Hay una diferencia sagrada entre escribir y crear. Escribir es trazar, es tomar notas, es dejar constancia de lo que ya existe o existió. Es un gesto de registro. Pero crear... crear es un acto de génesis. Es encender una chispa en la oscuridad y verla expandirse hasta formar un mundo completo.
Cuando escribimos, trabajamos con lo visible. Cuando creamos, conversamos con lo invisible. La escritura sigue un rastro; la creación abre un sendero. Por eso, no todo quien escribe crea, pero toda creación deja escrita una huella.
En Hijas del Martillo, las mujeres no sólo escriben su historia: la forjan. Entre ellas, Agnes y Melonissa se elevan como arquitectas de lo invisible. Agnes, con su fe inquebrantable, cincela una religión que ordena el alma; Melonissa, con su lucidez férrea, establece la ley que estructura la materia. Una funda el sentido, la otra, la forma. Ambas, con sus actos, escriben el reino… pero sobre todo, lo crean.
La creación no necesita un papel: necesita un pulso. Un pensamiento que respire y se vuelva real. Crear es tejer lo inefable con la intención y el deseo, hasta que lo intangible cobra cuerpo. Escribir puede ser tarea. Crear es destino.
Por eso, cuando pienso en las Hijas, no las imagino como narradoras de una historia, sino como las manos que sostienen un universo. Cada palabra que pronuncian es un decreto, cada silencio, una revolución.
Tal vez, al escribir, tú también estés creando sin saberlo. Tal vez, el acto de dejar que tus ideas respiren sea el primer paso hacia una obra que aún no existe. Porque escribir puede ser la antesala del milagro. Pero crear... crear es el milagro mismo.
Descubre Hijas del Martillo y deja que su fragor te inspire a fundar tus propios mundos.