamente. Fue la segunda cosa que incorporó a su compra.

Finalmente, cuando se giró encontró un diario hermoso. Uno decorado con letras doradas, pájaros que surcaban los cielos más altos que podrían imaginar:

Reach as higher as you can”: Llega lo más alto que puedas.

Natalia se enamoró del diario. Junto todos los productos y los adquirió. Su corazón vibró con una pequeña emoción.

Al salir de la tienda, el teléfono comenzó a sonar.

¿Daniel?

No.

Consuelo.

Una suerte de alivio provino a su espíritu. Antes de contestar, confirmó su propio plan con su corazón.

—¡Hola Natalia! ¿Cómo estás?

—Consuelo… he estado mejor.

—Pensé que te podría haber pasado algo. No me equivoqué. ¿Estás muy lejos de casa?

—No. Estoy a unos… diecisiete minutos, según lo que indica el mapa. Cerca. ¿Necesitas algo? —dijo Natalia, tras revisar su móvil.

—No. Es sólo que quiero que estés bien. Sé que hemos tenido algunos roces últimamente. Ninguno significa que no me preocupe por ti.

—Consuelo— esbozó una linda sonrisa, mientras proseguía: —Jamás he llegado a pensar algo mal de ti. Estoy muy agradecida.

Se escuchó una tonta risita al otro lado.

—Estoy tan tan tan agradecida que quería ofrecerte lo siguiente. ¿Qué te parece si nos tomamos unas vacaciones?

—¿Vacaciones? ¿A esta altura del año?

—Más bien, es un tiempo para trabajar en nuevas cosas. En meditar. En cuidarse. Tanta emoción me ha sacudido un poco.

Natalia buscó donde sentarse para continuar.

—¡Adoro sentir! Pero, creo que tanto sentimiento también es muy denso. Creo que quiero vivir emociones y aprendizajes nuevos. Más ligeros.

—Entonces, ¿no es que se trate de un descanso? — preguntó Consuelo, un poco consternada con la propuesta.

—Podemos trabajar a distancia. Aunque en otro entorno.

—Me gusta la idea. ¿Cuándo?

—Muy pronto. Cuando puedas.

—Después de que tomemos juntas y conversemos de Daniel, veamos a qué lugar podemos ir.

—¡Me encanta tu idea! —respondió Natalia.

Ambas reaccionaron de manera muy contenta.

Esa nueva emoción conmovió a Consuelo. Tal vez, servía para alejarse de la apatía que significaba la monotonía de estar inmóvil al igual que su amiga. De convivir en un bucle que se creía no tener fin.

En el aire, Natalia creyó avistar un cóndor andino—el majestuoso símbolo de los cielos ecuatorianos—girando en círculos, elevándose con las corrientes cálidas. Luego, sin titubeos, rompió el giro y siguió su camino en línea recta.

Justo en ese momento, Consuelo pronunció palabras que no eran para Natalia, ni para ella misma.

Eran para nosotros.* *

*“*En ocasiones, tenemos que experimentar espirales; conocernos, caernos, decepcionarnos y amarnos. Es sólo cuando se terminan los giros; cuando cerramos los ciclos que podemos empezar algo nuevo”.

Natalia siguió la trayectoria del pájaro.

—Tienes razón. ¡Tienes toda la razón!

Por primera vez en mucho tiempo, Natalia sintió que tenía permiso de avanzar.