Entre las criaturas de Hijas del Martillo, hay una que no ruge ni caza: flota. Su nombre es Lifia, la mariposa negra del umbral. Sus alas son tan oscuras que parecen absorber la luz. Bajo ellas cuelgan sacos ovoides que sirven de transporte, como si llevara consigo no sólo cuerpos, sino destinos.
La cultura de este mundo le teme. Dicen que si uno la ve, la muerte ronda cerca del observador. No porque Lifia ataque, sino porque presencia lo inevitable. Es una mensajera silenciosa, una advertencia al alma.
Cuando escuché sobre Lifia por primera vez, recordé una experiencia en el Amazonas. Una tarde, me encontré con mariposas gigantes, del tamaño de mis dos manos juntas. Eran tan hermosas que me paralizaron. Su vuelo hacía un sonido bajo y profundo, casi inquietante. Y comprendí que el miedo puede venir en los envoltorios más bellos. Aquellas criaturas me recordaron que la naturaleza no busca agradar: busca imponerse. Que la belleza puede ser una trampa, o una advertencia.
Así también son las mujeres de Hijas del Martillo: bellas, letales, necesarias. Su sensualidad no es debilidad, sino un lenguaje de poder. La supremacía no se alcanza por fuerza, sino por fascinación. Lifia representa ese equilibrio peligroso entre atracción y destrucción, entre ternura y sentencia.
Hay en ella algo de lo sagrado. Porque el miedo no es contrario a la fe, sino su espejo. Y en ese espejo oscuro, Lifia danza, recordándonos que lo hermoso puede ser también lo último que vemos antes de cruzar el umbral. 🦋