No sé por qué sigo entrenando a esta hora. A veces pienso que es porque el día no me alcanza; otras veces siento que es porque la noche me recibe distinto. La ciudad duerme para algunos, pero para mí se abre. Se hace más real.
Caminé hasta la barra como siempre, esquivando sombras que parecían gente o gente que parecía sombra. La calle olía a humedad, a cigarro y a algo más que nunca logro definir: una mezcla de rabia y abandono.
Llegué sin expectativas. Sólo quería mover el cuerpo, estirar los músculos, recordar que sigo acá. Que sigo vivo.
Pero antes de tocar el metal, escuché risas. Eran dos chicos. Jóvenes. Energía inquieta. Tonos de voz rápidos, como si cada palabra saliera disparada antes de perder valor. Los saludé con un gesto torpe, sin saber si interrumpía algo.
Me respondieron con naturalidad. Había una familiaridad extraña en su presencia. Ese tipo de confianza que se forma entre desconocidos cuando se encuentran en un lugar improbable.
No sé quién habló primero de los perros. Pero bastó esa entrada, pequeña, inocente y absurda a la vez, para que algo empezara a abrirse. Ellos entrenaban también. Se notaba en las manos marcadas, en la respiración firme, en la manera en que la barra recibía sus cuerpos como si fuera parte de ellos.
Conversamos de lo simple: del deporte, del cuerpo, de lo que hace bien. En algún momento les dije que se veían buenas personas. Y lo dije porque lo sentí. Ni más ni menos.
La noche seguía oscura. La barra seguía fría. Pero ya no estaba solo.
Y había algo en mí —no sé si curiosidad o intuición— que sospechaba que esa conversación, por más casual que pareciera, no iba a quedarse en la superficie.
Este texto forma parte de un encuentro narrado en siete fragmentos. La historia continúa.