Bestias que respiran como mujeres
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0 Quiero conocer a fondo a sus personajes
0 Me intriga el mundo que han creado
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Bestias que respiran como mujeres

En Hijas del Martillo, las bestias no son simples amenazas ni enemigos naturales. Son espejos. Criaturas que encarnan los miedos, los deseos y la fuerza silenciosa que la humanidad se empeñó en ocultar tras el velo de la civilización.

Entre ellas habita Zorul, el ave carroñera que devora media tonelada de carne diaria. Su cuerpo es una mezcla imposible de cuervo y pelícano, con un pico que podría partir un cráneo como si fuera una nuez. A pesar de su brutalidad, hay algo maternal en su hambre: limpia los campos de lo que muere, evita la corrupción, guarda los secretos de la guerra. La llaman para esconder cuerpos, pero también para protegerlos del olvido. Si se le alimenta, es leal. Si se le traiciona, devora el cuerpo del traidor con la misma devoción con la que alguna vez lo sirvió.

También están las Arezzas, nacidas del mito y del metal. Su nombre proviene de la escultura quimérica hallada en Arezzo, Italia, pero en este mundo toman forma distinta: dos cabezas, una de pantera, otra de caribú. Cuando son jóvenes, se atacan mutuamente, incapaces de comprender la armonía que las une. Si sobreviven, aprenden el arte del trabajo en conjunto. Entonces, sus movimientos se vuelven danza, su cacería, un pacto de inteligencia y ferocidad compartida.

Ambas, Zorul y las Arezzas, nacen de una misma intención: feminizar lo monstruoso. Dar rostro hembra a lo que siempre fue descrito con colmillos de varón. Porque la literatura fantástica, como tantas mitologías antiguas, reservó el poder destructor y creador a las formas masculinas: dragones, vampiros, licántropos, fénix... criaturas donde la fuerza equivalía al dominio. Pero, ¿y si la fuerza también pudiera equivaler al cuidado, al ciclo, a la transformación?

Las bestias de Hijas del Martillo son eso: mujeres sin lenguaje humano. Son las pulsaciones de la Tierra, la respiración de lo sagrado bajo la piel del mundo. No piden ser entendidas; exigen ser reconocidas.

Quizás por eso, en su rugido y en su canto, late el mismo principio que guía a las Hijas: la unión entre el poder y la compasión. Porque una bestia que respira como mujer no destruye por hambre: destruye por justicia.

— A.C. Elysia

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