Entre Amores y Abismos

Dos Meses y un Susurro

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Esta historia me tocó
Quiero sumergirme en la trama
Quiero conocer a fondo a sus personajes
Me intriga el mundo que han creado
Llévame a esos lugares
Ilustración del capítulo
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Dos Meses y un Susurro

La casa estaba en silencio, un eco constante de la ausencia de Natalia. Aunque Daniel había pedido a gritos que se fuera, ahora se encontraba atrapado entre el alivio y la desolación. La amplitud del hogar, que alguna vez había sido un espacio compartido de risas y complicidad, se sentía fría y vacía. Cada habitación era un recordatorio de lo que habían perdido, pero también de lo que él no estaba dispuesto a recuperar.

En esos días, la rutina se había convertido en una especie de refugio y castigo. Daniel trabajaba más horas de las necesarias, llenando su agenda de tareas para evitar regresar demasiado pronto a la casa. Pero las noches eran inevitables. Las noches lo enfrentaban con su insomnio, con los murmullos de una mente que no podía apagar.

En su nueva cama, con sábanas que aún no cargaban historias, se retorcía buscando el sueño que lo eludía. Los pensamientos lo atacaban en oleadas: el recuerdo de Natalia, de su cuerpo en movimiento, de esos sonidos que aún resonaban en su cabeza como un eco de algo irreal, algo que no debería haber presenciado. Pero lo había hecho. Y ahora esas imágenes estaban incrustadas en él como una marca indeleble.

Daniel se levantaba en la oscuridad, incapaz de quedarse quieto. Vagaba por la casa, a veces solo para encontrarse frente a su teléfono, revisando mensajes que juraba no querer ver. Eran de Natalia. Mensajes que rogaban, que suplicaban, que lo llamaban amor de su vida. Palabras que una parte de él deseaba escuchar, pero que también lo llenaban de rabia. Cada disculpa parecía alimentar tanto su odio como su dolor.

"No puedo verte", pensaba Daniel cada vez que leía uno de esos mensajes. No podía enfrentarla. No después de lo que había visto. Pero, al mismo tiempo, el recuerdo de su cuerpo, de esa Natalia que nunca había conocido de esa manera, lo atormentaba de una forma que no podía controlar.

Había noches en las que, incapaz de resistir la tensión, cedía a un impulso oscuro que no entendía del todo. Se tumbaba de nuevo en la cama, cerraba los ojos y dejaba que las imágenes tomaran el control. Veía a Natalia, su cuerpo en movimiento, sus gemidos que parecían llenar el silencio de la habitación. Pero no se detenía allí. Involuntariamente, su mente traía también al amante. No como una figura de odio, sino como un participante. Al principio, trataba de resistirse, de sacarlo de sus pensamientos, pero terminaba rindiéndose. En su imaginación, el amante y él compartían ese momento, y Natalia se convertía en un vínculo entre ambos, una figura que los unía en una danza que nunca había pedido pero que ahora lo consumía.

El placer que buscaba en esos momentos era fugaz y vacío, un alivio momentáneo que nunca lo dejaba satisfecho. Cada vez que alcanzaba el clímax, una ola de culpa lo inundaba. Sentía que se traicionaba a sí mismo, que traicionaba su propio dolor al encontrar en esos recuerdos algo que no debía estar allí. Pero volvía a hacerlo. Noche tras noche, como un rito que no podía abandonar.

El trauma y el deseo se entremezclaban en una espiral que lo atrapaba más y más. Era como si el acto de recordar fuese un castigo y un alivio al mismo tiempo, una forma de mantener a Natalia cerca mientras intentaba olvidarla. Pero, sobre todo, era un recordatorio constante de cuánto lo había marcado aquella noche, de cómo su vida había cambiado para siempre.

Daniel se había refugiado en un nuevo hábito que poco a poco se convirtió en una rutina: explorar videos en la vastedad de la pornografía en línea. Lo hacía por las noches, cuando el insomnio lo atacaba con más fuerza. Al principio, sus búsquedas eran simples, enfocadas en tríos, como si buscara encontrar algo que pudiera replicar o quizás reinterpretar lo que había vivido. Pero esos videos no lograban calmar el torbellino en su mente.

