Entre Amores y Abismos

Vestigios de un Juramento

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
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Vestigios de un Juramento

Daniel se dejó caer pesadamente sobre la cama, su cuerpo clamando por descanso mientras su mente apenas comenzaba a procesar los últimos acontecimientos. Cerró los ojos por un momento, buscando la evasión en el oscuro refugio del sueño, pero un destello de conciencia lo golpeó como un trueno: esa cama. La cama. No era solo un mueble donde descansaba. Era el altar donde Natalia había oficiado su traición. Allí, no había sido solo sexo; había amor, entrega. Había palabras que debían haber sido exclusivas de ellos.

Se incorporó con un movimiento brusco, mirando el lugar como si de repente hubiese cobrado vida propia, cada pliegue de las sábanas un testimonio mudo de lo ocurrido.

Natalia lo seguía, aún tambaleante. Su maquillaje corrido contaba la historia de lágrimas que no podían lavar la culpa que sentía. El silencio se apoderaba de la habitación, roto solo por las respiraciones entrecortadas de ambos. Quiso hablarle, explicarse, pero su voz era un nudo seco en su garganta.

—¡Puta!—exclamó Daniel finalmente, su tono frío, casi mecánico, como si no le hablara directamente sino a un pensamiento que necesitaba escapar.

La palabra la golpeó como un látigo. Natalia no respondió. ¿Cómo podría? En su mente, la palabra resonaba con un eco perturbador. Era lo que otros le habían dicho entre jadeos y gemidos, en momentos donde su cuerpo era el centro de deseo desenfrenado, cuando se sentía libre, auténtica. Pero ahora, escucharlo salir de los labios de Daniel, el hombre al que había prometido su vida, la convertía en una sentencia ineludible.

Los recuerdos comenzaron a arremolinarse en la mente de Natalia, desbordándola como una corriente incontenible. La imagen del altar nupcial apareció primero, con Daniel a su lado, vestido con aquel traje que le había arrancado suspiros de deseo y admiración. Podía sentir el calor de su mano al tomar la suya, el leve roce del anillo deslizándose en su dedo, y las palabras solemnes del sacerdote resonando en el aire:

—Pon este anillo a tu esposa, como señal de fidelidad y amor.

Por un instante, todo fue luz. Daniel, tan guapo, tan perfecto, parecía una figura tallada por los dioses. Pero esa luz pronto se desvaneció, consumida por un fuego que ardía en sus entrañas, un fuego que la transportó a otro lugar, a otra escena.

El altar se transformó en un lecho de llamas, y el hombre frente a ella ya no era Daniel. Era otro. Un amante con una presencia magnética, su rostro difuso pero su cuerpo vibrante de energía y poder. Natalia se veía a sí misma, sentada sobre él, sus caderas marcando un ritmo frenético, un vaivén que parecía sincronizado con los latidos de su propio corazón desbocado.

Cada movimiento era una declaración de su cuerpo: sus pechos, firmes y erguidos, se balanceaban con una cadencia hipnótica mientras la piel desnuda de su abdomen se tensaba con cada embestida. Los músculos de sus piernas temblaban, sus dedos se aferraban a los hombros de aquel hombre como si fueran su única ancla en medio de un torbellino.

El calor de su virilidad la llenaba por completo, empujándola a un límite que parecía romper las barreras del tiempo y el espacio. Cada vez que sus cuerpos chocaban, un sonido ahogado escapaba de sus labios carnosos, como un canto sagrado que resonaba en las paredes de aquella iglesia que ahora ardía en llamas.

—¡Úsame! —gritó, su voz ronca de deseo—. ¡Vierte todo en mí!

El hombre respondió con una fuerza que hacía eco en sus entrañas. El altar temblaba bajo ellos, y los pilares se desmoronaban como si el cielo mismo se derrumbara bajo el peso de su pasión. La figura del sacerdote, antes solemne y serena, se transformó en una sombra espectral que los observaba desde las sombras, un testigo impotente de su entrega.

Los cuerpos se fundieron en una danza de pura lujuria. Las contracciones internas de Natalia eran como un abrazo desesperado, buscando contener el néctar ardiente que su amante derramaba en ella. Sus gritos se elevaron, un coro de placer que hizo temblar los cimientos del lugar. Sentía que su alma giraba en espirales, perdida en un torbellino de deseo que la consumía desde dentro.

—Eres una puta divina —susurró el hombre entre jadeos, su voz un eco oscuro que resonó como un mantra en la mente de Natalia.

—¿De verdad? A mí también me encanta serlo... —respondió ella, perdida en su éxtasis.

Las llamas ascendieron, consumiendo las bancas, las vidrieras, todo a su alrededor. Natalia se veía a sí misma completamente entregada, como una diosa de la pasión en su altar de fuego. Pero entonces, todo cambió. El rostro del hombre desapareció, y ella misma comenzó a desvanecerse. Sus movimientos se tornaron mecánicos, y sus gritos de placer se transformaron en un eco vacío.

El cuerpo que antes ardía de deseo ahora estaba frío, rígido. Su mirada, antes vibrante y llena de vida, se volvió opaca, como la de un cadáver. La sensación de plenitud desapareció, reemplazada por un vacío abrumador. Natalia se veía a sí misma muerta, su cuerpo todavía siendo usado por aquel hombre que ahora parecía una sombra grotesca.

El placer se transformó en horror, y el altar en un camposanto. Una visión necrofílica se apoderó de su mente: ella, despojada de toda vida, siendo solo un recipiente para un acto sin alma. Su corazón, que había latido tan fuerte momentos antes, ahora estaba detenido. Su respiración era inexistente. Lo único que quedaba era la nada.
Cuando su mirada volvió al presente, a la habitación que compartía con Daniel, vio cómo él estudiaba cada rincón con una intensidad que la aterrorizaba. Su atención se detuvo en una mancha, apenas visible pero lo suficientemente vívida como para cristalizar todo lo que él sospechaba.

—¡Vete! No quiero que vuelvas—escupió Daniel, su voz llena de veneno, de una mezcla de rabia y asco que lo consumía.

Sin esperar una respuesta, se levantó con furia contenida. Sus manos temblaban mientras arrancaba las sábanas del colchón, un acto violento que parecía intentar arrancar algo más profundo, una mancha que no estaba solo en la tela, sino en su alma. Cuando terminó, miró el colchón como si fuese el último vestigio de una batalla perdida. Este también debe irse.

Natalia no se movió. Quiso decir algo, defenderse, o quizás solo pedir perdón, pero todo parecía inútil. La palabra que él había pronunciado seguía reverberando en su mente, mezclándose con la agonía de saber que tenía razón. Ella era la victimaria, y no podía encontrar consuelo ni en sus propios pensamientos.