Cuando escribí Entre Amores y Abismos, atravesaba un momento complejo y solitario. A pesar de estar acompañada, me sentía sola de alma. Las imágenes de Natalia y Daniel no eran mi reflejo directo, pero sí lo era mi vacío interior. Sus historias eran apenas la superficie de un océano más profundo: el de mis propias emociones.
Era la segunda vez que escribía algo, y nunca pensé que aquella obra crecería tanto, ni que me transformaría de esa manera. Pero mientras escribía, me reencontré con aquello que había estado dormido en mí: emociones que creía perdidas, heridas que aún respiraban.
Hubo capítulos que me hicieron llorar. Otros, que tuve que escribir a escondidas. A veces, me sentía víctima del propio texto: cada línea me devolvía una parte de mí que no quería mirar. Pero también sentía que debía continuar, por el público y por mí. En ellos, y en mí, hallé esa comunión sagrada que sólo la escritura puede ofrecer.
La escritura, en su fondo más íntimo, es un espejo. No refleja el rostro, sino el alma. Nos muestra la verdad cuando más intentamos ocultarla. Escribir es mirarse sin máscaras, aceptar lo que duele y, a veces, perdonarlo.
Quizás eso sea lo que realmente significa ser autora: prestarle voz al alma para que se escuche a sí misma. ✨
Descubre Entre Amores y Abismos y permite que sus páginas te devuelvan algo de ti.