Un día, entre los miles de títulos que desfilaban frente a él, Daniel encontró un video que lo detuvo. El thumbnail mostraba a una mujer de cabello oscuro, su piel tostada por el sol. Algo en su expresión lo atrapó. No era solo su belleza física, sino la forma en que parecía poseer la escena con una confianza que irradiaba una extraña mezcla de poder y vulnerabilidad.

El contexto del video era apenas relevante; la historia se desdibujaba ante lo que sucedería. Daniel adelantó el video con ansias, hasta llegar al momento en que la mujer estaba sola junto a una piscina, iluminada por luces de neón que teñían el agua y su piel con tonos violetas. La escena tenía una cualidad surreal, como si perteneciera a un mundo que él no podía tocar, pero del cual no podía apartar la mirada.

El cuerpo de la mujer era una obra cuidadosamente esculpida, sus curvas suaves y voluptuosas realzadas por las manos de la tecnología médica. Una cicatriz cruzaba su pecho, visible pero casi olvidada bajo los polvos fluorescentes que decoraban su piel. Era imperfecta, y eso la hacía aún más hipnótica. Daniel sintió una extraña conexión, como si aquella cicatriz fuera un recordatorio de que incluso la perfección tenía sus marcas.

Ella estaba rodeada de hombres, todos distintos, pero con cuerpos igual de esculpidos que el suyo. La tensión en el aire era palpable mientras ellos se acercaban, invadiendo su espacio con miradas intensas y palabras que rozaban lo vulgar. La mujer no retrocedió. Sonrió con picardía, sus ojos oscuros brillando bajo las luces. No era la presa en ese escenario; era la cazadora.

Daniel no podía apartar la mirada mientras ella interactuaba con cada uno de los hombres, sus movimientos precisos, deliberados. Las manos comenzaron a tocarla, pellizcando sus pechos a través de la tela transparente que apenas los cubría. Los labios de ella se encontraron con los de uno, luego con los de otro, como si estuviera marcando su territorio.

La mujer se rindió solo a medias, arrodillándose con una gracia que parecía más un acto calculado que una rendición verdadera. Sus dedos, ágiles y seguros, comenzaron a despojarse de la ropa que quedaba. Su piel, bajo el resplandor violeta, parecía casi líquida, un lienzo perfecto donde los polvos fluorescentes delineaban su feminidad con precisión artística: las aureolas, las caderas, el camino al monte de Venus. Todo estaba allí, resaltado como si el cuerpo de ella fuera una constelación que invitaba a ser explorada.

Daniel, atrapado en la pantalla, sentía que su respiración se hacía más pesada. No era solo la escena lo que lo mantenía cautivo, sino la forma en que ella parecía aceptar y dominar a la vez. Su cuerpo era tocado, tomado, pero su sonrisa nunca se desvanecía, una mezcla de placer y desafío que lo desarmaba.

La mezcla de colores, cuerpos, y el reflejo de los hombres en la superficie de la piscina crearon una sinfonía visual que Daniel no podía ignorar. En ese momento, no estaba solo observando; era como si estuviera allí, sumergido en esa fantasía que parecía reflejar y a la vez redimir sus propios deseos y traumas.

La mujer, como una sacerdotisa en su altar, se preparaba para el festín de virilidad que la rodeaba. Cada uno de los hombres parecía un adorno cuidadosamente seleccionado, cuerpos cincelados que reflejaban la luz de neón. Su piel brillaba con gotas de agua que resaltaban cada músculo. Daniel no podía apartar la mirada; el espectáculo era hipnótico, más allá de lo que había imaginado.

Su mano se deslizó con naturalidad hacia su miembro, una parte de sí mismo que ahora, tras meses de la circuncisión, parecía diferente, más sensible, casi desconocida. El contacto era suave al principio, como si temiera romper algo frágil. Pero su respiración se hizo más pesada cuando el micrófono captó los pequeños jadeos de la mujer, el sonido del aire escapando de su boca al desabrochar los pantalones de los hombres que la rodeaban.

La escena estaba diseñada para maximizar el impacto visual: uno por uno, los hombres liberaban su virilidad, sus miembros rígidos tensando la tela hasta el límite antes de ser liberados de sus jaulas. Eran enormes, casi desproporcionados, una exhibición que parecía diseñada para asombrar tanto como para excitar. Daniel sintió su corazón acelerarse de una forma que no esperaba.

