Antes de rodar el micrometraje, me hice una pregunta simple: ¿cuánto tiempo tengo para contar una historia? No quería hacer un cortometraje. Quería algo más pequeño, más íntimo. Algo que existiera solo por existir, sin deberle nada a nadie. Ni al mercado, ni a la narrativa clásica, ni siquiera a la expectativa del espectador.
Tal vez no sea un mensaje impactante. Tampoco apela al deseo o a la necesidad. Es, simplemente, arte o poesía. Y eso ya es suficiente.
Alguien me mencionó a Tarkovski. No porque yo lo tuviera en mente, sino porque encontró en mi trabajo algo que le recordó a él. Fue un halago que me sobrepasó. No sé si llegaré a su nivel —ni lo busco—, pero agradezco esa coincidencia. Porque significa que, de alguna manera, la contemplación sigue viva.
Como primera experiencia cinematográfica, pensé en los cuadros como espacios designados. Cada plano sería una respiración. Como quien escribe un guion teatral medido por segundos, diseñé los tramos en segmentos de cinco segundos, buscando que cada uno tuviera sentido por sí mismo.
La inteligencia artificial me permitió jugar con esa estructura. Generar los fragmentos. Tejerlos. Y luego unirlos en un solo aliento visual. El resultado es un ejercicio de atención. No pretende impresionar. Solo invita a mirar otra vez. A escuchar. A quedarse un poco más.
Con sonido. Con voz. Con ese pulso invisible que, en el fondo, todos compartimos.