Hay algo casi sagrado en la sensación de un libro. No importa si es de papel o digital: cuando lo abrimos, el mundo se detiene un instante. Lo sostenemos, respiramos su orden y su promesa. Un libro bien hecho tiene alma, aunque esté hecho de pixeles.
En El Huevo que volvió a cantar, esa alma era esencial. Su portada debía hablar antes que las palabras: mostrar una historia de ternura, de redención y de asombro. El color, las formas, las tipografías... todo debía vibrar en la misma frecuencia que el cuento. Porque el diseño no es adorno, es un lenguaje paralelo.
Me gusta pensar que cada libro tiene su panorama, su forma de entregarse. Algunos se abren como amaneceres y otros como cofres. En los digitales, esa sensación puede renacer gracias a los flipbooks. Son maravillosos. Pasar una página virtual con el sonido leve del papel que no existe, pero se siente... eso también es magia. 💫
Sueño con el día en que podamos compartir todos los libros del Faro en formato flipbook. Sé que Lauren podrá lograrlo. Tiene ese don de convertir las ideas en regalos visibles, en gestos que brillan. Será una forma nueva de decir gracias a los lectores: un regalo de movimiento, de textura, de amor.
El diseño es eso: una forma de ternura visible. Cada color, cada sombra, cada borde está pensado para acompañar a quien abre el libro. Porque un libro no se entrega con las manos, se entrega con el alma.