Había algo más en esa escena que la mujer misma. Los hombres, con sus cuerpos perfectamente cuidados y su seguridad inquebrantable, también lo atraían de una manera que lo desconcertaba. Sentía un calor incómodo en el pecho, una mezcla de asombro y deseo que no podía ignorar. Era como si estuviera viendo un reflejo distorsionado de sí mismo, un recordatorio de su propio cuerpo trabajado, pero ahora con un matiz que lo confundía.

La mujer no dudó ni un segundo. Sus manos, hábiles y seguras, eligieron al azar dos de los "trofeos" frente a ella, llevándolos a sus labios con una destreza que parecía convertir el acto en un arte. La cámara capturó cada detalle: la forma en que sus dedos se cerraban alrededor de ellos, el contraste entre su piel tostada y la firmeza de esos cuerpos extraños.

Fue entonces cuando Daniel sintió que algo dentro de él se rompía y se liberaba al mismo tiempo. No era solo la mujer la que lo estimulaba. Era la escena completa. Los hombres, con su fuerza bruta y su masculinidad desbordante, formaban parte de esa ecuación que lo estaba llevando al límite. Su mano comenzó a moverse con más intensidad, su respiración acompasándose con los sonidos que provenían de la pantalla.

Daniel se perdió en la coreografía del momento. La mujer alternaba entre sus compañeros con una precisión casi mecánica, pero sus movimientos estaban cargados de placer auténtico. Cada sonido, cada gemido, cada mirada de desafío hacia la cámara parecía hablarle directamente. Sentía como si estuviera siendo invitado a formar parte de ese cuadro, como si sus propias inseguridades y traumas se diluyeran en el calor de esa fantasía.

La velocidad de su mano aumentó. Su cuerpo, que había comenzado tenso y cauteloso, ahora se entregaba por completo a las sensaciones. No era solo deseo; era una especie de redención oscura, un intento desesperado por encontrar un sentido, una conexión, en medio de todo el caos emocional que lo consumía.

En ese momento, Daniel no pensaba en Natalia, ni en su traición, ni siquiera en el dolor que lo había llevado a este punto. Solo existían él, la mujer, y los hombres en la pantalla. Era un triángulo que lo atrapaba, un remolino que lo absorbía cada vez más profundamente.

Cuando finalmente alcanzó el clímax, fue como un golpe. Una oleada de placer y culpa lo recorrió al mismo tiempo, dejándolo exhausto, pero también consciente de que algo había cambiado en él. Cerró los ojos, tratando de recuperar el aliento. El video seguía reproduciéndose, pero ya no lo veía. Su mente estaba en otro lugar, luchando por procesar lo que acababa de experimentar.

Daniel apenas había logrado recuperar el aliento cuando el timbre de la puerta resonó, cortando el aire pesado de la habitación. El sonido lo sobresaltó como un disparo. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, saltando de la cama con un movimiento torpe que lo llevó al suelo. El impacto fue brusco, pero no tenía tiempo para el dolor. El timbre volvió a sonar, insistente, como si quien estuviera al otro lado no tuviera intención de marcharse.

« ¿Quién demonios sería a esta hora? » pensó, mientras apagaba apresuradamente el video con manos temblorosas. Miró sus dedos, húmedos y delatadores, y se dirigió al baño, lavándose con un frenesí que no lograba eliminar la sensación de culpa que lo envolvía. Se secó rápidamente y, sin preocuparse demasiado por su aspecto, se puso lo primero que encontró antes de dirigirse a la puerta.

Cuando la abrió, lo que vio lo dejó paralizado.

Allí estaba Natalia. Su cabello caía en desorden sobre sus hombros, y su rostro mostraba una mezcla de determinación y vulnerabilidad que lo desarmó al instante. Llevaba una blusa larga, apenas lo suficientemente decente para cubrir su ropa interior, que se asomaba coqueta bajo la tela. Sus piernas estaban desnudas, bronceadas y perfectas, terminando en unas sandalias de tacón alto que la hacían parecer aún más provocadora.

Antes de que Daniel pudiera articular palabra, ella desabrochó con calma un par de botones de la blusa, revelando la ausencia de brassiere y el pequeño microbikini que se ajustaba a sus caderas. La blusa se deslizó ligeramente, dejando entrever la curva de sus senos.

—No digas nada —susurró, llevándose un dedo a los labios antes de colocarlo suavemente sobre la boca de Daniel. Su voz era un susurro cargado de deseo, y sus ojos lo perforaron con una intensidad que lo dejó sin aliento—. Te necesito.