Círculo en la Arena nació una mañana tranquila. Quizás un domingo de luz. Recuerdo esa sensación de calma en la que el cuerpo y el espíritu se confunden. Fue una fantasía breve, pero intensa: una experiencia donde la piel también escribía.
Esa mujer que habitaba el texto era quien yo deseaba ser: dueña de sus pasiones, consciente de su poder. Su fuerza no provenía del dominio sobre los otros, sino del dominio sobre sí misma. Era una bienaventurada que cometía un pecado que la redimía. Un alma que se atreve a amar y arder al mismo tiempo.
En la escritura, los sentidos son los verdaderos alfabeto del alma. Cada textura, cada olor, cada sonido, cada temperatura forma parte de la historia. Escribir no es describir; es hacer sentir. Y para hacer sentir, hay que sentir primero.
Mientras escribía, comprendí que la sensualidad no es contraria a lo espiritual: es su puerta. Que la emoción, cuando se acepta en plenitud, se vuelve sagrada. Y que la belleza interior, cuando se expresa sin miedo, es un acto de fe.
Así fue como Círculo en la Arena se convirtió en una ofrenda. Una mezcla de herejía y sacramento. Un círculo que no encierra, sino que libera.
Porque en el fondo, escribir con los sentidos es recordar que también somos cuerpo. Y que el cuerpo, cuando ama, también reza.