Hay textos que no se escriben: se escuchan. Este poema es uno de ellos. Cada verso vibra como una nota que se desprende de un alma que siente, se interrumpe y vuelve a comenzar. No hay partitura fija; sólo una melodía que se rehace con el pulso de los días.
Me gusta imaginar que quien escribe esto no describe a alguien, sino que traduce un eco: una presencia que existe en compases, en silencios, en variaciones tonales que sólo el corazón percibe. Allegretto, adagio, jónico... no son términos musicales aquí, sino estados del alma.
Leerlo es asistir al instante en que la emoción busca su propio ritmo. Y en esa búsqueda, el amor se vuelve arte: algo que no se posee, sino que se interpreta. Tal vez por eso el poema termina en una canción de cuna: porque todo deseo que se comprende, finalmente, descansa.
En esta pieza hay un equilibrio frágil entre el anhelo y la contemplación. Como escritora, me conmueve ese intento de armonizar lo humano con lo divino del sonido, de hallar en la vibración una forma de ternura.
Te invito a seguir leyendo este blog, donde cada texto es una nota más en la sinfonía de lo que sentimos. 🌙