Ayer, cuando la noche ya cubría la ciudad, algo me sucedió. En una banca del parque vi a un hombre con la mirada caída, el mentón apuntando al suelo y una respiración húmeda que se confundía con el frío. Al mirarlo con claridad, descubrí que lo que intentaba esconder eran lágrimas.
—Hola, hermano. ¿Necesitas ayuda? —le pregunté. El hombre apenas asintió, sin levantar la mirada. Encendía y apagaba un cigarrillo sin prenderlo. Su voz tembló cuando me dijo: “Hace dos semanas perdí a mi madre”.
Luego me contó que su esposa lo había golpeado. Tres veces: una en los labios y dos en los pómulos. En el farol del parque, su rostro inflamado brillaba de tristeza y vergüenza. “Lo que más me duele no es el golpe físico, es el emocional”, dijo. Su moral estaba devastada.
Le habían pedido que desalojara su casa. Los carabineros lo acompañaron fuera del domicilio. “Uno me dijo: ‘Póngase los pantalones, poco hombre’. ¿Qué se hace cuando la compasión también te cierra la puerta?”, pensé.
El hombre seguía hablando. Me dijo que estaba solo, que su familia vivía lejos y que su esposa había espantado a todos sus amigos. Ella había roto su celular y se había quedado con su dinero. Lloraba sin detenerse. Su voz se quebraba cuando pronunciaba la palabra ‘madre’. Sentía que le había fallado, porque ella le advirtió que esa mujer no le haría bien.
“Desde hace un tiempo, mi señora tiene comportamientos extraños”, confesó al final. “Creo que está en la droga. Le encontré cosas. Cuando le pregunté, me pegó otra vez. Me dolió. Pero lo que más me duele… es haber perdido todo”.
Me quedé junto a él todo lo que pude. No sabía qué hacer. Le compré un sándwich y algo para beber, y le pedí que volviera a intentar denunciar, porque la noche sería larga. Me dio las gracias, con la voz hecha cenizas.
Mientras me alejaba, pensé que la verdadera guerra no es entre hombres y mujeres. Es contra otra cosa. Una que se disfraza de estilo de vida, de música, de escape. La adicción. Esa prisión blanca que se apodera de todo y de todos.
Ojalá ese hombre logre recuperar su vida. Y ojalá ella también encuentre la fuerza para escapar de esa cárcel de polvo y líneas. Que la noche no se los trague a ambos.
Porque, a veces, las historias más duras no están en los libros. Están en la banca del parque más cercano.
Gracias por leer. Si este texto te tocó, te invito a seguir explorando este blog. Aquí compartimos historias que nos recuerdan que aún hay humanidad en medio de la oscuridad.