Volví a casa caminando lento. No por cansancio físico, sino porque algo adentro necesitaba espacio para asentarse. Es curioso: a veces un encuentro pequeño —invisible para el resto del mundo— puede mover más que una gran noticia, un logro o una pérdida anunciada.
Pensé en los tres. En mí, en ellos, y en lo que quedó flotando entre medio.
Cada uno llevaba su propia batalla: yo con mi salud, con un cuerpo marcado por una amenaza que no elegí; ellos con su entorno, con caminos torcidos que sí eligieron… o que empezaron a elegir sin saberlo.
Pero lo que más me quedó fue el tono humano de todo esto. Nada fue forzado. Nada fue teatral. Éramos tres personas entrenando bajo una barra metálica, empujando el cuerpo contra la gravedad para no dejarnos caer por dentro.
Y me di cuenta de algo: la fuerza no está en el músculo que sube; está en la historia que uno carga mientras lo hace.
Pensé también en lo injusta que puede ser la palabra “merecer”. ¿Quién merece qué? ¿Quién merece morir antes de tiempo? ¿Quién merece tener miedo? ¿Quién merece ser juzgado por aquello que hace desde el vacío?
No tengo respuesta.
Pero sí tuve una sensación clara: la vida es más frágil de lo que creemos, y más profunda de lo que queremos admitir.
Esa noche entendí que la calle no es solo peligro. También es confesionario. Es espejo. Es altar. A veces, incluso, es perdón.
Y si fue posible que tres extraños se miraran sin máscaras, sin roles y sin resumen, entonces quizás aún queda algo bueno en la ciudad. Y en nosotros.
No sé si los volveré a ver. No sé si todo aquello quedará como un eco que se apagará mañana. Pero sí sé que algo en mí no es igual.
Algo se abrió. Algo se limpió. Algo se guardó.
La noche tenía fiebre. Pero el corazón se calmó.
Sexto fragmento de un encuentro narrado en siete partes. El cierre se aproxima.