Antes de pensar en música, pensé en el silencio. Pero no en el silencio vacío, sino en ese que está lleno de sonidos diminutos: pájaros, agua, viento, hojas. Ese silencio que, si uno se queda quieto, se convierte en una sinfonía.
Mi propósito con el sonido de El arroyo y la luz es crear una situación de inmersión. No un fondo, sino un mundo. Los pájaros y el ruido blanco del agua serán el eje, pero a su alrededor habrá capas. Capas de vida: el silbido del viento entre las hojas, el roce del pasto, los insectos, el crujido de una rama. Pequeñas verdades sonoras que, juntas, hacen respirar la escena.
Porque el sonido no está detrás de la imagen: la sostiene. El oído nos sumerge donde el ojo no alcanza. Y hay sonidos que aún no sé cómo se escuchan, pero me gustaría descubrirlos. El viento que enreda el cabello. La caída de un mantel sobre el pasto. El roce de la tela contra la tierra. Son detalles simples, pero cargados de humanidad.
Más que un arte del silencio, es un arte de la presencia. No se trata de eliminar el ruido, sino de darle significado. De escuchar hasta lo invisible.
Hay músicas que se escriben con notas. Esta, quiero escribirla con aire. 🎶