Cuando escucho la música que más me gusta —personalmente, prefiero YouTube a Spotify— disfruto seleccionando un grupo de canciones acorde a mi humor o la velocidad con la que quiero explayarme. Me gusta mucho, por ejemplo, poner música lo-fi que es tranquilizadora o soundtracks de películas. Creo que estas últimas son inspiradoras.
Pero lo más majestuoso, quizás, es escuchar música clásica. Los pasajes sacros de Beethoven, Mozart o Bach parecen contener algo más que notas: contienen tiempo, emoción y trascendencia. Cada acorde es un lugar donde la mente se aquieta y el alma respira.
Efecto Dilación Temporal nació bajo esa atmósfera cinemática. Recuerdo que cuando lo programé en un juego, las canciones que lo acompañaban eran Rachel’s Song de Vangelis o el Main Theme de The Rock, una película de los noventa. Cada melodía aportaba una cadencia distinta al relato, como si el código también danzara al compás de la música.
Creo que cualquier escritor necesita música, no como fondo, sino como pulso. Hay momentos en los que las palabras deben correr al ritmo de una sinfonía y otros donde sólo el silencio puede sostenerlas. El silencio, también, es una forma de música.
La música nos enseña a escribir con respiración. A entender cuándo subir el tono, cuándo detenerse, cuándo dejar que una frase flote. En ese sentido, escribir no es tan diferente de componer: ambas cosas dependen del oído, de la emoción y del tiempo.
Si alguna vez sientes que tu escritura se estanca, no busques más palabras. Busca un ritmo. Y deja que la música te devuelva el movimiento.
Explora Efecto Dilación Temporal y siente cómo cada nota y cada silencio pueden narrar una historia diferente. 🎼