La idea nació de una imagen simple: una mujer sentada junto a un arroyo. Tiene cuarenta y tantos años, una edad hermosa donde las prisas dejan de tener sentido. El agua corre, los pájaros cantan, la brisa la envuelve, y ella… simplemente está.
No mira el reloj. No espera a nadie. No se pregunta por el futuro. Es un instante de presencia pura, de paz que no necesita explicación. En su quietud hay algo profundamente humano, casi sagrado: la sensación de haber llegado a un lugar donde ya no hace falta buscar.
Quise capturar esa escena porque me parece un espejo. Todos, en algún momento, deseamos ese descanso invisible. No se trata de estar sola, sino de estar consigo misma. De habitar el cuerpo, la respiración, el mundo, sin pretender dominarlo.
El micrometraje nace desde ahí: de una mujer que no huye del silencio, sino que lo escucha. Y en el murmullo del arroyo, algo le responde. No palabras, sino memoria. La suya, la del agua, la de todo lo que alguna vez amó.
Quizás eso sea lo que realmente recordamos cuando miramos el fluir del agua: que la vida, a pesar de todo, siempre sigue. 🌊