Un día, alguien muy especial me contó una historia de un niño herido. Uno que estaba cerca de la muerte. Esa historia tan acongojante tocó... no. Perforó mi alma. No pude evitar llorar por la situación. Nunca más supe sobre su destino.
Pero pensé: si no lograra quedarse en nuestro mundo, quiero darle una mejor vida. Quise escribir para él, para que su alma tuviera un hogar, aunque fuera hecho de palabras.
Escribir con una inspiración tan intensa puede parecer fácil. Lo difícil es tener la paciencia para encontrar las palabras correctas, las frases exactas, el tono que no hiera. No sé si lograré hacerle honor a aquel hermoso ser, pero cada intento es un acto de esperanza.
La paciencia también es una forma de amor. Es la pausa que sostiene la emoción antes de que se rompa. Es esperar el efecto, aguardar la inspiración, incluso cuando el cansancio o el ruido del mundo parecen ahogarla.
No es fácil escribir cuando la vida pesa. Pero hay momentos en que una historia llega como un susurro y uno sólo puede escuchar. Y esperar.
El Huevo que volvió a cantar nació de esa espera. De la fe en que incluso lo frágil puede volver a brillar.
Ojalá que —donde estés— brilles como una estrella. 🌠